lunes, febrero 16, 2026
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Damas y caballeros

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Teresita Martínez Urbiola
Comerciante

Teresita del Niño Jesús Martínez Urbiola nació en 1934 en San Antonio III, un rancho propiedad de sus padres, Wulfrano Martínez y Martínez, y su esposa, Esther Urbiola Calvo. Ellos fueron mis abuelos maternos.

Después de ella, nacieron Froylán, Celia (mi madre), Esther, Felipe y Pilar. Tere fue una hija amadísima, a la que se le otorgaron todas las oportunidades que su familia tenía a su alcance: en su adolescencia, estudió piano con la prestigiada profesora María Teresa Rodríguez, quien venía en forma regular a Querétaro a asesorar algunos ejecutantes. Llegó a tocar en concierto la Polonesa de Frederic Chopin.

Se enamoró de una vez y para siempre de un joven cazador, armero y trabajador de la industria: Juventino del Llano. Este muchacho guapo, que cantaba tangos y contaba historias divertidas, vivía con su padre viudo, don Rodrigo, y su hermano Luis, todavía soltero. Teresita llegó a su casa en el Barrio de La Cruz, un espacio tradicional e histórico, donde ocurrió el mito fundacional de la ciudad. Tere no fue una novia que exigiera finos aparatos electrodomésticos ni un juego de sala radiante. Ella llegó con su juventud, su piano y su energía a atender a don Rodrigo hasta su muerte y a Luis hasta su casamiento, que ocurrió cuando yo era adolescente. Muchos años dedicó Teresita a esta familia que gozó de su apoyo y cuidados. 

En los años sesenta y setenta nacieron mis primos Gerardo, Alejandra, Jesús, Carlos y Ricardo, que se han conservado unidos y fuertes, como los mejores amigos. Gerardo se casó con el amor de su vida, su vecina: Conchita Ramírez Pozo; Alejandra formó una familia con Miguel Ángel Segura.

Recuerdo el día en que se mudaron del barrio de La Cruz a Juárez Norte 40, una casa del siglo XIX frente al templo del Carmen que ofrecía tres grandes ventajas a mi tía: ella podría ayudar a su marido a atender un negocio de venta de armas para cacería e implementos para pesca, además del taller de reparación de armas que él tenía en el interior de la casa. La segunda ventaja era la cercanía de la casa a bancos, teatros, cines, cafeterías y muchos comercios y servicios que hacían del Centro Histórico un lugar maravilloso para vivir. La tercera, y en su corazón la más importante: se encontraba frente a la iglesia donde ella podía asistir a misas y otros servicios, y tener amistad con los frailes carmelitas que la orientaban en su devoción. Fue una mujer de profunda fe, entregada a su oración con una convicción más allá de este mundo, la espiritualidad humana en su mejor versión.

Tere dedicó sus afanes a la creación y administración de negocios hasta entonces desconocidos en Querétaro: las boutiques. Tuvo una en su casa de la calle Juárez, sacrificando una habitación. En 1970 instaló Boutique Matell (María Teresa del Llano) frente al Teatro de la República, con ropa para dama de las más finas marcas de México. Ahí se dio a la tarea de vestir con elegancia a miles de mujeres queretanas que confiaban en su buen gusto, sus maneras amables y su mente prodigiosa.

Muchas veces la acompañé a la capital de la nación para escoger catálogos completos de las siguientes temporadas: visitábamos almacenes de modistas con los modelos más sofisticados del momento, en las calles José María Izazaga, Isabel la Católica y zonas del Centro Histórico. Tere escogía vestidos exclusivos para su clientela: si se aproximaba la cena anual del Club de Industriales, ella sabía qué ropa le vendría bien a qué clienta, de la que conocía su talla, colores preferidos, la textura de las prendas, la forma en que le gustaba lucir su cuerpo: cómo resaltar partes atractivas, cómo verse más bella. Sabía de memoria sus gustos, sus compromisos, sus teléfonos y hasta los criterios de los señores: el marido de la Güera no le permite que use prendas con escotes profundos, así que le llevaré un vestido con cuello alto. Todo lo sabía: era querida por esa complicidad que se teje entre mujeres que viven en circunstancias parecidas, que han tenido historias semejantes con padres que pensaban más o menos lo mismo, en los usos y costumbres de una ciudad conservadora y tradicional, a la usanza católica de la segunda mitad del siglo XX.

Con esa inteligencia prodigiosa, abrió un sistema de crédito que consistía en tarjetas donde se iban sumando deudas y anotando pagos. Muchas veces la vi romper tarjetas de personas que pasaban por una situación apremiante. Tenía paciencia para alargar los periodos de pago. Pronto abrió una boutique de ropa masculina frente al templo de Santa Clara, llamada Caballero, cuyas prendas eran elegidas por ella, una por una.

A mediados de la década de 1970, se prendó de una casona al frente de la plaza de Armas y mi tío Juventino soñó con tener una sala donde exhibir sus trofeos ganados en competencias nacionales de tiro, además de algunos animales disecados. Se mudaron a Pasteur 11 Sur en 1978 y ocuparon la planta alta. Pronto, el impulso de ella la llevó a establecer en la planta baja una tienda de antigüedades llamada “La buhardilla de Alejandra”. A la fecha, mis primos tienen el privilegio de ser la única familia que habita frente a la plaza.

Tere tenía la música en el corazón, la administración de empresas en la mente y un amor por sus hijos y nietos que la desbordaba. Era excelente cocinera, daba consejos atinados, supo vivir y viajar, se mantuvo hasta el fin con una alegría envidiable. Muchos años dedicó a cuidar de su marido, que sufrió una enfermedad larga y dolorosa. No la oímos quejarse. Fue anfitriona de las fiestas de la Independencia en esa casa señorial cuya primera construcción data del siglo XVII. Era feliz como pocas personas he conocido. Soportó los embates de varias dolencias en los últimos tiempos, pero antes de cada consulta médica se aplicaba sombra en los párpados y tono cereza en los labios para verse bonita. 

Quise mucho a mi primera jefa, que me enseñó gajes del oficio y me dio las herramientas para hacerlo con disciplina. Sé que Dios la tiene consigo. El 4 de octubre de 2017, dos días antes de morir, le pidió a su empleada doméstica: “Mari, por favor compra unas pechugas y las preparas con una rica salsa, haces una ensalada y pones la mesa del comedor muy linda, porque va a venir a mi mamá”. Mi abuela había muerto el 28 de diciembre de 2001. Creo que mi tía estaba preparando su espíritu para reunirse con ella y gozar juntas del banquete de las almas buenas, en el paraíso.

Teresita Martínez Urbiola murió el viernes 6 de octubre de 2017.  

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