Esa mañana, Nancy amaneció muy triste. Sentía que su casa la ahogaba. Con su pequeña hija, salió al jardín que su esposo había creado. La niña, un poco asustada, observaba los ojos llorosos de su madre.
─Mami, ¿qué te pasa, por qué lloras? ¿Estás pensando en papá?
─Me duele un poco la cabeza, no te preocupes, pequeña.
Nancy no decía la verdad a su hijita. Estaba muy enojada con la vida, sobre todo con su esposo, que la dejó en ese pueblecito al norte de Holanda, con su pequeña hija Isabella de cinco años. Se encontraba en un laberinto sin salida, con la férrea vigilancia de sus suegros.
Esa mañana de domingo. Se cumplía un año de la muerte de Ernesto, su marido. Murió en un pleito de cantina, por defender a un parroquiano, al que estaban golpeando iracundos sujetos; era bueno con los puños, rápido los puso fuera de combate, pero, uno traía pistola. Dos balazos terminaron con su vida.
Esa casa, en la que había sido tan feliz, ahora había perdido sus encantos.
La vida parecía sin sentido. La niña sufría la ausencia de su padre, ignoraba que había muerto, pensaba que estaba trabajando en la India. Las excusas se estaban terminando. Cada vez que Isabella preguntaba por el regreso de su padre, Nancy sufría al dar una respuesta.
Por fortuna, Clarissa, su vecina y amiga, le proporcionaba un poco de consuelo: preparaba deliciosas tartas para la viuda y su hijita. La visitaba con frecuencia para tomar el té y degustar las delicias culinarias. Ese domingo, Nancy había cocinado una rica pasta a la Toscana.
El esposo de Clarissa había viajado a Berlín, su padre estaba hospitalizado, ella no pudo acompañarlo, pues su embarazo estaba muy avanzado. Vicent no quiso exponerla a un pesado y largo viaje.
Mientras la niña jugaba en el jardín, las amigas, recargadas en el barandal, iniciaron una conversación en voz baja. Tenían un rato charlando cuando respondieron al saludo del señor Jorge Rose, su esposa Elizabeth y su hijita Romina, quienes caminaban en amena charla hacia los servicios religiosos. Isabella y Romina eran amiguitas, asistían a la misma escuela.
Nancy admiraba los colores vivos del vestuario de la señora Elizabeth, quien recogía su falda para no mojarla en los pequeños charcos que había dejado la lluvia del sábado.
─Quisiera usar los vestidos que me compró Ernesto para esta temporada.
─Te comprendo, amiga, sé perfectamente la situación en que te encuentras ─dijo Clarissa.
Nancy debía usar esa ropa pesada, oscura, que aborrecía. La hacía sentirse triste, pero estaba bajo la estricta vigilancia de sus suegros.
Debía estar siempre alerta, los abuelos de Isabella se inmiscuían en su vida, querían que practicara su religión. Esa situación la angustiaba. Había escuchado rumores de que los padres de su esposo contrataron un abogado para quedarse con la custodia de la niña.
─Amiga, tienes que pensar en una posible solución, o tus suegros te dominarán ─comentó Clarissa.
─Cada noche, antes de dormir, pienso cómo encontrar una solución. Los ahorros se terminan, en el centro me ofrecen un buen empleo en una tienda de alta costura y finos accesorios, pero tendría que dejar a Isabella bajo el cuidado de mis suegro; tendrían elementos para quitarme a mi hija, eso no lo voy a permitir.
La joven madre no pudo contener las lágrimas que descendían por sus mejillas.
─Mira, mamita, qué hermosas están las flores que trasplantó mi papi, adornan los setos, cuando regrese papá estará feliz de ver sus flores, le diré que las hemos cuidado entre las dos.
Los comentarios de la niña trajeron los recuerdos a la mente de Nancy, cuando recién casados buscaban el mejor lugar para vivir. Les encantó el barrio fuera de la ciudad, las casas tenían techos de dos aguas, por las frecuentes lluvias. La gente era trabajadora y honesta, sería un buen ejemplo para su familia.
Ernesto eligió la mejor casa en una calle bien trazada, adornada con esbeltos abedules. Diseñó el jardín para que sus hijos jugaran en él y su esposa invitara a sus amigas. Ese gran sueño fue truncado, Nancy no podía superar esa tragedia.
El esposo de Clarissa había regresado, estaba feliz porque su padre mejoraba. Dejó el auto para que su esposa fuera hacer las compras para el bebé. Clarisa entró a una tienda de ropa para niños, estaba seleccionando el ajuar del bebé, cuando descubrió a una señora que estaba en amena charla con una joven. Era la suegra de Nancy. Se escondió entre los pasillos para no ser vista, pero sí enterarse de lo que hablaban. Al escuchar lo que dijo la suegra de su amiga quedó impactada. Sin realizar las compras, se dirigió a su auto, era urgente que Nancy lo supiera.
─Amiga, tus suegros te quitarán a tu hija, han comprado a los jueces, dentro de tres días tendrán los documentos en regla, a ti te dejarán literalmente en la calle.
─ Ayúdame, por favor, amiga, eres la única persona que me ha tendido la mano. Mi hermano quedó de hacer una transferencia, pero se enfermó mi mamá y los gastos fueron altos.
─Hablé con Vincent, tiene amigos trabajando en la embajada de México. Por fortuna, el embajador de tu país estaba en su oficina, conoce el poder de la familia de Ernesto. Una vez teniendo los documentos a su favor, no podrás recuperar a tu hija, piensan regresar a Estambul, su tierra natal.
Nancy estaba aterrorizada. El teléfono de Clarissa timbró, era su esposo, desde la Embajada Mexicana.
─El embajador se está jugando su puesto, pero ya tienes lugares para ti e Isabella, a Madrid. Un abogado mexicano las acompañara de Madrid a México.
A las doce de la noche, escondidas en los asientos traseros del carro de Vicent, entraron a la embajada. Nancy abrazó a sus amigos, el llanto de ambos se mezcló, una amistad así, no se encuentra fácilmente.
Salvar dos vidas es una acción grandiosa.







