domingo, septiembre 25, 2022

Valió la pena – g.virginia SÁNCHEZ MORFÍN

Al fin, llegó la fecha de mi tan esperado y bien organizado viaje. Antes de que llegara Ricardo, el conocido y puntual chofer de Uber, volví a checar y cerciorarme de que estuvieran separados por folders los documentos necesarios para registrarme en el aeropuerto de Querétaro, después los de llegada y salida del aeropuerto de Houston y el tercero para mi entrada a Canadá. 

Llegué tranquila al aeropuerto, con tres benditas horas de anticipación. En el mostrador de la aerolínea que elegí, comenzaron las muchas sorpresas vividas durante mis vacaciones.  La empleada revisó los documentos para entrar a Estados Unidos y también los de Canadá. La observé con tranquilidad, ya que estaba segura de tener todo lo requerido, pero me alarmé cuando me pidió mi comprobante de la prueba en la que constara que no tengo coronavirus. 

Le comenté que, vía telefónica, el personal de la aerolínea, todavía el día anterior, me aseguró que la constancia no era requerida por ninguno de los dos países a los que llegaría.  La señorita, de mala manera, contestó que no podría abordar si no la presentaba, pues Canadá sí la exigía. 

Traté de mantener la calma, pero pensé que, si regresaba hasta la zona de hospitales y laboratorios, sin tener la seguridad de que a tan temprana hora ya estuvieran tomando las pruebas de antígeno, además de que me entregaran de inmediato los resultados, sería tiempo perdido. 

Solicité a la empleada que guardara mis dos pesadas maletas y marqué de inmediato al celular de Ricardo, para pedirle me llevara a buscar un laboratorio. Hice varios intentos, pero su teléfono estaba apagado. 

Salí del aeropuerto a buscar algún taxi. En ese momento, se desocupó uno. De inmediato, le pregunté al chofer si sabía de algún lugar que hiciera las pruebas de antígeno. Su respuesta fue: “Mire, señora, hay un pequeño laboratorio en un pueblito  que está como a 25 minutos de aqui, no sé si ya esté abierto y me parece que tardan un día en entregar el resultado”.  

Con tanta angustia como seguridad, le pedí que me llevara a ese lugar. En el trayecto pensé si no hubiera sido mejor arriesgarme a ir hasta alguno de los hospitales que yo conocía en la zona más habitada de la ciudad de Querétaro. 

Al fin llegamos al pequeño laboratorio y ya estaba abierto. El corazón me latió más fuerte cuando vi que había una fila como de 8 personas esperando para ser atendidas. 

Con mucha pena, me pasé hasta adelante de la fila y solicité hablar con el enfermero encargado, le expliqué mi problema referente al poco tiempo con el que contaba. Me pidió que le pagara el doble de lo que cuesta la prueba y de esta forma me atendería antes que a nadie. En ese momento, tuve que elegir entre mi educación y respeto a los ya formados o mi urgencia… elegí la segunda. 

Me tomó la prueba y me informó que en una hora me enviarían el resultado a mi correo electrónico. Obviamente no me quise arriesgar y le solicité que de inmediato me lo entregue impreso. Me pidió otros $250.00 y así salí del laboratorio con los resultados en mi mano.  

Regresé a tiempo de abordar y cuando al fin despega el avión, dije una plegaria de agradecimiento por haber logrado ya estar rumbo a mi destino. 

Las sorpresas continuaron al llegar al aeropuerto de Toronto y presentar mis documentos requeridos, incluyendo el resultado de la prueba.

¡Me indicaron que, hace semanas, ésta ya no es un requisito para entrar a Canadá!

Al salir del edificio del aeropuerto,  lo primero que vi fue a mi adorada hija esperándome. Ese abrazo que durante varios minutos nos dimos, valió la pena y con mucho, todos los sobresaltos y corajes que había pasado. 

Al día siguiente, mientras mi hija regresaba de una cita, yo estaba sentada en una de las cuatro cómodas sillas que se encuentran junto a la mesita del jardín de la casa en que vive  desde hace 4 años.  Empecé el proceso de elegir alternativas de temas para escribir mi artículo semanal. 

Al fin lo escogí y ya había escrito los dos primeros párrafos. 

¡Tuve que suspender mi escritura!

 Se disparó una estridente alarma que suena de forma ensordecedora.  Se escuchó en toda la casa y en el celular que mi hija había dejado olvidado sobre la mesa. Lo increíble… hasta en mi propio celular la escuché. No entendí qué era esto, si un aviso de incendio, de terremoto o de que alguien entró a la casa.  

¡En verdad estaba asustada!

Sin olvidar mi celular, salí corriendo hacia la calle, pensando que todos los vecinos estarán afuera de sus casas, pero… era la única.  En ese instante volteé a ver mi teléfono y me di cuenta de que apareció un letrero que cubría toda la pantalla. Era un aviso de “Alerta Ámbar” por la desaparición hace cinco minutos de una nenita de 6 años de edad. 

Me quedé tranquila y a la vez admirada por la efectividad y rapidez de respuesta de un país de primer mundo. 

Aún permaneceré por varios días en este maravilloso país, en el que son muchas las sorpresas, así como extraordinarias vivencias y también angustias que he vivido y que me propongo seguirles compartiendo. 

g.virginiasm@yahoo.com

@gvirginiaSM

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