lunes, febrero 16, 2026
Inicio Enterate Damas y caballeros

Damas y caballeros

0
559

Eduardo Loarca
Su legado

En agosto de 1987, se publicó en la revista Ventana de Querétaro una larga entrevista que me concedió el maestro Loarca. Hablamos durante horas, en su casa de la avenida Ezequiel Montes, frente a la plazuela Mariano de las Casas. Muchas veces charlé con este queretano que era un compendio de conocimientos sobre nuestra historia y sentía un amor profundo por el patrimonio, tangible e intangible. Sobre sus orígenes familiares, dijo:

“Las familias Loarca y Castillo tenemos ya varios siglos de vivir en Querétaro. Ya en el testamento de Ignacio Mariano de las Casas aparece una antecesora nuestra: doña Rosalía de Loarca. Mi abuelo nos decía que habían venido tres hermanos de España: uno se perdió en la guerra de la Conquista; otro se fue a Nicaragua y el último se quedó en Querétaro. Se llamaba Alfonso”.

Como buen investigador, el profesor buscó su linaje: “Fui a La Cañada, antes de que remodelaran los panteones, a revisar las tumbas, porque me dijeron que allá estaban enterrados muchos de mis antepasados. Me encontré con un Eduardo Loarca, como yo; otro Concepción Loarca, primo mío; Alfonso, Marcos y Antonio. De mí decía mi abuelo: ‘Éste es mi tatarabuelo’, porque también se llamaba Eduardo”.

Eduardo Loarca Castillo, quien fue músico, compositor, director del Museo Regional y del Conservatorio Libre de Música, gestor cultural y defensor de nuestro patrimonio, nació el 13 de octubre de 1922. Su casa familiar se encontraba en la calle 5 de Mayo, entre Altamirano y Río de la Loza, al lado del Mesón de la Soledad, donde ahora hay un estacionamiento. El doctor Esteban Paulín González atendió el parto y aconsejó a la madre que bautizara al niño de inmediato, porque no nació sano. A lo largo de su infancia, sus padres vivieron con el miedo de que el pequeño muriera en cualquier momento, hasta que se convencieron de que había superado la etapa de riesgo. Sin embargo, una disfunción de la glándula tiroides le afectó desde los primeros años, por lo cual su cuerpo sufrió de obesidad. Esta circunstancia no le impidió tener una educación completa, sobre todo en las artes.

Fueron siete los hermanos: Eduardo, Arturo, Fernando, Consuelo, Rosa María, Leonor y Carmela. 

El maestro Eduardo Pozas Aguilar, su profesor de primaria, llevó al niño a matricularse en el Colegio Civil para estudiar la secundaria. El canónigo Cirilo Conejo Roldán lo formó en la música y el arte: “Siendo todavía un niño, me encantaba ir a la Congregación, donde había un coro muy bueno, y oía cantar los misterios del rosario; tenía una sensación de enorme paz espiritual. Un sacerdote de Catedral, amigo de mi abuelo, me invitó a formar parte del coro cuando tenía ocho años. Así empezó mi vida en la escuela de música”.

Terminó la carrera de Teneduría de Libros en el Colegio Civil, y obtuvo un empleo en la empresa Productos Químicos Mexicanos, ubicada en la Ciudad de México, que producía derivados del cloro. En esos años, la Segunda Guerra Mundial impedía que nuestro país importara muchos insumos para la industria.

“Se desplazaron a América grandes artistas europeos que no podían trabajar en sus países por causa de la guerra. Tuve oportunidad de escuchar a Sir Thomas Birgham, a Claudio Arrau, a Andrés Segovia, a Pablo Casals. Trajeron al coro de El Vaticano, para reunir fondos para las viudas. Carlos Chávez dirigía la naciente Orquesta Sinfónica Nacional”.

La vida cultural de la capital enriqueció su vida: “Por las tardes, tomaba cursos en la Escuela de Filosofía y Letras de la UNAM. Conocí a personajes como José Vasconcelos, Rosario Castellanos, Henríquez Ureña, Antonio Caso, Diego Rivera, Alfaro Siqueiros. Mi profesor de piano fue nada menos que Manuel M. Ponce”.

Tuvo oportunidad de ir a trabajar a la capital de Jalisco, pero llegó el momento de regresar al terruño: “Dije: si esta es mi casa, ¿para qué me voy a Guadalajara? Para qué ando buscando peras en los mezquites? Mi maestro, el Padre Conejo, me pidió ayuda para dar clases en el Conservatorio”.

Una de sus experiencias más valiosas: “En 1954 se celebró el primer centenario del Himno Nacional. En esos tiempos, nuestra ciudad no tenía más de cuarenta mil habitantes. Solo se dedicaba a la enseñanza musical el distinguido maestro Antonio Romero, papá del contador Jesús Romero. Magnífico compositor, hizo unos valses preciosos. La celebración iba a ser en septiembre y estábamos en julio. Al maestro le dio un infarto. El gobernador, que era el doctor Mondragón, un doctor militar con mucha personalidad, le dijo al Padre Conejo: “Oiga, sáqueme de un apuro. Viene el centenario del Himno y no tengo quién me prepare a los niños de las escuelas para que lo canten”. Así fue que Loarca preparó un coro en el que incluyó a los seminaristas, con el apoyo del obispo Marciano Tinajero. De su pluma fue la música con que convirtió el poema La Suave Patria, de López Velarde, en una pieza coral que se interpretó en la ocasión.

A partir de esa ceremonia, el profesor Loarca comenzó a trabajar para el gobierno federal, como profesor de música. Fue miembro del sindicato de la Secretaría de Educación. Años después, el subsecretario, doctor Mayagoitia, le pidió que se hiciera cargo del Museo Regional.

Contaba el maestro que el museo estaba en condiciones lamentables: “…cerrado, sin un empleado, sin teléfono, sin luz. Las obras de arte, en bodega. Tenía un olor fétido, de alimañas. Lo habitaba un matrimonio de viejitos espiritistas, que tenían sesenta gatos. Antropología les pagó una renta de por vida en Celaya, para que se fueran. Los llevé, íbamos en la camioneta como húngaros, con los gatos metidos en costales, que emitían maullidos tremendos. El viejito los iba contando. Cuando estábamos ya rumbo a Celaya, le dijo al chofer que parara, porque faltaba el Güero. Le preguntó a su esposa: ‘Nena, ¿dónde está el Güero?’ Ella contestó que el gato andaba de novio, en los tejados. Nos tuvimos que regresar por el gato, porque el viejito no podía dejarlo. Me dijo: ‘Es que usted no sabe quién es el Güero. ¡Es la reencarnación de Juárez!”.

Eduardo Loarca fue director del Museo Regional de 1969 a 1986. En 1987, el gobernador Mariano Palacios lo nombró cronista. “Yo quería, después del museo, irme desvaneciendo, como un atardecer. Pero el gobernador, el cabildo, el presidente municipal, me lo pidieron. A ver si no soy el cronista del desastre, porque la situación que prevalece en el país, y por ende en Querétaro —aquí no somos una ínsula Barataria—nos afecta mucho”.

Escribió varios libros sobre la historia de Querétaro, piezas musicales y discursos. Murió el 10 de abril de 2004. Al cumplirse 15 años de su partida, en abril de 2019, el Museo Regional realizó en su honor la exposición titulada “Loarca, gestor y protector del patrimonio queretano”.

Una calle en Desarrollo San Pablo lleva su nombre, así como un fraccionamiento al poniente de la ciudad. A las puertas del Conservatorio Libre de Música J. Guadalupe Velázquez hay una escultura que conserva su presencia en su amada escuela.