sábado, diciembre 3, 2022

Mi amor por el baile – Teresita Balderas y Rico

La danza ha sido comparsa en el andar de la humanidad. Desplazarse en movimientos sincronizados ha sido ofrenda a los dioses, trascendiendo los siglos. Danzar no tiene fecha de caducidad.

Bailar es, para mí, una de las actividades más placenteras de la vida. Fue en una fiesta del Día de las Madres en la escuela primaria de mi barrio, cuando me enamoré del baile. Tenía tres o cuatro años, mi hermano mayor me cargaba en sus hombros para que viera el espectáculo.

Al día siguiente, imité los bailables, sin saber que mi madre y mi hermano estaban observando. Me enteré cuando se rieron a carcajadas. Mi madre dijo que me movía como pingüino.

Adoro el baile. Cuando lo hago, siento mis pies ligeros, que ejecutan los movimientos al ritmo de la música. 

En mi adolescencia, asistía a las tardeadas de cuatro a seis de la tarde. Viví la época de falda circular con crinolina.  

Los peinados con crepé y laca, una especie de espray, pero más barato.   

Para lucir el vestuario, eran necesarios: aretes, collares y pulseras. El pañuelo no debía faltar, el caballero llevaba dos, previendo que su dama lo olvidara. Los pañuelos eran de tela, con el nombre bordado del dueño. El prestarlo y luego devolverlo, era una forma discreta de formalizar una cita.

Después de moverse constantemente con el rock, teníamos treinta minutos para bailar música suave, nos poníamos romanticones. En ese espacio aparecían los elegantes pañuelos bien lavados y planchados, algunos también perfumados. Había que limpiar el sudor de la frente, para recargar la cabeza en el hombro del novio o pareja de baile.

En esos eventos se consumía Coca-Cola servida en vasitos o los populares refrescos La Victoria de Querétaro. Cero bebidas alcohólicas.

Ya profesionista, empecé a asistir a los bailes de coronación de la reina de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se realizaban en los patios barroco y neoclásico de sus instalaciones. Era uno de los acontecimientos sociales más importantes en esta ciudad. 

Se vestía de rigurosa etiqueta. Las damas, vestido largo de noche, los caballeros, de traje y corbata. 

A principio de los años 1970, llegaron al mercado telas bordadas con hilos metalizados, hermosas.  En Querétaro, las vendían en La Ciudad de México, ubicada en la esquina de Juárez y Madero.

Diseñaba y confeccionaba mi vestuario. Compraba suficiente tela para el vestido y la estola, también perlas.  Todo lo hacía manualmente. El vestido y la estola llevaban forro. Las perlas las colocaba en el cuello, y en la estola.

Los zapatos de tacón alto, medias de seda y peinado de salón complementaban el riguroso traje de noche. Mi vestuario lucía hermoso, y elegante.

El evento terminaba a las tres de la mañana. Al día siguiente amanecía con los pies hinchados, pero dice el refrán: “Lo bailado nadie me lo quita”.

En un baile, en el patio barroco de la UAQ, hice una travesurilla. En cada patio había orquesta, o conjunto de rock. Cuando terminaban de tocar en uno de ellos, corríamos al siguiente.

El primer joven con quien bailé, solicitó una cita para tomarnos una soda. Dije que sí, acordamos la fecha. Más tarde, otro chico también me invitó a salir, mi respuesta fue afirmativa. Platiqué a mis amigas lo que estaba sucediendo, dijeron que no me preocupara, era probable que no asistieran.

La noche era joven, llegaron más invitaciones, y, yo, aceptando. Me reía del pegue que traía esa noche (expresión de la época). 

En mi trabajo, borré de mi mente aquellos compromisos.

El viernes, al regresar a la ciudad, mi compañera me preguntó:

 ─¿Vas a ir a tus citas?

 ─¿Cómo crees?, solo querían sentirse conquistadores. No iré.

Al llegar a mi casa, me bañé y arreglé. Tenía que comprar cartulinas y crayones para material didáctico. Las papelerías estaban en el centro. En realidad, lo que hacía, era buscar un pretexto para saber si alguno de los cuatro muchachos, asistiría a la cita.

Los cité con cinco minutos de diferencia. En el Jardín de la Corregidora, afuera del cine Plaza (hoy, tienda comercial), el Jardín Obregón (Zenea), y en el Jardín Guerrero, cerca de la calle de Madero. 

Los vería a distancia, para que ellos no percibieran mi presencia. Desde que reconocí al primero me asombré; con el segundo, mi conciencia me empezó a reprender. Cuando vi al tercero, me sentí culpable, pero todavía me atreví a pasar cerca del Jardín Guerrero; él no estaba.

Tres de cuatro, todo un récord. Regresé de inmediato a mi casa, no fui a la papelería.

Los bailes de juventud son toda una experiencia para contar. En la década de 1970, las fábricas establecidas en Querétaro, proporcionaban a sus empleados los recursos económicos para la cena baile de fin de año, amenizada por orquestas y conjuntos de rock.

Sin tener un pariente trabajando en esas empresas, conseguía invitación a través de las amigas.

Fuera por invitación o reservando la entrada, tuve la oportunidad de bailar al compás de grandes orquestas, conjuntos de rock, marimbas, tríos y hasta conjuntos norteños. 

Soy una mujer de siete décadas, el baile no me ha abandonado. Al escuchar la música que me trae recuerdos, inconscientemente empiezo a bailar. En ese momento no siento dolor alguno en mis rodillas, ni en los pies.

 Simplemente bailo. ¡Viva la danza! 

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