jueves, septiembre 29, 2022

Inundados de recuerdos – Rodolfo Lira Montalbán

A fin de expiar los pecados con que el catecismo los atemorizaba, los feligreses contritos asistían al templo todos los domingos. En ese extenso catálogo apostólico de infracciones veniales y capitales no aparece el pecado de Oyuki, pero sí otro, señalado como mortal: el pecado de la gula.  

Antes de que sea realmente mortal por razones cardiacas, los fieles prefieren, en vez del templo, acudir al sendero a practicar la caminata o el trote. Los que se  reprochan anchísimos piden perdón al Altísimo haciendo penitencia para depurar las ofensas alojadas en las regiones abdominales y puntualmente en panzalonja

El sendero del pueblo es el último vestigio de la base en que se asentaba la extinta vía del tren. Un conjunto de viviendas, conocido como fraccionamiento, se comenzó a construir a su costado. Una calle paralela, en dirección norte, lo flanqueaba.

El pueblo sin tren, fiel a sus costumbres de acabar con los monumentos del pasado, recibió con beneplácito al progreso y al automóvil. Con el fin de desalojar el tráfico del centro, que de histórico sólo conservó la catedral, se construyó el libramiento que corría de oriente a poniente, con modernos cuatro carriles, por la otra orilla del fraccionamiento.

Los ingenieros que participaron en la planeación y construcción de la vialidad, previsores, dispusieron alcantarillas para desfogar las aguas en caso de lluvias excesivas, pero la naturaleza y el descuido de las autoridades trazaron otros designios. Al paso de los años y sin que nadie lo advirtiera, los desagües se llenaron de hierbas y de basura en forma tal que, cuando aquel maldito huracán de tristes recuerdos descargó su fuerza y desbordó las presas vecinas, la escuadra que formaron los promontorios que sustentaban la carretera y la vía, conformó una represa que no pudo contener la descomunal avenida de agua. Su nivel comenzó a subir en forma inclemente hasta alcanzar banquetas, patios y estancias.

El sueño de algunos vecinos de contar con alberca en sus casas se hizo realidad, salvo que en vez de agua limpia y cristalina, se llenó de lodos pestilentes que se entrometieron, cual ladrón furtivo, en las viviendas.

Los afortunados poseedores de residencias con más de un piso subieron sus pertenencias a las plantas altas, pero en las salas, comedores, cocinas y recámaras de aquellos domicilios que sólo contaban con un nivel, los vecinos comenzaron a ser inundados por los recuerdos.

Fotografías, libros, enseres y menajes salían flotando entre lodos hacia la calle. La cara sonriente de Ray Conniff en la portada del disco que hacía tatarear al abuelo y que tantas alegrías contagió, aquella vez, contagiando lágrimas y suspiros se fue alejando por la calle. Su orquesta y coros fueron acompañados por Serrat, que cual barquito de papel, donde la corriente quiera, navegaba sin timón, sin nombre, sin patrón y sin bandera. 

Las fotos de la boda, las de los treintañeros niños cuando eran bebés y las carpetitas de la abuela, flotaban con todo y su mueble. Algunas prendas de vestir navegantes revelaron los gustos íntimos de sus propietarios. El piano en donde se escondían los billetes, producto del ahorro de tantos años, fue interceptado por su dueño en la cochera. Víctima de murmuraciones que lo acusaron de “lavar dinero”, rescató los billetes y les quitó el lodo. Los muebles de imitación madera acusaron su naturaleza de cartón y los de madera tomaron formas caprichosas. A puertas y ventanas se les hinchó la gana y la estructura, negándose a cerrar. Las inversiones de más cuantía, como electrodomésticos y automóviles, devinieron en submarinos ante la impotencia y el desajuste emocional.

En las caras de los vecinos era difícil distinguir entre las gotas de lluvia y las lágrimas. Si bien es cierto que lo perdido fueron sólo cosas materiales, estos objetos se llevaron impresos sus recuerdos, los trofeos de vida, sus más entrañables posesiones. 

El ejercitó llegó a auxiliar a los vecinos, rescatándolos de las azoteas los subieron en lanchas.  Una vez pasado el peligro y cuando las aguas volvieron a su cauce, las labores de limpieza y los esfuerzos por afrontar los quebrantos dieron inicio.

En medio del desasosiego y la depresión, las autoridades castrenses y civiles, en el recuento de los daños y de lo que el agua se llevó, expusieron que la población “flotante” experimentó un crecimiento sustancial. En el informe, trascendió que resultaron muchas personas sin hogar.

Entre la audiencia, un borrachito reclamaba:

—¡No pos, sí! muchos se quedaron sin ogar, pero otros quedaron bien ogados.

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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