jueves, mayo 14, 2026
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Escribir es un vicio – Sandra Fernández

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Escribir es un vicio, una adicción. Es plasmar una imagen con palabras, con sentido a veces, otras sin él. 

Es tener algo que decir y que tenemos atorado en la garganta, que fluye por las venas. Son los sentimientos atrapados que no salen tan fácil, a menos que los pongamos en palabras en una hoja de papel; entonces parecemos entenderlos más. Cuando escribimos, a veces pensamos en quienes nos leerán, qué pensarán acerca de nuestras ideas. Otras tantas, la mayoría, nos perdemos en nuestras propias palabras sin siquiera pensar en los lectores.

Es entonces cuando la escritura fluye, emerge y se apodera de nosotros algo que baja del cielo como un relámpago, sin apenas tiempo para meditarlo.

El comienzo puede ser tan sutil como escribir en una servilleta de papel algunas palabras inconexas en apariencia carentes de sentido, pero que, en realidad, guardan todo el sentido. El nuestro.

Otras veces, el inicio fue a través de empezar a escribir un diario. Ese puñado de hojas en donde se queda nuestra historia almacenada y, el que, a veces, nos sorprende cómo avergüenza leerlo años después.

Otras veces en el proceso de escribir nuestra mejor amiga es la soledad, ese pasajero que nos acompaña y nos invita a platicar con ella, a dedicarle largas horas en silencio: solo ella y nuestro devaneo de sesos, divagando con nuestros pensamientos. Le pertenecemos a ella y ella nos responde, nos objeta, valora nuestro tiempo a su lado porque, a veces, es la única que nos lee.

Dicen que la escritura es un arte; más bien, pienso, es una necesidad y como lo dije al principio es un vicio. Asequible a todos, poderoso, imparable, implacable e irreverente.

La palabra escrita mueve montañas, cruza fronteras, conmueve, agita, conecta, calma o alborota demonios, instruye, eleva, desata tormentas, sonroja, languidece, pero nunca muere. La muerte se embellece con ella. 

Escribir, entonces, nos lleva a crear vidas que se anidan en nuestras células; vidas que desearíamos haber vivido. Creamos personajes, que somos nosotros mismos o quisiéramos haber sido, les damos vida, color, sabor, matiz. Nos enamoramos de ellos y a veces a no podemos evitar matarlos.

Nos dejamos llevar por nuestros dedos inquietos, una palabra detrás de otra. Obedientes a nuestro cerebro que nos dicta, voraz, ansioso. Otras veces… nuestra peor enemiga, la hoja en blanco, se planta delante de nosotros, poderosa. Nos quedamos sin letras, sin palabras, con la mente del mismo color y los dedos entumidos. Implorando que el dios de las palabras se apiade un poco de nuestra inerte creatividad. 

Así es escribir: una locura en donde los locos a veces tenemos un poco de sabios.

Por: Sandra Fernández