María Enriqueta Rangel Andrade
Pianista y maestra de generaciones
Su legado
El amor florece en la paz pero también se abre paso en la guerra. México vivía los últimos meses del Porfiriato, cuando dos jóvenes enamorados, Mónico Rangel Lira y Clara Andrade Guerrero, contrajeron matrimonio. Era 1910.
Carlos Rangel, nieto de los señores Rangel Andrade, los describe de esta manera: “Él, un hombre íntegro, trabajador y fiel a sus ideales, de origen humilde que por sus cualidades llegó a ser presidente municipal de San Felipe y diputado federal del Estado de Guanajuato; ella, una mujer piadosa y hogareña, fiel observante de las tradiciones de la época”.
En la década de 1920, por razones de salud de don Mónico, él y doña Clara establecieron su residencia en Querétaro; fue en esta ciudad donde el señor ejerció el oficio de impresor. Sus hijos se formaron en un hogar donde el arte, la lectura y una vocación por el servicio público tuvieron gran importancia.
Gildardo, nacido en 1911, en la década de 1960 creó la primera biblioteca pública de la ciudad de Querétaro, instalada en la planta baja de la Casa de la Corregidora, que en ese tiempo albergaba a la Presidencia Municipal. En su honor, la biblioteca pública de la Delegación Hércules lleva su nombre.
Ricardo, nacido en 1914, fue funcionario honesto y trabajador; asumió la titularidad de la Secretaría y la Presidencia Municipal. Fue diputado federal, senador suplente y Tesorero del Estado.
María Enriqueta nació el 9 de enero de 1917 y Aurora llegó al mundo tres años después. Su delicada salud sólo le permitió vivir unos meses.
Enriqueta, de exquisita sensibilidad, dedicó su vida al arte, en particular la música. Sus padres la apoyaron para cumplir su deseo de estudiar en el Conservatorio Libre de Música José Guadalupe Velázquez, donde pudo desarrollar sus aptitudes. Esta institución, además de ofrecer las materias relativas a la música incluyendo dirección de orquesta, se preocupaba por formar a sus estudiantes en diversos conocimientos, de forma que al graduarse tuvieran una cultura vasta.
Los más reconocidos profesores en el Conservatorio durante su formación fueron el Padre Cirilo Conejo Roldán y el gran compositor Fernando Loyola Fernández de Jáuregui, quien la consideraba su alumna modelo y a quien dedicó una de sus piezas para piano.
A mediados del siglo XX, casi todas las niñas y jóvenes queretanas de las familias acomodadas dedicaban sus afanes a las artes. Vecinos y parientes celebraban los acontecimientos importantes con veladas en las cuales se tocaban instrumentos y cantaban. Una de las compañeras de Enriqueta en el Conservatorio era Carmen Septién Sicilia, con quien hizo una profunda amistad; ambas mantuvieron una sana competencia como ejecutantes del piano y maestras de varias generaciones.
Enriqueta comenzó su vida profesional dando clases de piano en la Escuela de Bellas Artes de la UAQ y de canto en escuelas primarias. La necesidad de contar con herramientas pedagógicas le impulsó a estudiar para graduarse como maestra.
Su hijo Carlos declara: “Los estudios del Conservatorio no eran compatibles con los programas de la SEP —a pesar de ser mucho más intensos y completos—. Para ingresar a la Escuela Normal del Estado era requisito haber cursado la escuela secundaria, lo que ella superaba en conocimientos, pero sin certificado. Siendo ya una mujer adulta y ejerciendo su profesión, entró a la escuela nocturna a estudiar la secundaria”.
Como era previsible, estudió en la Normal y se graduó con honores.
Ofrecía clases particulares a niños, como los hermanos Ruiz Rubio, con quienes realizaba festivales familiares. Al salir de la casa de los Ruiz, en la calle de Colón, pasaba por el negocio RCA Víctor, ubicado en la calle Juárez, a dejar el abono mensual de los electrodomésticos que requería su hogar.
Cuando la joven Esperanza Cabrera llegó a vivir a la capital del estado, se unió a Carmen Septién y Enriqueta Rangel para conformar un grupo de artistas cuyo trabajo enriqueció la vida cultural. Dice Carlos: “Carmen sobresalía por su habilidad y agilidad sobre el teclado, Esperanza por sus espectaculares ejecuciones, llenas de fuerza, y Enriqueta por sus exquisitas interpretaciones de obras técnicamente difíciles”.
Fue profesora de la Escuela de Bellas Artes durante casi treinta años; cientos de estudiantes se formaron en la música gracias a su talento, dedicación y entrega. La maestra Enriqueta era exigente, puso en alto la vara de la excelencia en la ejecución de instrumento, mientras formaba coros en las escuelas públicas, presentando a sus alumnos en diversos foros.
La música ayuda al ser humano a comprender el mundo en que vive. Permite canalizar inquietudes, crea belleza y con ello logra que los cerebros de niños y adolescentes sean más armoniosos y sanos. Las comunidades que cuentan con maestras como Enriqueta Rangel tienen un tesoro de joyas resplandecientes, aunque no todos los inscritos en sus aulas se formen como músicos.
Trabajó en el Departamento de Enseñanza Musical de las Escuelas Primarias del Estado, bajo la coordinación de Eduardo Loarca Castillo, quien solía asignarla a instituciones alejadas del centro, con alumnos cuyas familias tenían retos difíciles debido a sus condiciones económicas. Como heroína de película, la maestra Rangel recibía grupos de muchachos reacios al aprendizaje, rebeldes y con escasa instrucción; con el tiempo, se ganaba el cariño y respeto de los estudiantes y todos querían participar en sus coros, a pesar de la disciplina que ella imponía, o quizá por ello.
En 1969, el profesor Loarca fue nombrado director del Museo Regional y la maestra Rangel recibió el cargo de Coordinadora de Enseñanza Musical de las Escuelas Primarias del Estado de Querétaro. De inmediato, se dedicó a reorganizar esquemas de trabajo, con la invaluable participación de sus colegas y amigos, como Esperanza Cabrera y Luis Olvera Montaño.
Gestionó conciertos didácticos en el auditorio de Bellas Artes. Cada semana, presentaba a los coros escolares, que participaban en certámenes. Los conciertos incluían piezas para piano y orquesta de cámara. Los maestros de ceremonias debían ofrecer datos sobre los compositores y la historia de los países de que provenían. Así, el público aprendía sobre música, geografía, tradiciones y valores del mundo.
Cada año, organizaba un concurso de villancicos navideños que se presentaban en la Plaza de Armas. En una ocasión, realizó un concierto de Navidad en el Teatro de la República, con la presencia de la señora Carmelita Ballesteros, la primera dama del estado, con miembros de la Orquesta Sinfónica de Guanajuato. En medio de la ejecución de la Sinfonía de los Juguetes, de Joseph Haydn, una falla de la energía eléctrica dejó el teatro a oscuras. La maestra mandó comprar docenas de velas, que suministraron la luz necesaria para volver a crear música. Dice Carlos: “El espectáculo arrancó lágrimas a todos los presentes, quienes desde la oscuridad continuaron escuchando en el más respetuoso silencio. Justo al final de la sinfonía, regresó la luz y con ella los aplausos”. Con nostalgia, su hijo describe: “Cada año, tanto para el 15 de mayo, Día del Maestro, como para el 15 de julio, día de su onomástico de la maestra Enriqueta, desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, su casa era una verdadera romería de alumnos, maestros y amistades que llegaban a felicitarla, a quienes les obsequiaba alguna copita de jerez, rompope o vermouth, acompañada de charolas de los más variados y exquisitos bocadillos, galletas, panecillos y pasteles que ella misma había venido preparando desde días antes, pues era conocida y admirada por ser una extraordinaria anfitriona, así como por su refinamiento en el arte culinario y repostería”.
En 1970, para celebrar el aniversario N° 200 del natalicio de Ludwig van Beethoven, organizó un magno festival en homenaje al músico alemán, con un coro niños provenientes de muchas escuelas. Invitó a músicos de la Orquesta Filarmónica de Guanajuato, la Orquesta Filarmónica de Xalapa y la Orquesta de la Ciudad de México. La pieza central fue la sinfonía N°9, la cual se interpretó completa por primera vez en Querétaro, para la cual se invitaron algunos cantantes de renombre como solistas. El evento tuvo lugar en el auditorio del ex-convento de Capuchinas, hoy Museo de la Ciudad.
Hay muchos datos relevantes que muestran a Enriqueta Rangel como una queretana de cepa, llena de talentos y habilidades, con una vida interior rica en devociones religiosas y una mente plena de ingenio.
Su hijo Carlos nos comparte: “Finalmente continuó su camino hacia otras esferas de la existencia el 6 de mayo de 1994, a la edad de 77 años. Su sensibilidad artística, sus muchos talentos, su incansable labor en la promoción de la cultura y su carisma personal aún permanecen entre quienes tuvieron el privilegio de conocerla”.







