lunes, marzo 4, 2024

Apariencias – Rodolfo Lira Montalbán

Esos grandes autobuses con espejos laterales, estilizados cual cuernos de carnero, nunca habían sido vistos brincar en nuestras maltrechas carreteras a finales de los noventa. De ahí la sorpresa de ese grupo de convencionistas cuando, a su llegada a Paris, los vieron por primera vez en el aeropuerto. Procedieron a disimular sus caras de turistas e interpretaron sus mejores actitudes de hombres de mundo al enterarse de que, uno de ellos, sería su transporte durante los cinco días en los que pasearían por la Ciudad Luz.

En el parabrisas estaba colocado un anuncio con el logotipo de la empresa que los patrocinaba, así que fue fácil reconocer su transporte. La complicación comenzó al tratar de abordarlo. El chofer no hablaba ni tantito español y se negaba, a pesar de hablarlo un poco, a responder en inglés y a darles la bienvenida. Lograron hacerse entender gracias al lenguaje de señas al que el mal encarado chofer sólo contestaba con monosílabos.

Una vez convencido, les permitió el acceso. Despertaron entonces al más joven de sus compañeros que, después de un vuelo que requirió de toda una noche, estaba recostado en una banca obedeciendo a su ciclo circadiano que se negaba a aceptar el cambio de horario. Somnolientos, se enteraron del lugar en donde debían colocar sus maletas, ocuparon sus asientos y emulando a su compañero soñador, algunos procedieron a echar una “pestañita”. 

El chofer, entre otros caprichos, se negaba a poner en marcha la unidad, tenía órdenes de esperar al guía autorizado por la empresa transportadora, a quien al parecer, lo tenía atorado el tráfico. Los ronquidos de los viajeros lo inspiraron y, debidamente acomodado, se dispuso a dormir y a roncar en francés.

Unos minutos después, el convencionista más cercano a la puerta escuchó que tocaban. No se atrevió a abrir ni a despertar al chofer. Era la primera vez que viajaba fuera de su país y a sus inseguridades, sumaba su desconocimiento de las costumbres y del idioma.  

Ante la insistencia en los golpes y la indiferencia del chofer, decidió abrir. Al hacerlo, se encontró con una sonriente y muy guapa señora que portaba un atuendo refinado, un peinado elaborado y una llamativa mascada de seda atada al cuello. Este conjunto, que en las habitantes de su pueblo era propio de las señoras de la alta sociedad, le hizo suponer que la dama, que rondaba unos cuarenta años de edad, estaba muy equivocada de lugar. Para su sorpresa, en un español muy correcto con acento francés, ella se presentó como la guía de turistas, al tiempo que sacaba de su bolso la credencial que la acreditaba como tal. 

El chofer recibió las instrucciones para iniciar la marcha, ella tomó el micrófono y con su amable saludo, despertó a sus oyentes. Les dio la bienvenida y expuso el itinerario para ese día. El joven convencionista y ahora portero, atento a las instrucciones pero aún más, al atractivo de la señora, comenzó a buscarle parecido con algunas actrices de cine. En sus indagaciones, cayó en la cuenta de que también el chofer, con todo y sus malos modos, tenía rasgos semejantes a los de varios actores y a los del rico propietario del mejor hotel de su terruño.

En esas cavilaciones andaba cuando el autobús llegó a su primera parada. Antes de visitar el Palacio de Versalles, en la ciudad del mismo nombre, tomarían el desayuno. Para llegar al restaurante elegido, atravesaron un mercado ambulante. Las personas que despachaban las frutas y las verduras, los quesos y los embutidos, le recordaron al joven, más que a los comerciantes de su pueblo, a los aristocráticos personajes que solían asistir a los bailes del Club de Leones. La chica que despachaba el pan, enfundada en una elegante gabardina, era una belleza. La joven más guapa de su pueblo quedaría opacada a su lado. El aspecto de una y otra persona con la que se encontraba en la calle, le sorprendía. 

La gente de su pueblo no era así, los que más se les parecían eran aquellos descendientes de europeos que generaciones atrás se habían establecido ahí. La mayoría de ellos, dueños de hoteles, ferreterías o fábricas textiles. Nunca se le hubiese ocurrido verlos como empleados, ni como choferes de autobús, ni como guías de turistas. Casi todos trabajaban de patrones. 

Comentó sus observaciones con su compañero de asiento y antes de emitir conclusiones sesudas o juicios sumarios, recibió la confirmación a sus sospechas:

—Qué curioso, yo venía pensando en lo mismo. Si estos “cuates” vivieran en nuestro pueblo, aunque fueran unos buenos para nada, serían gerentes y ya los hubieran casado con las muchachas más guapas.

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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