lunes, febrero 16, 2026
Inicio Enterate Damas y caballeros

Damas y caballeros

0
514

Miguel Urquiza Septién
Su legado

En una casa señorial de la calle 16 de Septiembre, a un costado del templo de la Congregación, nació un niño que sería jinete a lo largo de su vida y daría lustre al deporte nacional, ganando el más alto reconocimiento: sería un charro completo. Ganaría cientos de trofeos y su nombre seguiría recibiendo homenajes aún después de su partida.

Tuve la ocasión de hablar con él durante horas y publicar una larga entrevista en noviembre de 1987: “Nací el 27 de septiembre de 1926 en esta ciudad de Querétaro. Mi padre, don Manuel Urquiza Figueroa, era hombre de a caballo, montaba varias horas al día recorriendo grandes distancias. A veces salía de Querétaro tempranito, como a las cuatro de la mañana, rumbo a Celaya. En esos días no había carreteras y tenía que atravesar los cerros a trote, así que sus hombres le tenían listos varios caballos, en diferentes puntos del camino. A todos sus hijos nos infundió el amor por los animales, especialmente por los caballos”.

Don Manuel Urquiza Figueroa fue patriarca de una familia grande. En primeras nupcias, se casó con la señorita Trinidad Septién, con quien tuvo seis hijos: José Antonio, Carlos, Manuel, Aurora, Dolores e Ignacio. Después de enviudar, don Manuel se casó de nuevo, esta vez con la señorita María Septién, hermana de Trinidad. Esta situación era frecuente en épocas pasadas. Así, el joven viudo encontraba a la madrastra más amorosa para sus niños y con ella tendría hijos que serían primos hermanos y medios hermanos a la vez.

Los hijos de Manuel y María fueron Margarita, Francisco, Miguel, Juan, Alejandro y Teresa. Don Miguel me habló de su admiración y respeto por todos sus hermanos, y en particular por Carlos, quien se casó con la señorita María Luisa James; juntos murieron en un accidente automovilístico. Carlos enseñó al pequeño Miguel a montar y se encargó de su formación como jinete. Tenían caballos en el traspatio de su casa.

“Mi hermano Carlos me llevó a ver a don Luis Vázquez, un revolucionario, que fue de los charros más valientes y me compartió sus conocimientos para desarrollar mis habilidades. Me contó que una vez llevó a sus hombres al Hotel Hidalgo, a dónde entraron a caballo aventando la reata, en plena revolución”.

Don Miguel estaba profundamente orgulloso de su padre, cuya intervención fue decisiva para la reapertura de las iglesias en Querétaro. Influyó en la decisión del presidente Plutarco Elías Calles, en acuerdo con Mr. Monroe, embajador de Estados Unidos, para que se volvieran a abrir los templos. Ese acuerdo se realizó en la hacienda La Laja.

Estudió en colegios de Querétaro y de 1938 a 1940, y muy joven fue seminarista. Más tarde, él y su hermano Francisco, otro gran jinete, fueron alumnos del Colegio Oriente de Puebla, de jesuitas.

Su primera gran exhibición de charrería tuvo lugar en la Plaza de Toros Colón, que se encontraba en lo que hoy es avenida Zaragoza, a la altura de la calle Juárez. El niño tenía ocho años y deseaba seguir los pasos de Miguel Domínguez, a quien consideraba el mejor charro de aquellos tiempos. Además, tuvo grandes maestros como Francisco y Benjamín Muñoz, Manuel y Ezequiel Segura, Fernando Domínguez, Manuel y Miguel Ordóñez, Ignacio Lugo, Alfonso Arellano, Antonio Loarca, Alfonso Soto, Antonio Legarreta, Filiberto Luna, Antonio Uribe, Dionisio Martínez Lugo y José Gómez.

Entre sus compañeros de generación mencionó a Salvador y José Luis Urbiola, Rafael Muñoz Núñez, Manuel y José Lugo, David Uribe y César Segura.

“El caballo es el mejor compañero y aliado de un charro. Es muy importante que se trate de un buen animal, que sea noble y fuerte. No es necesario que sea de pura sangre, pero es indispensable que sea bueno. Uno de los caballos que recuerdo con más cariño fue Tutubisí, un extraordinario ejemplar colorado, bronco con quienes no conocía, pero excelente compañero de suertes. El charro hace al caballo, aunque es muy importante que los caballos no tengan las piernas largas, porque pierden estabilidad”.

En 1956, en una boda, conoció a su la señorita María Elena Hernández, de origen potosino. Los novios eran Carlos Hernández, de San Luis Potosí y Dolores Álvarez Septién, queretana. María Elena era prima del novio. Miguel y María Elena se casaron el 18 de octubre de 1958. Este matrimonio tuvo seis hijos: tres chicas llamadas Sofía, Male y Claudia; y tres varones: Gerardo, Miguel y Luis Fernando, que son charros.

Para ser charro completo, hay que dominar todas las suertes, entre ellas: colear, calar el caballo, manganear a caballo y pialar en el lienzo.

Cuando era muy joven, en su rancho Obrajuelo y en otras propiedades, solía practicar con el lazo al mover el ganado de un cerro a otro, acompañado de los vaqueros que trabajaban en esas tierras. 

A partir de 1960, la familia Urquiza Hernández vivió en el rancho Mayorazgo, de Apaseo el Alto, durante siete años. Eso dio oportunidad a don Miguel de crear la asociación de charros de ese municipio, que ganó tres lugares nacionales. 

De manera individual, este charro obtuvo cientos de trofeos y su nombre fue honrado en congresos del más alto nivel.

“Para ser buen charro, se necesita tener espíritu deportivo y de equipo. Existe el mito de que se requiere mucho dinero para practicar la charrería. Esto no es cierto. No se necesita siquiera tener un rancho, porque se pueden guardar los caballos en una cuadra. Tampoco es verdad que se necesite provenir de una familia de charros. Muchos se hicieron aficionados porque sus amigos lo eran, por amor a los caballos y a las suertes”.

Don Miguel encabezó cinco congresos nacionales de charrería. Otra de sus contribuciones fue arrendar caballos de razas anglo-árabe e inglesa, para las charreadas.

Me comentó su agradecimiento a los presidentes de México, por haber impulsado la charrería en sus distintos periodos: “Ávila Camacho fue un gran aliado nuestro, y en los últimos sexenios se han construido muchos lienzos con apoyo del gobierno federal. Me tocó en suerte acompañar a José López Portillo, en una de sus giras; montamos juntos”.

Su amor por México abarcaba más allá: “Mis hermanos y yo somos gente de campo, amamos la tierra y vivimos del trabajo agropecuario. Me preocupa enormemente la falta de agua que sufrimos. Tenemos una gran deficiencia de presas y sistemas para distribución de agua. Si lográramos mejores cosechas, aumentarían nuestras exportaciones y México podría solucionar sus problemas de mejor manera”.

Otra de sus pasiones fue el entrenamiento de perros Pointer para cacería. Se trata de que sean obedientes y muestren dónde se encuentra la pieza codiciada por el cazador. En 1951, en Sonora, obtuvo el primer lugar nacional como cazador de borrego cimarrón. Me contó algunas anécdotas de las muchas ocasiones en que estuvo a punto de morir. Una de las más emocionantes ocurrió así: “En 1946, estando yo a solas de cacería por el rumbo de San Joaquín, vi las huellas de un jaguar. Siguiéndolas, llegué hasta la entrada de su cueva. El piso estaba lleno de grasa y me resbalé; asusté al jaguar y por fortuna la cueva tenía dos salidas, así que el animal salió corriendo por el otro extremo, y yo me quedé en la madriguera a salvo por otro rato”.

En el año 2017, el Campeonato Estatal Charro de Querétaro se llamó Miguel Urquiza Septién, en su honor. Se celebró en Arroyo Negro, en el municipio de Ezequiel Montes.

Hoy, sus nietos siguen su trayectoria, emulando al gran charro que fue.