jueves, mayo 14, 2026
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Damas y caballeros

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María de los Ángeles Herrera Mora

La Chata Herrera, como le llamaron con afecto las personas que tuvieron la dicha de conocerla, fue una gran maestra de danza, que dedicó varios años de su vida a compartir esta pulsión artística con generaciones de alumnas suyas, a quienes enseñó la técnica y les despertó el amor por diversos tipos de baile español y el folklore mexicano.

Nació en la Ciudad de México, el 31 de enero de 1935, en el hogar formado por el matrimonio conformado por el señor Luis Herrera y su esposa, Hermelinda Mora. Sus hermanos fueron: José Luis, Mario, María Antonieta, Jesús Octavio y Alejandra.

Desde pequeña, tomó clases de danza española y de ballet clásico, con las maestras Enriqueta Pereda y Nina Shetakova, bailarina de origen ruso, quien había estudiado en la Escuela del Teatro Ruso, el Bolshoi. La gran maestra Shetakova había formado a prestigiadas figuras de la danza en México, como Lucero Tena, bailaora nacida en Durango en 1937, quien fue reconocida por su maestría al tocar las castañuelas. La artista Tena radica en España.

Cuando tenía dieciséis años, la Chata llegó a nuestra ciudad para vivir aquí el resto de su vida, para fortuna de la ciudad de Querétaro y la región. 

Contrajo nupcias el 26 de diciembre de 1954 con el doctor José Luis Covarrubias González de Cosío; ambos formaron a sus hijos: José Luis, Víctor Manuel, María de los Ángeles, María Guadalupe, Martha Patricia y Adriana María, quienes fueron los primeros alumnos de la Chata, gozaron de su enseñanza de los valores humanos y su ejemplo de tesón y trabajo en la vida cotidiana.

Siendo muy jovencita, en dos ocasiones, por su gracia y belleza fue elegida como reina de la Asociación de Charros de Querétaro. En las charreadas y eventos de este organismo, la Chata lucía vestidos mexicanos bordados a mano; con la música de los mariachis, bailaba las piezas musicales más significativas de nuestro país.

Participaba en verbenas y romerías españolas, como parte de los festejos que se organizaban tanto en Querétaro como en la Ciudad de México.

Su marido y ella, acompañados de sus hijos, viajaron mucho por nuestro país; les gustaba recorrer en automóvil varios estados y de manera especial gozaban los paisajes de la costa del Pacífico. Durante muchos años, pasaban las vacaciones familiares en la bahía de Acapulco. Hicieron largos viajes, de varias semanas, por Estados Unidos y Canadá. 

La querida maestra pasó a la eternidad el 20 de agosto de 2020. Balvina del Valle, en su columna periodística “Vivir más”, publicada el 24 de agosto de 2020 en el suplemento “aldiálogo”, tituló su texto: “La Chata Covarrubias, un regalo de Dios al arte”. La periodista afirma: “Quien conoció a la Chata jamás olvidará sus gracias, cariño, carisma y la fortaleza que la hizo valiosa para todos, al formar dentro de la danza a muchas generaciones a través de varias décadas como maestra. Todo comenzó en un espacio de su casa que destinó como salón de danza para impartir clases a un grupo cercano de niñas a petición de familiares y amigos y que con el paso de los años se convirtió en el Estudio de Danza Marigel”.

Su hija Adriana Covarrubias Herrera, quien aprendió de la Chata no solo la técnica del baile sino la pedagogía inherente a su enseñanza, además de la finura de su trato, ha continuado este legado a través del Centro de Danza y Arte Proart.

Cientos de alumnas suyas fueron beneficiadas por el donaire, la elegancia y el ritmo que la Chata imprimía en su arte y cuyo movimiento inculcó en cada clase. En las décadas de 1970 y 1980, presentó sus recitales de fin de curso en el Teatro del IMSS, cuyas butacas se llenaban de familias que gozaron de la música y la belleza que la danza trae consigo. Los trajes que se confeccionaban para las bailarinas eran espectaculares, con bordados y aplicaciones que se iluminaban con las técnicas de luz más avanzadas en su momento.

Su esencia era generosa; organizaba fiestas para celebrar acontecimientos históricos y así mantener viva la tradición y el amor a la patria. Contribuyó con muchos organismos no gubernamentales cuyo objeto social les permite transformar la vida de comunidades marginadas. En su vida privada, era una madre presente y cariñosa. Era una católica devota.

Personas muy cercanas a sus hijos han declarado que, a pesar del tiempo, el espíritu de La Chata Herrera de Covarrubias sigue vivo en la mente y la memoria de los queretanos, pues aunque ella trascendió a otro plano, no se fue del todo. Su legado es vigente.

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