jueves, mayo 23, 2024

Eros y el amor – Teresita Balderas y Rico

El amor es una cosa esplendorosa”. Sí que lo es. Una de las misiones que tienen los seres humanos al venir a este mundo es amar y ser amados. El amor es una poderosa energía que mantiene cuerpo y mente con la fuerza necesaria y las ideas creativas, para vislumbrar los mejores caminos en el devenir de la vida.  

Enamorarse es encontrar armonía y dulzura en las cosas sencillas de la vida cotidiana. Ver al mundo de color de rosa cuando se está enamorado, no es solo una frase hecha. Los neurotransmisores juegan un papel importante en este estado emocional; el cerebro utiliza la serotonina para fabricar la hormona melatonina. Los niveles altos de serotonina producen calma.

La dopamina estimula la búsqueda del placer. Los altos niveles de ésta se relacionan con el buen humor, el espíritu de iniciativa, la motivación y el deseo sexual.

El amor, aún con sus avatares, vale la pena ser vivido. 

Los griegos creaban dioses para sentirse protegidos ante cualquier calamidad. Eros simboliza el amor y el deseo. Fue uno de los dioses más venerados de la mitología griega.

Eros había rondado mi camino, él creía que yo no lo sabía, pero también lo observaba sin que él se enterara. En ocasiones desaparecía por uno o dos meses, pero cuando creía que ya no lo vería, se hacía visible en la sonrisa de un adolescente. 

Finalmente, Eros decidió hacer una larga pausa en mi vida.  

En los fines de semana del mes de diciembre de 1974, mi novio y yo nos dedicamos a buscar un departamento en renta. Por fortuna, contábamos con la ayuda de una amiga, quien hacía las averiguaciones entre semana. Nosotros sólo íbamos ver si nos gustaba, y si la renta estaría acorde a nuestras finanzas.

Estábamos angustiados, el plan era arreglar todo en el período de vacaciones decembrinas, pero no encontrábamos lo que necesitábamos.

Un día, mi amiga nos esperaba con gran sonrisa: había encontrado un departamento nuevo, conocía a los dueños. De inmediato fuimos a conocerlo. Lo estrenaríamos nosotros, era céntrico, justo lo que necesitábamos. 

De inmediato firmamos el contrato. Nos sentimos muy felices, ya teníamos un lugar en dónde vivir.

El departamento se ubicaba en Manuel Acuña 51, entre las calles de Ignacio Zaragoza y 21 de Marzo. 

El día 20 de diciembre de 1974, iniciamos nuestra historia familiar con mucho amor e ilusiones. En la casa de mis padres yo tenía suficientes muebles para el departamento, pero opté por dejarlos, sólo cargué con mis amados libros, la máquina de escribir, la de coser y el televisor. Mi esposo hizo algo similar. 

Habíamos comprado lo que necesitábamos en la Mueblería la Española, la cual ya no existe. Nos advirtieron que, por ser diciembre, tenían muchos pedidos, harían lo posible en entregarlos. El día 23 nos llevaron la estufa, el gabinete y una vajilla de regalo. Nos faltaban el comedor y el refrigerador.

El 24 de diciembre, como señora de la casa, hice la primera cena de Navidad para mi marido: espagueti, pollo a la naranja, ensalada rusa y un pastelito salido del horno de la estufa. Cenamos los dos solos: la familia de Miguel, mi Eros, vivía en Xalapa, Veracruz. La mía, estaba disgustada conmigo por haberme casado.

El hogar no estaba vacío, el amor se expandía en cada habitación. Esa primera navidad junto al padre de mis hijos, mi compañero de vida, la guardo nítida en mi memoria. Será uno de los recuerdos que llevaré en mi último equipaje.

Mi memoria guarda la estructura de la casa: forma rectangular, pasillo de acceso, un escalón que bajaba para entrar a la amplia sala. Le seguía una recámara grande, había que subir otro escalón para acceder al comedor, también había escalones para la cocina y el baño. 

Los meses transcurrieron, nació nuestro primer hijo, dando una luz diferente al departamento número uno. Seguíamos solos, me asustaba bañar al bebé, pensaba que se me podría caer. Mi vecina del departamento dos, había dado a luz un mes antes. Su mamá estaba con ella. Al enterarse de mi situación, me enseñó a bañar a mi pequeño, a detectar algunos malestares y, en consecuencia, lo que debería hacer.

Las amistades son ángeles terrenales que nos apoyan cuando más lo necesitamos. Maricruz, una amiga de Santa Rosa Jáuregui, atendía a mi bebé mientras yo iba a trabajar.

La vida seguía su curso, nosotros estábamos aprendiendo a ser padres. Cuando mi bebé cumplió su primer año hice un pastel, lo decoré con mermelada y duraznos en almíbar. Ese día nos acompañó mi hermana Coco, a quien quise mucho. Mi vecina también estuvo, con su bebé. Fue para nosotros una gran fiesta: dos bebés y cuatro adultos estuvimos ahí. Sentía tanta felicidad que me daba miedo.

Fue un placer observar el desarrollo de nuestro pequeño hijo: verlo en la andadera, cuando dio sus primeros pasos, y escucharlo pronunciar sus primeras palabras. 

Debíamos ser muy creativos en la administración de nuestros salarios, pronto llegaría nuestro segundo hijo y estábamos pagando el terreno de nuestra futura casa, en la que actualmente vivimos.  

Cierto día, estaba mi bebé en el comedor dentro de su andadera. Lo perdí de vista por unos segundos. Cuando volteé, no estaba. Sin darme tiempo a razonar, lo buscaba como loca por la casa. En ese momento no consideré que él no podría bajar los escalones, ni habría entrado algún extraño, ya que la puerta hacia la calle se mantenía cerrada con llave.

Cuando regresé al comedor al borde de un colapso nervioso, dirigí mi vista hacia la mesa, que tenía un mantel largo. Levanté la tela, me asomé bajo la mesa y ahí estaba mi bebé en su andadera, muy quietecito. Cuando me vio empezó a reírse y saltar. Lo levanté y lo abracé llorando, mientras él reía. Había jugado a las escondidillas conmigo, sin avisarme.

En segundos había viajado del infierno a la gloria. Mi bebé estaba feliz, me abrazaba y sonreía. Vivir para contarla.

En la casa vecina se escuchaban ruidos extraños por la noche. El dueño del departamento me informó que en aquella casa habían vivido personas que hacían ritos y limpias.

Los ruidos continuaron, para mí se convirtieron en parte del contexto.

En esa cómoda casita se tensaron los hilos del telar que tejería la historia que aún no termina.    

En julio de 1979, mis tres amados hijos, esposo, su hermana y yo, salimos de ese inolvidable hogar, para habitar nuestra casa en Las Hadas.

Los apegos con el hogar de Manuel Acuña, desarrollaron en mí un fuerte sentido de pertenencia. Durante muchos años me soñaba viviendo ahí.

Tal vez el amor, las ilusiones y el futuro esperanzador que se respiraba en ese lugar me subyugaron.Eros aún camina en la casa de Las Hadas

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