jueves, mayo 14, 2026
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Las aventuras de los viajes – Teresita Balderas y Rico

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Después de un largo viaje, los amigos se reunieron para comentar las aventuras vividas. Salieron a la terraza de la elegante mansión, propiedad de Antoine. Era el lugar perfecto, desde ahí se podía admirar la maravillosa puesta del sol. Las nubes se pintaron en tonos: escarlata, amarillo, naranja, violeta y magenta. Acudieron al bien surtido bar a preparar la bebida de su preferencia; exquisitos quesos, deliciosos jamones y frutos secos acompañaban la copa.

Pasado el momento mágico del bello atardecer, regresó el alboroto; los brindis continuaron, las bromas, la franca sonrisa armonizaban aquella reunión entre amigos.

─Bien, chicos, es hora de compartir las aventuras vividas en los lugares que visitamos, ¿quién empieza? ¿Tú, Antonio? 

─Antoine, Penélope. Mis padres son de origen francés. 

─Pero tú eres mexicano.

─Estamos perdiendo el tiempo —dijo Candice.

─Empieza, chica, mientras me repongo del coraje que me hizo pasar tu amiga. Candice empezó a narrar lo que había presenciado al lado de la señora Eveline. Ella invitó a la chica a Las Vegas. La acompañaría dos días, mientras llegaba su nuevo novio. La señora tenía una gran fortuna, lo que le permitía viajar con frecuencia y cambiar novios.

Los chicos siguieron con interés el relato de Candice. La primera noche asistieron a uno de los famosos espectáculos que ofrece Las Vegas, cenaron en un lujoso restaurante, fueron a un casino, regresando al hotel al amanecer.

Al día siguiente, salieron de compras. Eveline regaló un costoso bolso a Candice. Por la tarde se despidieron, ya que Eveline tenía que arreglarse para esperar a su guapo capitán de vuelo. La chica empezó a reírse.

─¿Qué te causa risa? ─preguntó Antoine.

─Olvidé mi pasaporte, tuve que regresar por él y cuando entré, la señora se duchaba. Estaba por salir, cuando escuché que alguien trataba de abrir la puerta de la suite, lo único que pude hacer fue meterme en el guardarropa.

─Qué susto, ¿quién era? ─preguntó Penélope.

─El novio de Eveline. Ella lo recibió efusivamente, estaba vestida con paños de seda, bailó para su amado novio la danza de los siete velos.

─Eres una depravada, Candice, observando la intimidad de la pareja.

─No podía salir de ahí, Antoine, hasta que terminara su tórrido romance y éste, duró un buen rato. Lo peor, amigos, es que me urgía visitar el sanitario y tuve que aguantar. No pude llegar a tiempo al aeropuerto, todo por olvidar mi pasaporte y por los amores de Eveline. 

Los chicos premiaron las anécdotas de Candice con una sonora carcajada.

─Bien, chico, estás muy serio, ¿qué pasó en el viaje? ─preguntó Penélope.

─Si hubieran presenciado aquellas escenas estarían a lágrima batiente —expresó Antoine.

─Ya, cuenta, nos tienes en suspenso ─dijo Penélope.

Antoine narró que, cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Uganda, lo esperaban dos personas, uno de ellos era el embajador de México en Uganda, el otro personaje era el jefe de la aldea que visitarían. Después de cuatro horas viajando en aquel todoterreno, empezaron a aparecer pequeñas casas.

─Me emocioné hasta las lágrimas, amigas, la gente empezó a salir de sus humildes viviendas, saltaban y gritaban alegres, saludando al ingeniero Daniel. Los niños corrían felices tras el jeep. El recibimiento fue inolvidable, la gente estaba maquillada de acuerdo a sus costumbres, collares de flores adornaban sus pechos. 

Cuando el señor Daniel bajó del todoterreno, le pusieron una corona elaborada con semillas deshidratadas, pintadas de vivos colores. Caminaron unos quinientos metros. En ese lugar estaba un pozo que inauguraría el ingeniero; él había costeado los gastos. Abrió la llave, el agua cayó en cascada, ante la algarabía de la gente, un pequeño quería acercarse, pero no podía abrirse paso. Daniel fue por él, lo llevó en sus brazos para que tomara agua.

Los niños rodearon a su benefactor, tomados de la mano bailaron en su rededor.

─ Antoine, ¿por qué no habías dicho quién es don Daniel? ─preguntó Penélope.

─ Porque también lo ignoraba. Lo conocía como gran empresario y persona culta, no sabía de su bondad.

La fiesta continuó, él comió sentado en el suelo lo que prepararon los nativos, hizo lo mismo que ellos, metía la mano al cuenco para disfrutar los manjares en agradecimiento por el regalo de ese gran tesoro: el agua. 

Al día siguiente llegó un camión con el mobiliario para la escuela primaria; están construyendo la secundaria.

─Estoy tan emocionada que estoy a punto de llorar ─expresó Candice.

Antoine continuó su narración. Se enteraron que don Daniel era benefactor en lugares de extrema pobreza, incluyendo México.

─Chicas, la despedida fue inolvidable, durante varios kilómetros los niños corrían detrás del jeep, para despedirse de su benefactor.

Los amigos se abrazaron emocionados. Dijeron:

─Bien, Penélope, es hora de escucharte.

─Disculpen, amigos, será la próxima reunión. La historia de la señora Rebeca es muy interesante, pero es demasiado tarde, regresé a México con el hermoso gato de Rebeca. Debo alimentarlo. Dormiré feliz al saber que en el mundo no todo es violencia, ni injusticia, que existen personas buenas. La humanidad aún puede salvarse.