jueves, mayo 23, 2024

Recuerdos del ayer – Teresita Balderas y Rico

En el transcurso de mi vida he tenido sueños tan emotivos y nítidos que, al despertar, los recuerdo como si los hubiera vivido en ese momento. En ocasiones, recuerdo todo lo que soñé. Me veo exactamente como era en aquellos años. 

Los sueños son tan intensos, que he despertado llorando, riendo, o con una energía inusual, que me permite realizar varias actividades. He encontrado los medios para resolver algún problemilla. Todo el día me siento feliz.  

He vivido muchas aventuras en los sueños. Lo hago por etapas y temáticas de mi existencia: cuando vivía con mis padres, con mi hermana Betty, como estudiante, y las escuelas donde he laborado como docente. 

En el transcurso de este siglo, he soñado temas recurrentes con mi niñez, tal vez sea por la generosa suma de años acumulados que me acompañan. Pienso que lo retro es una constancia de que realmente lo vivimos. 

Al escribir estas líneas, como torbellino llegan los recuerdos de mis años infantiles en la casa de mis padres.

En la niñez se crean los sueños; la imaginación, acompañada de ilusiones, construyen un mundo ideal.

No me preocupaba tener una casa bonita y amueblada o la ropa. Lo importante eran mis padres, que hubiera comida; lo que más me gustaba era vivir en la enorme casa, herencia de los abuelos maternos. 

Cierro los ojos y logro ver los enormes árboles, mezquites, pirules, la variedad de nopales, tunas, y los tapetes de flores multicolores en primavera y verano.

En la etapa infantil, lloramos y reímos con facilidad. Ser amados por nuestros padres, comer y jugar, son la felicidad del día a día.

En 1956, cumplí diez años. A esa edad, ya era una experta en cosas de la vida. Vencí mis temores, contra todo pronóstico maternal y creencias arraigadas por la ignorancia, de no vacunarse contra la viruela, porque podríamos morir. Un día me planté frente a la Secretaría de Salud de la ciudad de Querétaro, y durante unos minutos me estuve retando, diciendo: “A que no entras porque tienes miedo”. “A que sí entro, y te voy a demostrar que soy capaz de ponerme la vacuna”. La niña de siete años entró y se vacunó. 

A los seis años, había presenciado una inundación en la casa donde vivía con mi hermana Betty, en la calle de Nicolás Campa sur de la ciudad de Querétaro, hecho que jamás olvidaré: el bebé lloraba, los zapatos y bacinicas flotaban en la recámara. La tormenta no cesaba, y el agua de la calle seguía metiéndose a la casa. Semanas después del desastre ocurrido, regresé a la casa de mis padres.

Entre los siete y los diez años, viví algunos meses en la casa de mi hermana y otros con mis papás. No me enteré cuál era el motivo o razón del cambio; solo me decían: “Te vas mañana con tu hermana” o: “Recoge tus cosas, mañana viene mi mamá por ti”.  

En esa misma calle, pero en la parte norte, entre Madero y Avenida del 57, el esposo de mi hermana había rentado un departamento. En ese lugar salvé a una niña de seis años de morir ahogada en una enorme pileta.

De los seis a los diez años, yo me había inscrito varias veces en la escuela primaria; las mismas veces, mi mamá no autorizó mi estancia en las aulas. 

A esa edad, era una experta en las compras del mercado, al que iba varias veces por semana. Tenía bien estudiadas mis estrategias, de ellas dependía ganar cinco o diez centavos para comprarme mi fruta preferida. Recorría los puestos, hasta encontrar uno donde vendieran más barato lo que había solicitado doña Lupita, mi mamá. Aun cuando fuera más económico, regateaba.

─Doña Panchita, buenos días, ¿a cómo da el jitomate? 

─A diez centavos, niña, está grandote y bien rojito.

─Ayer me los dio a cinco centavos. 

─Pero eran más chiquitos, niña.

─Es que con el dinero que traigo no me alcanza para comprar el mandado que me encargó mi mamá, y me va a regañar.

─Anda, llévatelos, y dile a tu madre que ya todo es más caro.

─¡Gracias, doña Panchita, que Dios la bendiga!

Co esos cinco centavos, me compraba una rebanada de jugosa jícama con mucho chile, limón y sal. ¡Qué delicia!

En aquellos años, se acostumbraba dar la prueba de algunos productos: frutas, quesos, miel, entre otros. Hice en ese mercadito mi propedéutico como catadora. Siendo una chiquilla, me atrevía a dar consejos a las vecinas que encontraba en el mercado, acerca de lo sabroso que estaba el queso en determinado puesto. 

Al mercado, la gente le decía “El Crucero”, porque había que cruzar las vías del tren. Los puestos estaban en las calles Héroe de Nacozari e Invierno. Años después, lo cambiaron de lugar y de nombre. Se llama Benito Juárez, pero se le conoce como El Tepe.

A esa niña de diez años le encantaba subirse a los árboles cuando su madre no la veía. La regañaba, diciéndole que era una marimacha, en ocasiones la bajaba a chanclazos.

Cuando se carece de juguetes, afloran la imaginación y creatividad. Qué divertidas nos dábamos mi hermana María del Pueblito yo, cuando jugábamos a la tiendita, la fonda, o cuando éramos boticarias y preparábamos las pócimas con las que la gente se aliviaba de inmediato. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer.

─Hay mucha gente en la peregrinación, hoy ganaremos mucho dinero, doña Tere.

─Pues debemos de apurarnos, doña Pueblito, hay que poner en la lumbre la carne para el caldo de res y el pollo para el mole. Pon más leños en el fogón.

─Pasen a comer, aquí todo es barato y muy sabroso─ gritaba doña Pueblito.

─Aquí esta su mole de olla con mucha carne y bien picoso como le gusta, don Toño.

Lo más hermoso de ser niño: la ingenuidad, las ilusiones, los sueños.

Me gusta soñar. 

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