jueves, mayo 14, 2026
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Gran genio del siglo XX – Teresita Balderas y Rico

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Leer un libro es adentrarse en una nueva aventura. En un inicio, no sabemos qué caminos andaremos, las situaciones que viviremos; tal vez el autor del libro nos permita conocer algo de su existencia, para luego reflexionar sobre su obra.

Los libros tienen características que a veces no valoramos. Son fieles, siempre nos esperan hasta que volvamos a tener tiempo para continuar su lectura. Nosotros nos vamos, ellos ahí están. Toleran nuestros descuidos; cuando no tenemos a la mano un separador, optamos por doblar la esquina de una página. 

Son dadivosos, nos ilustran, tienen información de los grandes aconteceres de la humanidad. Los temas son diversos, en sus narrativas insertan diferentes campos del saber humano.

Los libros son un tesoro. Si tuviéramos el hábito de la lectura, nuestro capital cultural crecería, tendríamos más elementos para resolución de una problemática o el desarrollo de un proyecto de vida. 

A fines de 2024, buscando en una librería el libro seleccionado en el círculo de lectura, mi vista quedó atrapada en otro: Querido profesor Einstein. De inmediato imaginé al gran físico Albert Einstein. Me atrapó el título, entre esas tres palabras subyacen gratitud, admiración y empatía. Estaba emocionada, imaginando lo que pudiera encontrar al abrir sus páginas. Fue más de lo esperado.

Encargué el libro solicitado en el círculo de lectura. Como no había en existencia, opte por comprar el que me atrapó.

El libro fue escrito por Evelyn Einstein, nieta del premio Nobel de Física. Es una edición interesante, muy cuidada para el propósito del libro. El prólogo está cuidadosamente desarrollado por Evelyn Einstein.

La responsable de la edición y revisión fue Alice Calaprice.

La autora comenta lo difícil que ha sido llevar el apellido de su abuelo; de niña, estudiaba mucho para obtener las mejores calificaciones. Sin embargo, no la felicitaban. Tal vez, desde las perspectivas de sus maestros y compañeros, Evelyn debía mostrar su inteligencia, pues era una Einstein.

Narra con cierto cariño y nostalgia por no haber tenido más conversaciones con su abuelo. La distancia de país o ciudad donde vivía el abuelo y ella obstaculizaban ese acercamiento. Sus familiares le contaron que era muy pequeña cuando estaban de visita con su abuelo, él la llevó a pasear en su bote Tinnef, se admiró de la actitud de la niña, porque siendo tan pequeña no tenía miedo al mar. Lamenta no haberlo conocido cuando ella tenía más años y muchas preguntas. Le fascinaba la astronomía. Su abuelo la felicitaba e impulsaba a que continuara sus investigaciones. Einstein murió cuando Evelyn tenía catorce años.

En cada página del libo encontramos pinceladas de la vida de Einstein, sus primeros encuentros con la educación primaria, su espíritu inquieto que no tenía cabida en las enseñanzas un tanto dogmáticas.  

La vida de estudiante fue complicada. Inició sus estudios primarios en un colegio público en 1885, en Múnich, Alemania.

En sus primeros años de estudio, Einstein era considerado un alumno medio, sus maestros se desesperaban, poque el niño tardaba en dar la respuesta, ellos no sabían que el alumno escuchaba, pensaba y reflexionaba acerca de la respuesta, que era, en lo general, bien sustentada. Años después, los desacuerdos con ciertos sistemas de enseñanza, darían la pauta para que en sus conferencias relacionadas con la docencia defendiera a los jóvenes al terminar sus estudios. 

Fue muy dura su vida de estudiante, no disponía de los recursos suficientes para pagar renta, comprar algún libro y, sobre todo, para alimentarse. Esto nos sorprende cuando leemos acerca de los grandes descubrimientos de Albert Einstein, su sabiduría, reconocimiento científico, las constantes solicitudes de las universidades de alto prestigio para que el alumnado escuchara sus conferencias.

Pareciera que su vida ha sido fácil, con lo necesario para que el joven físico tuviera libre el camino hacia la inmortalidad.  El autor de la teoría de la relatividad debió sortear una serie de obstáculos para realizar sus investigaciones. 

Considerando las horas en el laboratorio, resulta interesante conocer esa faceta de empatía por tanta gente que sufría la persecución Nazi. Él y su familia tuvieron que salir de Alemania por la persecución contra los judíos, algunos de sus familiares no fueron afortunados.

Aún con tanta presión por los tiempos de guerra, Einstein no perdía de vista el futuro de los niños.

Le preocupaba su educación, sobre todo en esos momentos de la Segunda Guerra Mundial.  

A Einstein, no solo se le reconoce como el gran científico, también como un humanista, y su gran amor por los niños. Él pertenecía a un grupo de personas que sostenían un internado donde los niños podrían pasar el verano protegidos, felices y aprendiendo. Muchos de ellos habían pedido a sus padres en la guerra.

Los niños lo amaban, le hacían muchas preguntas a través de cartas que enviaban por correo, esperando que el gran científico las contestara. Tal vez de ahí nació la idea del título: Querido profesor Einstein.

La editora Alice Calaprice ha logrado recuperar una serie de misivas enviadas al maestro Einstein. Hubo respuestas para algunas cartas, pero el tiempo que él tenía era escaso. Sus investigaciones le dejaban poco tiempo para responder a todas. Einstein amaba a los niños por su atrevimiento de sus preguntas, por su deseo de saber cosas de la ciencia, en un lenguaje que fuera entendible para ellos.

Preguntas como éstas han sido recopiladas por la editora: “¿Qué sostiene el Sol y los planetas en el espacio?”

“Deseo saber qué hay más allá del cielo. Mi madre me ha dicho que usted puede responderme”.

Los niños, cuando son estimulados por sus padres y maestros en sus estudios escolares, hacen preguntas, las cuales algunos padres tienen serias dificultades al dar la respuesta que satisfaga a sus hijos. En la escuela, cuando el alumno no está de acuerdo con la respuesta del maestro, lo sigue cuestionando.

Si el premio Nobel de Física se daba tiempo para responder algunas preguntas a niños curiosos, ¿por qué no hacerlo nosotros, pobres mortales?