José Antonio García Jimeno, filántropo
“Al terminar de levantar la cosecha, el patrón nos decía: «Tomen lo que necesiten para sus familias». Después de hacerlo, nos poníamos a cargar el camión”. Testimonio de la maestra Tere, quien vivió en su rancho.
Andrés Garrido del Toral, quien fuera el cronista del municipio y del estado, cargos que tuvo hasta su muerte, escribió que la hacienda La Capilla ya aparecía en los registros de la recién fundada ciudad de Santiago de Querétaro: “En 1578, el cerro de las Campanas pertenecía a la hacienda La Capilla, propiedad del español Marcos Jimeno. Durante la guerra de Independencia se levantaron torreones en sus laderas norte y oriente para la defensa realista en contra de los insurgentes […] En 1938, el presidente Cárdenas expropió el cerro a los dueños de La Capilla y lo convirtió en parque nacional”.
La familia Jimeno conservó esta hacienda durante siglos; también poseía tierras en diferentes zonas del país, que siguieron trabajando con varios usos de suelo.
El niño José Antonio nació el 20 de noviembre de 1910, mismo día en que Francisco I. Madero había convocado a sus correligionarios, a través de una red de comunicación clandestina, para iniciar el movimiento armado de la Revolución Mexicana. En la década de 1940, el joven radicaba con sus padres y hermanos en un rancho ubicado en el Estado de México. Al enfermar el padre de familia, el joven José Antonio asumió la responsabilidad de cuidar de su madre, doña Carmen Jimeno de la Cortina, y de sus hermanos. Tomó la decisión de regresar a Querétaro, para trabajar sus propias tierras.
Aunque el casco de la hacienda se encontraba muy cerca del Centro Histórico, la familia vivía en una casa en la calle de Vergara. En la siguiente cuadra, vivía la hermosa joven Carmelita Alcocer Pozo. Ya hemos hablado de su hermano, el doctor Francisco.
Siguiendo las costumbres y tradiciones de la sociedad queretana, Carmelita y José Antonio contrajeron nupcias el 19 de enero de 1943. El recién casado propuso a su esposa radicar en la hacienda, para atender a don Luis García, su padre. Este matrimonio tuvo catorce hijos, que hoy en día son empresarios y participan en muchos organismos sin fines de lucro. Doña Carmelita legó a sus hijos una feliz actitud ante la vida, el compromiso de ayudar al prójimo, una gran fortaleza interior y la capacidad de enfrentar las vicisitudes que se presentan cada día.
Don Antonio, además de ser un agricultor que conocía sus tierras y obtenía las mejores cosechas, fue un excelente criador de ganado vacuno y cerdos, además de otras especies. Su participación en el desarrollo de las fincas de sus vecinos fue más allá de lo esperado: a toda hora estaba listo para asesorar a sus colegas; a quienes no habían tenido mucha suerte en sus empresas, les llamaba “los fieles”, reconociendo su esfuerzo y redoblando su ayuda. Cuando algún joven llegaba a estas nobles tierras para adquirir un rancho, García Jimeno le apoyaba para gestionar trámites, le asesoraba, le prestaba máquinas e incluso llegó a ofrecer la ayuda de sus propios trabajadores. Don Juan de Alba, uno de los rancheros más exitosos de aquel tiempo, cuando llegó a Querétaro, don Antonio no permitió que se hospedara con su familia en un hotel, sino en la casa de La Capilla.
Una de sus obras más relevantes fue la creación de un asilo para ancianos. No solamente donó el terreno, sino que con otros patronos construyó el edificio y gestionó su función. Se puso en contacto con las religiosas de la Divina Providencia, quienes lo manejan. Varias personas recuerdan que en las corridas de la plaza de toros o en la feria ganadera pedía apoyo para la construcción y mantenimiento del asilo, que lo llenaba de orgullo.
Desde tiempos del II Imperio Mexicano y durante el sitio de Querétaro (1867), el edificio que albergó al Real Colegio de Santa Rosa de Querétaro fue destinado a ser hospital. Un siglo entero tuvo esa función. Al iniciar la década de 1960, don José Antonio ofreció el terreno para la construcción de un edificio que albergara quirófanos, salas de consulta y cuartos para pacientes. El Gobierno del Estado inauguró las instalaciones en 1963 y se encargó de su función hasta febrero de 2021, en que un nuevo hospital abrió sus puertas. Honor a quien honor merece: el Hospital General de Querétaro, el más grande y bien equipado del estado, se encuentra en la calle José Antonio García Jimeno, en la colonia Jardines de la Hacienda.
Quienes lo conocieron afirman que era una persona poco interesada en hacer fortuna; el más importante logro de su vida fue formar a sus hijos con valores y principios. No dejaba de pensar en las necesidades de la población.
Cuando arribaron a Querétaro unos frailes españoles de la orden de los Agustinos Recoletos que necesitaban construir un seminario y posteriormente una escuela, don Antonio les donó el terreno; es el Instituto Fray Luis de León, en la calle de Pino Suárez. Era un hombre de expresiones muy particulares. Les dijo a los agustinos: “Yo soy la carne y ustedes el cuchillo. Digan qué necesitan”.
Faltaba una escuela de niñas y en la misma calle donó a las religiosas del Instituto Alma Muriel un buen espacio para sus edificios. A la curia le donó un terreno en la colonia Ensueño. Era un hombre muy creyente, católico practicante. Su mayor obra estuvo en el ámbito personal: no hubo enfermo que se le acercara al que no ayudara, otorgaba becas a jóvenes estudiantes con muy buenos resultados, porque ahora son gente valiosa para la sociedad.
La Feria Internacional Ganadera fue un gran logro; fue presidente de la Unión Ganadera e impulsó la ganadería queretana y nacional para que tuviera un impacto que llegara a Estados Unidos. En este rubro le tocó el cambio de ubicación de la feria, para dejar el Cerro de las Campanas.
Estuvo presente en la política. Fue diputado local en la administración del gobernador Octavio S. Mondragón, fue asesor de algunos gobernadores y consejero en algunos bancos.
Su ciclo vital se cerró el 29 de enero de 1979; en su velorio hubo cientos de personas dolientes; era interminable la fila de personas caminando tras de la carroza fúnebre, rumbo al panteón. Su esposa Carmelita murió el 15 de septiembre de 2008.
Fue un hombre honorable, recto y generoso que dejó honda huella en la vida de los queretanos.







