lunes, diciembre 5, 2022

Extraños sucesos – Teresita Balderas y Rico

Enrique y Andrés han sido amigos desde niños, comparten el amor por la ciencia.  

Andrés es astrónomo, investigador de los enigmas del universo. Los fenómenos    que ha observado han fortalecido sus teorías. Tiene varios años experimentando cómo trasladar un material sólido de un lugar a otro, desintegrándolo. 

Logró desintegrar una microscópica masa. Las moléculas viajaron por medio de ondas electromagnéticas, al llegar al espacio predeterminado se reintegraron. 

Enrique es un gran biólogo, la astronomía es otra de sus pasiones. Comparten sus hallazgos científicos.

Andrés ha observado fenómenos interesantes. Enrique es la única persona a la que puede confiar lo sucedido. Tendrá que esperar a su amigo, quien está fuera del país, dando un ciclo de conferencias sobre el calentamiento global y la desaparición de especies.

Se reunirán en la cabaña que tiene Enrique en una zona boscosa del Estado de México. Es el punto de encuentro cuando desean compartir los avances de sus respectivas especialidades.

Los amigos quedaron de verse ese fin de semana en la cabaña.

─Me tienes intrigado, ¿qué te sucede? ─preguntó Enrique.

─Me siento nervioso, casi no duermo, solo a ti te puedo confiar lo que está sucediendo. Estoy avanzando en la transportación de una masa de mayor densidad, por medio de la desintegración molecular. Hace algunos años informé al centro astronómico, que se podría transportar materia desintegrándola, y volverla a su estado inicial. Se burlaron, y estuve a punto de perder el empleo. Si supieran lo que he descubierto, dirían que estoy loco.

─¿De qué se trata? 

─Empezó en agosto de 2020, en plena pandemia. Era de madrugada, estaba fascinado con la noche estrellada ─Andrés, eufórico, continuó el relato. ─ Escudriñando el cielo, vi un objeto grande, muy brillante; permanecí observándolo, se movía a gran velocidad, pensé que era un meteorito. Seguía avanzando, mi corazón aceleró sus latidos. Me paralicé, no pude moverme, creí que moriría cuando se estrellara el ovni que venía directo a mi casa.

─¿Qué tipo de artefacto era? ─cuestionó Enrique.

─La poderosa luz hizo un alto en el jardín, millares de moléculas danzaban dentro de un enorme cilindro, permanecí estático tras la ventana. Con ojos desorbitados, veía los que sucedía dentro de aquella cápsula transparente. De pronto, una intensa luz envolvió a la figura cilíndrica, obligándome a cerrar los ojos. Al abrirlos, aquel extraño objeto había desaparecido.

─ ¿Realmente lo viste?, ¿o la emoción de los avances en la física cuántica te provocaron esas alucinaciones? ─preguntó su amigo.

 ─Lo pensé, pero tres meses después se repitió el mismo fenómeno. El segundo aterrizaje duró más tiempo. Las moléculas se fueron integrando para formar cuerpos sólidos. Eran seres muy extraños, como de película o revistas de ficción. Me observaban con sus enormes ojos, no sentí miedo.

─¿Tomaste alguna fotografía para evidencia? 

─No, sentí que no debía hacerlo.

─En esta ocasión recibí telepáticamente un mensaje, dijeron que no tuviera miedo, venían de otra galaxia; tenían la misión de observar el comportamiento de seres de algunos planetas. Hicieron un movimiento que capté como una despedida, luego se fueron. No han regresado. 

Enrique estaba fascinado con el relato de su amigo.

─¿Has reflexionado que eres el elegido para conocer algunos misterios del universo?  La historia de la humanidad puede cambiar, hay razón de estar nervioso y preocupado. Debes tomar precauciones.    

Andrés ignoraba que gente poderosa estaba tras sus investigaciones. Era objeto de persecución, ellos vigilaban lo que hacía y los lugares a donde se desplazaba. 

La vigilia se hizo evidente en Berlín y Barcelona, cuando el astrónomo expuso los hallazgos de nuevas galaxias. Tres tipos lo vigilaban, dondequiera los veía.

Los amigos llegaron a la conclusión que la vida de Andrés estaba en peligro.

Acordaron que harían un plan para proteger la investigación de Andrés. Dormirían esa noche en la cabaña, saldrían temprano al día siguiente.

En cómodas sillas de mimbre, se sentaron en la terraza a disfrutar un café recién preparado. Enrique escuchó el clásico silbido de la cafetera y se paró a servirlo.

El lugar era realmente hermoso, se aspiraba el olor a pino y a flores. Algunas aves que se crían extintas habían regresado. Los amigos disfrutaban el aromático café, acompañados del canto de los grillos, con la iluminación de las luciérnagas. 

Para acceder al área de las cabañas, los dueños deben insertar una clave para que los guardias abran el portón. Cuando alguien entra, en automático se prenden las pantallas de las cabañas, para dar seguimiento de quien llegó. 

En ese instante el monitor se encendió, los amigos pudieron ver que tres tipos armados bajaban de una camioneta, disparándole a los guardias que custodiaban la entrada.

─¡Vienen por mí, también corres peligro, nos matarán! ─exclamó Andrés.

─¡Tenemos unos minutos de ventaja, vámonos! ─expresó Enrique.

Los jóvenes tomaron su laptop, corrieron internándose en el bosque, por instinto de conservación. Pronto los encontrarían.

¡Se escucharon detonaciones! Las balas se incrustaban en los árboles, perdían la esperanza de salir con vida.

─¡Pronto moriremos, amigo!, nos desaparecerán para que no hablemos ─dijo Andrés.

Los minutos estaban contados, se escuchaba el ruido de las hojas al pisarlas, las voces de sus perseguidores se oían muy cerca, llegaron a un claro del bosque. ¡Ya no había dónde esconderse!

En segundos morirían, los amigos se abrazaron agradeciendo su amistad. 

¡De pronto, un ruido ensordecedor se escuchó! Hojas, ramas y una densa neblina formaban un remolino. 

Andrés recibió un mensaje, tomó la mano de su amigo, lo jaló hacia donde estaba una estela de luz, al llegar a ella, ¡una gran fuerza los atrajo a su interior! 

Dentro de ese objeto cilíndrico, danzaban millones de moléculas que iniciarían su viaje hacia una lejana galaxia, con dos pasajeros más.

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