lunes, marzo 4, 2024

En la búsqueda  – Teresita Balderas y Rico

Desplazarse de un lugar a otro tiene una razón de ser. Caminar no es sólo movimiento. Es, sobre todo: razón, emoción y destino.

En cada paso que damos, el tiempo se acorta, la energía lentamente se agota; sólo que, cuando se es joven, no se siente, y tampoco importa.

Saber caminar, y tener claro hacia dónde vamos, puede ser la diferencia entre una vida placentera con proyectos innovadores y otra con acciones rutinarias y sueños no realizados.

En ocasiones, hemos escuchado frases significativas relacionadas con la forma de andar: “En esos pasos que anda ese muchacho, no logrará nada bueno en la vida”.

“Fíjate hacia dónde diriges tus pasos, no te eches la soga al cuello”.

“Me arrepiento de no haber tomado un mejor camino. Ya estoy viejo, solo y sin un     lugar para protegerme de la soledad y el frío de la madrugada”.

Podemos tener una buena vida, si se sabe dar los pasos adecuados y se tiene presente hacia dónde queremos llegar. Una vez logrado el propósito, habrá que realizar el proyecto por el cual nos atrevimos a caminar. 

El tiempo de vida es corto. Caminemos para disfrutarla.

El caminante 

Qué triste y cansado va ese hombre. Es joven y se ve viejo.

Con ese mismo semblante, lo vi caminar en Jerusalén hace algunos años.

¿Qué lo torturará?, ¿qué pasará por su pensamiento?

¿Qué es lo que anda buscando, que no ha podido encontrar?

Se graduó con honores, pudo haber triunfado, pero no deja de caminar.

Cruzó desiertos, ríos, valles y montañas, en una frenética búsqueda. 

Ha tenido importantes cargos, pero no han mitigado su pena.

Sentía en su ser un profundo vacío, la búsqueda continuaba.

Un día preguntó a un astrónomo: ¿qué es la felicidad? 

El científico quedó intrigado de tan extraña pregunta.

Sorprendido estoy de que una persona culta no entienda la realidad,

la serotonina, la dopamina, producen alegría y bienestar, ponlas a trabajar.

Cansado y derrotado, cada día sufría más, ni en sueños la felicidad encontraba.

 Hacía ya mucho tiempo que él se preguntaba; ¿qué crimen he cometido?

¿Por qué otros pueden ser felices? y a mí se me niega serlo.

El caminante no sabe que hay que hacer veredas para encontrar el camino.

En el verano pasado, lo encontré en la playa, mirando apacible el mar

Los chiquillos, gritando y brincoteando, jugaban con la arena.

Al verlos, su tristeza olvidó. Quería volver a ser un chiquillo y sólo pensar en jugar.

Los niños tenían brillo en su mirar, en ellos no había tristeza. ¿Era felicidad? 

Han pasado algunos años, cansado está de cargar con su desdicha.

Un día, al cobijo de un abeto, cerró los ojos, dispuesto a descansar.

Se soñó correteando a María, disfrutaba ver su largo cabello volar en la brisa.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, estaba feliz, aún amaba a María.

Una pareja de ancianos que iba al pueblo a pasear

tomándose de la mano detuvieron su andar,

Mira, Rosario, ese hombre, qué paz tiene su cara ¡es de felicidad!

Sí, José, como nosotros, que ya nos ha durado en la vida. 

Al despertar, el caminante vio al mundo diferente, algo raro había sucedido: 

sentía en su cuerpo una atmósfera envolvente, como remanso de paz.

Escuchó latir su corazón, con añoranza recordaba a familiares y amigos.

No sabía qué sucedía, sentía alegría, esperanzas, ya no había soledad. 

De rodillas, juntó sus manos, con vehemencia quiso orar.

Algo en él se había transformado, no entendía su realidad.

El caminante alzó la vista, qué belleza descubrió, era otro su mirar.

Lo saludó un hombre joven, de bello rostro y apacible andar. 

¿Qué estás buscando, que has gastado tu vida de mucho caminar?

preguntó aquel hombre con sandalias antiguas y túnica blanca.

El caminante dijo: Todos estos años he buscado la felicidad.

Ella siempre ha estado a tu lado, abre las ventanas de tu alma y la verás. 

Has andado muchos caminos, pero no has caminado en tu interior.

La felicidad no está sólo en el poder, la riqueza o el trabajo. Búscala con emoción. 

La encontrarás en las cosas comunes, de noche, o al amanecer;

ámate, da cariño a los demás y vive sin temor.

El caminante y el hombre de la túnica blanca se dijeron adiós.

Gracias por sus consejos, retornaré el camino ahora que todavía hay luz.

Perdone mi torpeza, ya me despido y no sé cuál es su nombre.

Las personas que me conocen sólo me llaman Jesús.

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