martes, noviembre 29, 2022

UNO PONE Y DIOS… – g.virginia SANCHEZ MORFN

Juan Luis, durante sus años de matrimonio con Flora, había logrado ahorrar para comprar una casa a su gusto, privando de gustos e ilusiones a su esposa y tres hijos, algunas veces hasta de necesidades como exámenes médicos, alimentación sana y transporte digno.

Era inamovible en sus decisiones, no escuchaba sugerencias, ni peticiones. 

Esta nada flexible disciplina había ocasionado varios disgustos con Flora, a quien le gustaba organizar fiestas o reuniones en su casa, pero…  ¡Eran gastos no necesarios! 

Flora era una atractiva mujer de padres italianos. Lo que ella más admiró en Juan Luis, fue su educación y conocimientos de filosofía e historia de países europeos. Nunca le dio importancia al hecho de que él casi no tenía amistades y frecuentaba muy poco a su propia familia.

Una de las escasas veces que convivió con familiares de Juan Luis, fue cuando la pidieron para casarse, otra fue en la boda y cinco o seis veces más, con motivo de algún bautizo o sepelio. 

A pesar de su aislamiento, Flora, por estar sola la mayor parte del día, tuvo varias oportunidades de salir o frecuentar a hombres que tal vez la tomarían en cuenta y la valorarían, pero el amor de su vida era Juan Luis. 

Los problemas de Juan Luis con los hijos eran no solo por negarse a llevarlos a conocer Disneylandia, también por no regalarles los juegos y la bicicleta que les gustaban y estaban de moda entre sus amigos. ¡Ni se diga de comprarles un celular!

En muchas ocasiones, aunque sus hijos le suplicaran ir al cine a ver la película de moda y que la mayoría de sus compañeros había disfrutado, su respuesta era: “Hace apenas tres meses que fuimos”.  

Juan Luis estaba convencido de que su misión era trabajar y llevar dinero a casa. Por cierto… no el suficiente. 

A pesar de que gozaba de un excelente ingreso en su trabajo, vivía y obligaba a su familia a hacerlo, como si apenas ganara el salario mínimo.  

Nunca le dio importancia a la convivencia y al diálogo familiar. Así había sido educado él.  

A su esposa le impuso la obligación de mantener la casa y la ropa limpia, la comida a tiempo, estar al pendiente de la tarea de sus hijos y sus buenas calificaciones; también de tener relaciones íntimas cuando él lo necesitara.  Por cierto, en el diario de vida de Juan Luis, nunca se incluyó una infidelidad. 

Juan Luis nunca se enteró cuándo su hija dejó de ser niña para convertirse en mujer, tampoco del día en que tuvo su primer novio. 

Cuando Rodrigo y Oscar, (sus dos hijos) terminaron la preparatoria, Juan Luis nunca se dio el tiempo, aunque ellos se lo pedían, para dialogar y escuchar sus dudas o necesidades referentes a cuál carrera estudiar.

Ramoncito, el anciano vecino de 89 años, al que Rodrigo y Oscar consideraban como miembro de la familia, fue quien, apoyado en libros, videos y con mucho diálogo, logró orientarlos. 

Cuando Juan Luis tuvo el dinero suficiente para tener la casa que tanto había soñado, compró un gran terreno, contrató a un afamado arquitecto, eligió los materiales y los acabados. En algunas ocasiones tomaba en cuenta la opinión de Flora. 

Transcurrieron varios meses y al fin llegó el día de la mudanza. Juan Luis viviría feliz por haber logrado su meta o… ¡eso creyó! 

A esa casa no sólo se mudaron los muebles y bienes de la familia, también se instalaron, como ya venía sucediendo, la frialdad y el distanciamiento de Flora y sus hijos hacia Juan Luis. 

A partir de entonces, Juan Luis, al no poder conciliar el sueño, se preguntaba:

¿Valió la pena no tener la alegría que da la convivencia con amigos?

¿Valió la pena, durante la niñez de sus hijos, privarlos del diálogo y también de los juguetes o la sencilla ropa nueva que pedían a los Reyes Magos?

¿Valió la pena que Flora por años no pudiera gozar de un suéter nuevo, cuando el único que tenía ya lo había llevado a remendar muchas veces?

¿Valió la pena que él no se diera nunca el gusto de ir a un restaurante o bar a celebrar su cumpleaños o uno de sus ascensos en el trabajo con sus amigos o compañeros de trabajo?

¿En qué momento la obsesión de querer alcanzar una meta se convierte en egoísmo disfrazado?

g.virginiasm@yahoo.com

@gvirginiaSM 

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