La música es una de las bellas artes que ha acompañado a la humanidad en su desarrollo. No sabemos cómo se descubrió, se infiere que fue accidentalmente, tal vez por medio de percusiones. Desde sus albores, la música formó parte de los ritos religiosos. Años después, por el placer de escucharla. La música es muy versátil, hay para todo gusto y ocasión.
Tenemos grandes obras consideradas inmortales, para éxtasis de los escuchas. Existe música para amenizar una reunión entre amigos, como fondo en el desarrollo de un ensayo, la lectura de un buen libro. A veces, sólo se escucha para recordar momentos placenteros.
Todos recordamos alguna pieza que ha quedado grabada en nuestra mente desde que éramos niños. También esa joya musical que nos recuerda aquel inocente amor que llegó a nuestra vida cuando éramos estudiantes.
Los sonidos musicales acompañan al humano desde su nacimiento con los cantos de arrullo, hasta su partida final donde los deudos, entre alabanzas, tocan y cantan las melodías que más le gustaban. La música es recomendada por pediatras, sociólogos y psicólogos como un medio terapéutico.
En casa, a mi familia le gustaba cantar mientras realizaban alguna actividad. Generalmente eran las canciones de moda, que escuchaban en la XEW, entre ellas: María bonita de Agustín Lara, Bésame muchode Consuelito Velázquez. También canciones de los tríos inolvidables de la década de los sesenta y setenta.
Los adolescentes de aquella época teníamos las baladas de moda con cantantes extranjeros y mexicanos. Para bailar, estaba el inigualable rock.
En mis años de secundaria, fui integrante del coro de la escuela Secundaria Diurna Mixta, hoy Secundaria Federal número 1.
Cantamos arias de dos grandes obras: La Traviata y Nabucco de Giuseppe Verdi, en el Teatro de la República de la Ciudad de Querétaro, con la dirección de los grandes maestros queretanos Luis Olvera Montaño y Aurelio Olvera Montaño.
Cuando el coro terminó su actuación, el público aplaudió de pie. Esa imagen la conservo en la memoria y la llevaré conmigo en mi último andar.
Mi adolescencia la viví rodeada de música. Hubo una pléyade de compositores, mexicanos y extranjeros. Escuchábamos los grupos cuyo éxito hacía que dieran conciertos en diversas partes del mundo, entre ellos: Los Beatles. Las grandes orquestas de los sesenta y sesenta del siglo XX amenizaban los bailes de elegantes salones.
En el continuo de mi adolescencia y de mis amigas, escuchamos, cantamos y bailamos al ritmo del rock. Nos enamoramos de las baladas que cantaban Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, entre otros.
Bailamos en los patios de la Universidad Autónoma de Querétaro, uno barroco y dos neoclásicos, al ritmo de las orquestas de Venus Rey, Pablo Beltrán Ruiz, Carlos Campos y grupos de rock.
En Querétaro, las grandes empresas aportaban los recursos económicos necesarios para la fiesta de fin de año de sus empleados. Algunas de mis amigas tenían familiares que trabajaban en una de esas empresas y me invitaban. La cena baile se realizaba en un lujoso salón. Bailé al ritmo de famosas orquestas, entre ellas: La Sonora Santanera, Dámaso Pérez Prado, Mariano Mercerón, el inolvidable órgano melódico de Juan Torres y, por supuesto, un conjunto de rock.
A final de la década de los años sesenta y los setenta del siglo XX, había los fines de semana un programa de radio en la estación XEJX de la ciudad de Querétaro, que reproducía las veinte canciones más solicitadas en la semana. A los jóvenes de aquella época nos gustaban. Era un abanico musical integrado por famosas orquestas, cantantes, grupos, duetos, nacionales y extranjeros.
Recuerdo el gran arreglo musical que hizo Waldo de los Ríos a la Sinfonía número 40 de Mozart. Permaneció varias semanas en el primer lugar. Fue una forma de acercar las obras clásica a los jóvenes.
La música es una de las bellas artes que camina, acompaña, enternece, anima, ilusiona y enamora al ser humano. La vida sin música sería como vivir en la Caverna de Platón.
En las escuelas de educación básica han desaparecido programas donde los coros escolares eran parte de la formación. La educación musical es relevante en el estado emocional de los niños. Si están más tranquilos, dedican mayor atención a las materias consideradas como difíciles. Estudié primaria y secundaria en escuela pública. Había maestro de música, deporte, carpintería y herrería.
Las maestras de grupo también enseñaban a las niñas a bordar, tejer, repostería. Al final del siclo escolar, había una exposición en cada salón de clases. La complejidad de cada obra expuesta, dependía del grado escolar. En quinto y sexto grado, de acuerdo al taller que cursaban, los alumnos orgullosos mostraban muebles, terminados en madera o herrería. Las niñas exponían elegantes colchas tejidas o bordadas, manteles, carpetas, cubre vasos, tapetes; todo lucía maravilloso. El éxito de las exposiciones era el resultado de un compromiso tripartita: maestra, alumna y padres de familia.
Cuando paso frente a una escuela y escucho a los niños cantar una canción mexicana, de un compositor de música clásica, o el Himno Nacional Mexicano, mi corazón late presuroso, una emoción cobija mi ser.
Escuchar a los niños cuando cantan provoca una emoción inigualable.
Que la música nos acompañe.







