Pilar González Juaristi
Pionera de la enfermería
Pilar González Juaristi cuidó de sus pacientes, con destreza e inteligencia, dedicando a los niños sus mejores horas. Esta guapa mujer decidió formar un equipo de profesionales de la salud, enfrentando cada día batallas contra la enfermedad y la pobreza de un país con muchas carencias.
Pilar fue la cuarta hija de un matrimonio de españoles avecindados en Querétaro: don Faro González Martínez, nacido en Pozuelo de la Orden, Valladolid, y doña Andrea Juaristi Ostendi, nacida en Bilbao. Nació en la casa paterna, ubicada en la calle Pasteur número 40, el día 26 de abril de 1927. Sus hermanos mayores fueron Joaquín, Ana y Francisco; los menores: José Luis, Faro, Miguel, Avelina y Manuel.
Al fallecer los padres, Francisco y Pilar se dedicaron a cuidar de sus hermanos pequeños; ella desarrolló destrezas y habilidades para atender al prójimo y resolver necesidades apremiantes cada día, como ocurre en las familias numerosas. Al mismo tiempo, era una estudiante sobresaliente; así consta en su certificado de secundaria, expedido en 1943, en el Instituto Plancarte. Todas sus calificaciones son 10.
El 1 de febrero de 1945, siendo muy joven, una funesta noticia la estremeció: en la comunidad de Cazadero, municipio de San Juan del Río, hubo un accidente ferroviario que pasó a la historia como una de las grandes tragedias de la nación. Fue una colisión entre un ferrocarril cargado de azúcar que se dirigía al sur y otro que venía de la Ciudad de México con varios vagones, llevando peregrinos que iban al santuario de la Virgen de San Juan de los Lagos. Ambos trenes descarrilaron y el azúcar se incendió; esto causó una terrible mortandad y cientos de heridos, la mayoría con terribles quemaduras.
A pocas horas del acontecimiento, el Hospital Civil de Querétaro se llenó de pacientes que requerían atención de urgencia. Pilar se presentó a servir de ayuda. En medio de la tragedia, nació su vocación.
En 1957, ingresó a la Escuela de Enfermería en la Universidad de Querétaro, que todavía no era autónoma. Las clases se impartían en el Hospital Civil, ubicado en el edificio del Real Colegio de Santa Rosa de Viterbo.
Los pocos médicos que había en la región eran sus profesores, al tiempo que daban consulta privada y laboraban en el hospital, el más grande del estado.
En El Heraldo de Navidad de 1995, Pilar González relata:
“En la planta baja había un salón enorme que era sala de hombres. También había un cuarto que nos impresionaba mucho; una especie de celda donde juntaban a los alcohólicos con algún paciente psiquiátrico mientras se ponían en relación con sus familias. Los miraban por la ventanita, tratados como una cosa muy agresiva. Rayos X estaba abajo. La señora Trini duró muchos años con el doctor Herrera Sobreyra. Cuando yo estaba en la sala de niños, como no había personal, la señora Trini subía para tomar las radiografías, o bajábamos a los niños. Muy seguido me ayudaba a detenerlos para la venoclisis”.
En aquel tiempo había una huerta que perteneció a las madres rosas; junto a la huerta, internaban a los tuberculosos. Había quirófano, sala de esterilización, traumatología, medicina interna, administración, farmacia y otras áreas. Dice Pilar: “Atrás de la huerta estaba la Médico Legal, donde se hacían las autopsias; muchas veces bajé a depositar cuerpos de niños”.
Las monjas josefinas atendían a los enfermos. La Madre Lola, quien administraba el hospital, recibía a Pilar en su oficina, desde la cual se podía ingresar a la iglesia. Las religiosas le permitían a la joven enfermera orar con la vista puesta en el Santísimo. De esos minutos de oración, con intensa fe, salía ella fortalecida en espíritu.
Con otros médicos, enfermeras religiosas y laicas, Pilar creó la sala pediátrica. “Cuando terminamos de estudiar enfermería, Anita Ceballos dijo que ella sería la instrumentista de Esteban Paulín; Yuca Vázquez se fue a México a estudiar Radiología y yo dije: Bueno, a mí me gustan los niños, yo me hago cargo de la sala. El doctor Hernández Frías, nuestro maestro, estaba al frente de esa sala sin cobrar nada; llegué en 1960 como enfermera titulada. La sala era tan grande que tenía 27 cunitas y todos sus servicios ahí adentro; el despacho de medicinas, el ropero, una cocineta y una terracita donde los niños tomaban el sol. A esa sala se le hizo una división con una mampara de madera y quedaron cuatro cuartitos más”.
La oración y los ritos religiosos eran parte de la atención: “A la madre que le tocaba hacer guardia en la noche, todo el tiempo iba y venía atendiendo a la necesidad de algún enfermo por un sacerdote”.
Las enfermeras compraban manta por mayoreo, la cortaban en tiras, les ponían yeso, cal y sal, las enrollaban para esterilizar. Dice Pilar: “Hervíamos los equipos para sacar sangre. Sacábamos medio litro de sangre a los familiares cuando su niño la necesitaba, hacíamos todo al mismo tiempo porque no había dónde refrigerar y para que no se contaminara lo hacíamos directamente”.
A los dos años de haber obtenido su título, Pilar tuvo una estancia en el Hospital Infantil de México, donde pasó por todas las salas en un curso intensivo. A su regreso a Querétaro, inició un proceso que incluía abrir y llevar expedientes, control de los medicamentos y de la ropa hospitalaria. Además, con frecuencia, llevaba un niño al Hospital Infantil de México; ella lo acompañaba y hacía los trámites requeridos para que recibieran y curaran al pequeño paciente.
La Sala de Niños era sostenida por un Patronato en el que participaban Yuca Vázquez, enfermera del IMSS; la señora Paca Roiz, del Gran Hotel; y Licha Pérez. Las religiosas aportaban la comida para los niños, el servicio de limpieza y el lavado de ropa. El Patronato pagaba las medicinas y otros gastos. A las familias de los niños a veces no se les cobraba.
Había niños que sufrían desnutrición de tercer grado, además de la pelagra. “¡Cómo estaría, que venían extranjeros y los retrataban! Se hicieron muchos servicios sociales en esa sala, había lugar para veintisiete niños y siempre estaba llena. Un señor que trabajaba en el rastro, El Jitomate Rodríguez, me daba la carne todos los días; después me pasaba al Gran Hotel y Luis Roiz me daba huevos; un hermano mío me mandaba la leche”.
Con ayuda de un grupo de voluntarias, Pilar y su equipo atendían a los niños en forma integral. “El Patronato funcionaba bien, teníamos gente que nos ayudaba mucho como los González Nova, dueños de la Comercial Mexicana; ellos traían de México cosas que nos hacían falta y nos daban dinero. Pepe Roiz, con mucha voluntad daba dinero y la esposa de don Juventino Castro, dio también mucho apoyo”.
Trabajó en el Hospital Civil de 1959 a 1963. De ahí pasó al Hospital General en la actual avenida 5 de Febrero. También colaboró en el Sanatorio Alcocer y formó parte del equipo de profesionales de la salud que fundó el Sanatorio Santa Rosa. Fue profesora en la Universidad Autónoma de Querétaro, contribuyendo a la formación de cientos de estudiantes. “Como quiera, con todo y todo, fui veintitrés años enfermera. Vi mucho dolor, alegrías y de todo; pero fui feliz, muy, muy feliz”.
Solía asistir a corridas de toros y tuvo muchas aficiones, además de una rica vida social, con amigos que gozaban de su simpatía y enorme calidad humana. En su madurez, contrajo nupcias con el señor Francisco Villaseñor Vega.
Vivió sus últimos años rodeada de sus familiares, quienes la trataron con un amor tan grande como el que ella les prodigó a lo largo de su vida. Sus sobrinas Pilar, Paloma y Ana Isabel estudiaron enfermería, siguiendo sus huellas, inspiradas por su vida.
Tía Pi, como le decían sus sobrinos, falleció de muerte natural el 28 de agosto de 2020 a los 93 años.








Tiapi siempre pensando en los demás, excelente mujer muy generosa, trabajadora, responsable y cariñosa. Agradezco a Dios por ella en nuestra familia, recibí tanto , sobretodo un gran ejemplo 🙏
Besos al cielo 😘
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