Cleónico Urbiola Calvo
Pionero de la aviación
Araceli Ardón
Cleónico Urbiola Calvo fue un hombre que surcó los cielos para que sus contemporáneos tuvieran la fortuna de beneficiarse de sus inventos y pudieran trasladarse de un lado a otro en pocas horas. Nacido en San José Iturbide, Guanajuato, tuvo una existencia marcada por sus altas miras, con un sentido profundo de la disciplina y el anhelo de construir aparatos con base en la tecnología, gracias a su inteligencia y guiado por un profundo amor a la patria.
El teniente mecánico de Aeronáutica Cleónico Urbiola Calvo nació el 24 de febrero de 1882. Sus padres, Balbino Urbiola Arizmendi y Pomposa Calvo Carbajal, eran propietarios del rancho La Huerta, donde criaron a sus siete hijos: Cleónico, Leobardo, Arturo, Balbino, Gumaro, Eva y Esther, mi abuela. Don Balbino formó otra familia con la señora Marina Servín, con quien tuvo tres hijos: Antonio, Refugio y Eva. Todos los hermanos se amaron en forma entrañable. Varios de ellos vivieron en Querétaro hasta el fin de sus días. Los varones se dedicaron a la mecánica y mantenían en funcionamiento la maquinaria de las haciendas cercanas, donde inventaron piezas o mecanismos.
Valentín Frías, en su libro Leyendas y tradiciones de Querétaro, cuenta la llegada del primer automóvil que hubo esta ciudad; menciona a Balbino hijo como el mecánico que lo recibió. En nuestra familia se dice que Arturo también tuvo alguna responsabilidad en el ensamblado final y la recepción de aquella calesa propiedad de don Juan Riveroll, quien pagó por el automóvil $5,000 pesos. El automóvil venía de Francia, llegó a Veracruz en piezas embaladas, y llegó a la estación de Ferrocarriles de Querétaro el Jueves de Dolores de 1905.
Cleónico buscó su destino en la Ciudad de México, donde fue admitido en la Fuerza Aérea Mexicana en 1915. Gracias a los brillantes resultados de su trabajo fue nombrado Jefe de los Talleres Nacionales de Ensamblaje y Construcciones de Aeronáutica, donde permaneció hasta el 16 de diciembre de 1947.
Entre los hechos importantes de su vida, participó en el primer vuelo aeropostal que se hizo en México, el 6 de julio de 1917, desde una aerovía de Pachuca hasta la pista de Balbuena, de la Secretaría de Guerra y Marina. El vuelo duró una hora y tres minutos. Cleónico ensambló el biplano de cabina abierta, serie A, con motor hispano-suizo de 150 caballos de fuerza. Por este esfuerzo recibió un diploma de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, firmado por Carlos Lazo, el secretario. También obtuvo una condecoración de perseverancia de primera clase el 20 de noviembre de 1927.
Antonio, su hermano, era muy atrevido y estaba siempre listo para probar los inventos de Cleónico, quien creó unas alas para que un hombre volara por su cuenta. En su rancho hicieron las pruebas. Subieron a una estructura de seis metros y colocaron sobre el suelo una serie de pacas de paja para amortiguar la caída. Antonio subió, se colocó las alas con ayuda de su hermano y como es de imaginarse, cada vez que lo hizo cayó a la paja. Faltaban décadas para que este tipo de inventos permitiera a los seres humanos planear desde las alturas.
El joven técnico fue comisionado para perfeccionar sus conocimientos de aeronáutica en la compañía Douglas Aircraft, de Los Ángeles, California. Llegó ahí como jefe de la delegación mexicana. Se especializó en la precisión de ensamblaje de aviones. Su inteligencia y sentido de responsabilidad llevaron a los directivos de la empresa a ofrecerle un empleo fijo. Cleónico declinó: “Señores, agradezco sinceramente la oferta de trabajo que ustedes me hacen, pero el gobierno mexicano me envió a esta fábrica para el desarrollo de una comisión específica, no para buscar una colocación en sus instalaciones. Debo respetar mi vínculo con la dirección de Aeronáutica Nacional en México”.
Algunas responsabilidades que tuvo en esa empresa: la instalación de un nivel de burbuja que permitiera al piloto detectar y corregir la inclinación del avión, estudiar los alerones de las alas para aumentar el empuje del aire al despegar y su resistencia al aterrizar, mejorar el alerón de la cola para mantener el rumbo correcto, además del diseño de herramientas que permitieran un ensamble del chasís más rápido y seguro.
Este avezado mecánico tuvo la obligación de mantener el ensamblaje y los motores de los aviones del Escuadrón 201, flota con que nuestra nación participó en la Segunda Guerra Mundial.
Fue además un veterano de la Revolución Mexicana. En su hoja de servicios se determina que cubrió los requisitos para ser considerado así. Es reconocido pionero de la aviación militar mexicana y los Talleres de Aeronáutica. En 1947 recibió la pensión correspondiente al grado de Teniente Mecánico de Aeronáutica.
En su juventud, se casó con Clementina Molina Puebla. Los hijos del matrimonio fueron Gloria, Hilda, Jaime, Yolanda y Patricia.
La familia Urbiola proviene de vascos trabajadores y honestos, hombres y mujeres dedicados al cultivo de la tierra, el cuidado de animales, la mecánica, la alta costura en el caso de las mujeres, y la búsqueda constante de una vida mejor para su familia.
Creyente en los beneficios que trae la educación, fue profesor en los Talleres Nacionales de Aviación. También fue un inventor nato, que creó aparatos de navegación y de mecánica que resolvían los problemas cotidianos en el México de la primera mitad del siglo XX, cuando escasearon los bienes y no hubo manera de que el país retribuyera la labor de un hombre que no dejó nunca de inventar. Sus hijas me contaron que durante toda su vida, Cleónico estudió a las aves, las pesaba, medía sus alas, analizaba cómo desplegaban las alas y observaba su vuelo, con la idea de mejorar los aviones.
Jorge Antonio Abud, su yerno, lo recuerda así: “Cuando Paty, su hija más pequeña, lo visitaba con nuestras dos hijas, los asientos de los automóviles eran como un sofá, sin espacios para guardar cosas. Cuando él tenía 86 años, notó que era difícil el llevar a dos pequeñas en el coche con mamilas, pañales, papillas y otros enseres. Unos días después, le entregó dos inventos que había construido en un momento en que no había plásticos, todo era de metal y soldadura autógena. Los inventos eran verdaderamente bellos y funcionales, pudimos crear una empresa pero nos faltó visión para su desarrollo industrial. El primero era una base para el asiento del automóvil donde podía llevar lo necesario. El segundo era una carriola para las dos niñas, que hoy también son muy populares, pero que no existían entonces.”
Murió el 6 de diciembre de 1970. Sus restos reposan en el Panteón de las Águilas Caídas de la Ciudad de México.







