Un centurión romano era el capitán de 100 soldados (“centurión” viene de centena). Un Centurión ocupaba esa posición por su disciplina militar, su fidelidad a los principios que profesaban ante el estado de Roma, su consagración a su trabajo y sus logros. Ellos ejecutaban órdenes. Cumplían una labor.
Pero al Centurión junto a la cruz, la misión que se le encomendó aquel día habría de cambiar definitivamente su existencia…y su eternidad.
Nadie sabe el nombre del Centurión, al menos no ha sido transmitido a nuestros días por el Evangelio. Se levantó y arregló a primera hora del día. Lo único que sabía de su jornada, era que crucificarían a tres convictos. Entre ellos a un tal Jesús, del cual había oído hablar, ya que era famoso por sus enseñanzas y milagros. Pero con todo y ser bueno, como decía la gente, iba a morir. A su manera, el centurión era un espectador indiferente ante el sufrimiento de aquel hombre ensangrentado al que debió fijar en el madero.
El centurión romano no es la excepción, más bien es la regla, ya que representa a millares de personas que han escuchado hablar de Jesús. Tal vez tienen buenas referencias de Él y lo creen un “hombre bueno” o un “gran maestro” pero nada más. Su acercamiento al Maestro ha sido mínimo, más bien la actitud ha sido de indiferencia, en el mejor de los casos.
Aquel día, el centurión llevó a cabo su tétrica labor, los tres hombres habían sido clavados a una cruz, pero hubo uno que llamó su atención en aquellas circunstancias.
Un testigo presencial narra: “Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad. Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y murió. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas. Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron.” (Mateo 27:45, 50-52)
Eso no era normal, nunca había sucedido algo así y toda la gente que estaba por ahí se espantó. El Centurión también se vio enfrentado a las manifestaciones sobrenaturales y, sin duda, fue atento a ellas porque terminó reconociendo a Jesús como Dios mismo.
Las señales que el Centurión vio ese día marcaron una diferencia en su vida. Él, que, dada la formación cultural y militar, había expresado escepticismo en muchas ocasiones, creyó en Jesús y jamás fue el mismo. Y aunque en la Biblia no leemos mucho acerca de su nombre ni su desempeño futuro, es evidente que se enteró de la resurrección de Jesús y sus convicciones se afirmaron y, sin duda, estará en la eternidad con su Salvador.
Dios manda todo tipo de señales a las personas para que se acerquen a Él, le conozcan y puedan ser salvados del sufrimiento eterno. No basta con haber oído hablar de Jesús, es necesario acercarse y tener un encuentro personal con Él.
El sabio Job, que presumía de ser una persona “buena” y religiosa, cuando tuvo un encuentro personal con Dios exclamó: “Había oído de ti, pero ahora te conozco”.
Dios ha estado hablándole a través de muchos pequeños incidentes que quizá consideró intrascendentes, pero que no son sino un sutil y amoroso llamado de atención del Creador para cambiar y bendecir su vida y salvarle de una eternidad separado de Él. Hoy puede acercarse a conocer a Jesús simplemente abriendo su Biblia, la que tenga en casa, y leyendo acerca de Él en el Nuevo Testamento.
Pastor Jorge Cupido
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