jueves, mayo 14, 2026
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La ternura del primer amor – Teresita Balderas y Rico

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Después de un extenuante día de trabajo, Tania se preparó un delicioso café de olla. El día había estado caluroso, pero a ella le agrada ese rico estimulante en cualquier hora y clima. Colocó una silla entre las buganvilias y los anturios, un lugar agradable para continuar la lectura del libro en turno: Estas ruinas que ves, de Ibargüengoitia.

Era un bello atardecer, una tenue brisa empezaba a soplar. Tania dejó la lectura para dar un sorbo a su café y en ese momento escuchó la voz del vecino, quien ensayaba por las tardes sus clases de música y canto. Ella abrió el libro para continuar la lectura, cuando escuchó al vecino cantar una de sus canciones preferidas: Historia de un amor, canción que le trajo gratos recuerdos. Para complementar el escenario, llegaron dos cenzontles, uno se posó en el ciprés y otro en la buganvilia, empezaron a cantar. Parecía que dedicaban sus trinos el uno al otro. Este singular momento llamó la atención de Tania.

Se recargó en la silla, cerró los ojos, dejó que su mente viajara al pasado, uno ya muy lejano, cuando era una chiquilla estudiante de primaria. Era 1961, año que ha perdurado en su memoria, por la inocencia y ternura vivida, un suceso que sería recordado por siempre, porque fue cuando recibió el primer beso de amor.

El autor del beso fue un chico de nombre Alberto, quien cursaba el sexto grado y Tania el quinto. Se conocieron en la escuela, los salones de ambos estaban uno al lado del otro. Cuando uno de ellos salía del salón era visto por el otro, a veces un amigo de él o amiga de ella les avisaban, entonces ellos pedían permiso al maestro de salir al baño, el cual no usaban. Salían de sus aulas para saludarse y hacer una ingenua pregunta: ¿Hiciste la tarea que dejó el maestro? ¿Nos vemos en el recreo?

En ocasiones, solo una mirada furtiva era suficiente para demostrar el cariño que había nacido en ellos.

Lo que en realidad conquistó a Tania fueron las actitudes de Alberto. Era todo un caballero, parecía un personaje de las novelas de caballería. En la casa del adolescente la educación familiar era muy estricta, no importaba que fuera la época del rock, cuando los jóvenes buscaban espacios de libertad.

A la chica le fascinaban los recados que su novio le daba a la salida de la escuela, los escribía en tarjetas de color pastel, el sobre era del mismo color, pero el chico pensaba que no era suficiente, así que pegaba una hermosa calcomanía floral en el sobre, solo para decirle cuánto la amaba.

Ella escribió en una de las tarjetas que le daba Alberto, una estrofa de la canción Aquellos ojos verdes.  

Aquellos ojos verdes de mirada serena

en cuyas quietas aguas un día me miré

no saben la tristeza que a mi alma le dejaron

aquellos ojos verdes que ya nunca olvidaré.

La lectura quedó en suspenso. Tania feliz recordaba acontecimientos que hacen que valga la pena vivir la vida.

Una llamada telefónica interrumpió sus recuerdos. Se levantó a contestar, era uno de sus alumnos avisándole que la imprenta le había entregado la tesis. Tania se alegró por él, era un chico muy estudioso, trabajaba y estudiaba; los recursos económicos eran precarios, no así sus proyectos de vida. Se pondría de acuerdo con los sinodales para programar la presentación de su examen profesional.

Regresó Tania a su silla, el café ya se había enfriado, además estaba aderezado con florecita de buganvilia y una abeja que se esforzaba por salir. Decidió cambiarlo por una copa de whiskey con ginger ale.

Ahora, con la emoción de la buena noticia de su alumno, escuchaba las interpretaciones musicales de la casa de su vecino. Se concentró de nuevo en sus recuerdos, aquellos de la escuela primaria Venustiano Carranza y en su inolvidable maestro de quinto grado, Hermenegildo, sus compañeros del salón, pero, sobre todo, de aquel chico de los grandes ojos verdes.

Recordaba también que en aquel año se repartieron los primeros libros de texto gratuito. El licenciado Adolfo López Mateos gobernaba el país, Había puesto en marcha su Plan de once años, tiempo calculado para mejorar la educación en México, y disminuir el analfabetismo.

Con los ojos cerrados, Tania continuaba con sus recuerdos: sobre todo, el concurso de matemáticas entre alumnos de quinto y sexto grado. El maestro de grupo elegía quién sería el primer alumno en pasar al pizarrón a resolver los problemas. 

El maestro de quinto grado eligió a Tania, ella pasó primero, resolvió sin errores el problema de matemáticas, el niño de sexto grado no logró terminarlo en el tiempo autorizado. Tania esperaba en el pizarrón al siguiente concursante, ella no sería retirada hasta que se equivocara. Los niños de sexto estaban perdiendo. Los alumnos de quinto grado gritaban eufóricos: “¡Estamos ganando por goliza!”. 

Tania observó que faltaban dos niños más y después pasaría Alberto a resolver el problema de matemáticas. Los maestros tenían problemas al mantener a los alumnos en silencio. Tania estaba en una encrucijada, podría ganar o no. El momento llegó: todos estaban a la expectativa, Tania había tomado una decisión, sus compañeros gritaban: “Resuélvelo ya, tú  puedes”, pero Tania tomaba su tiempo. Alberto terminó primero. El maestro que coordinaba el concurso dijo: “Tania ha cometido un error, Alberto resolvió bien el problema”.

Lo chiquillos de quinto gritaban: “Tania se dejó ganar, solo porque Alberto es su novio”.

Los de sexto decían: “Eres nuestro héroe, Alberto, gracias a ti no quedamos en cero”.

Tania abrió los ojos, los recuerdos la hicieron sonreír, el vecino volvió a cantar la canción que había despertado aquellos recuerdos de su niñez:

Es la historia de un amor como no hay otro igual

que me hizo comprender todo el bien todo el mal

que le dio luz a mi vida apagándola después…