En las últimas dos semanas he pasado por esas calles, y cierta nostalgia se apodera de mí: ahí ocurrieron eventos que terminaron siendo parte de mi historia de vida. Las calle son Nicolás Campa y Régules.
Tenía siete años cuando por primera vez salí del hogar paterno. Fui a vivir con mi hermana Betty, quien había dado a luz a su primer hijo; le ayudaba un poco con el bebé.
Fui afortunada en llegar a esa casa, ubicada en la calle de Nicolás Campa sur, en el Centro Histórico de la ciudad. Betty me encargaba comprar leche para mi sobrinito y otras cosas. Yo era feliz porque me encantaba andar en la calle. Poco a poco fui conociendo el centro de la ciudad.
A esa edad y en esa casa, empecé a romper esquemas y abrir viejos paradigmas que habían estado férreamente establecidos. Un verdadero atrevimiento en la década de 1950. Resultó difícil y complejo, pero logré abrir caminos.
En esa calle, en el número 38 vivimos momentos de terror, que me ocasionaron pesadillas por varios meses.
Cierto día cayó una tormenta en la ciudad. Las calles y casas se inundaron. Habíamos llevado al bebé a una consulta médica, Betty traía a su bebito bien arropado y con impermeable. A las cinco de la tarde, pero debido al viento, los truenos y relámpagos, parecía estar viviendo una película de terror. Aún faltaba lo peor.
Atravesar la calle fue una odisea, sentía que la fuerza del agua me empujaba, estuve a punto de caerme; estaba asustada, mi hermana, aterrorizada, protegía a su bebé. La puerta de madera se abría con una llave enorme. Betty no tenía tanta fuerza, el bebé lloraba en mis brazos. Milagrosamente, un señor que corría rumbo a su casa, nos auxilió.
Al entrar a la casa, había que descender tres escalones. Jamás maginé lo que encontraríamos: el agua de la calle se había metido a la casa, era tanta que había empapado la cama, se habían mojado los muebles, cobijas, toda la ropa. Algunos de los pañales permanecían secos porque mi hermana, por azares del destino, los había puesto sobre el ropero, el mueble más alto. En aquellos años se usaba un recipiente llamado bacinica para orinar en la noche, evitando la ida al sanitario, que estaba al fondo de la casa. Nunca olvidaré la imagen de las bacinicas dando vueltas sobre el agua en la recámara, parecían barcos en miniatura; empecé a llorar, creí que nos ahogaríamos.
En el rostro de Betty se reflejaba la angustia, el bebé lloraba, tal vez tenía hambre. ¡Qué trio: una chiquilla, un recién nacido y una madre muy joven, sí que estaba difícil la situación!
Una hora después, llegó su esposo y empezamos a mover algunas sillas y a sacar la ropa que estaba en el ropero. Había un largo pasillo cuesta arriba, en él estaban un cuarto pequeño, más adelante la cocina. Mi hermana preparó el biberón, atendí al pequeño mientas ellos trataban de salvar algunas cosas. La ayuda no llegó sino hasta el día siguiente, a través de los bomberos. Las casas ubicadas al poniente de la calle se inundaron.
Tiempo después, ellos se cambiaron a otra casa. Yo estaba con mis papás, mi madre me pidió que regresara con Betty, regresé.
Cada vez que paso por esa calle, volteo a ver la casa del número 38. El frente está recién pintado, me pregunto si todavía existen esos escalones o ya modificaron el diseño de la casa. Esa experiencia jamás la olvidaré.
Vivíamos en unos departamentos ubicados en Nicolás Campa norte. El edificio se llamaba precisamente “Los Departamentos”, antesala de las ya comunes torres de varios pisos. Se dividía en tres secciones: a la entrada estaba la casa de la portera, y otras dos viviendas pequeñas, la renta era más barata.
En la parte media, la renta subía. Cada vivienda tenía una recámara muy grande, que también funcionaba como sala, la cocina era amplia, se podía cocinar y comer ahí, cabía una mesa con seis sillas. Nos tocó estrenar los departamentos, todo era nuevo.
Lo que no teníamos, eran lavadero y baños, que eran áreas comunes.
Al fondo, las casas eran grandes, tenían baño y lavadero privado. Quienes ahí vivían tenían mayores recursos económicos. En una de esas casas vivían un par de chiquillas que eran un higadito, estudiaban en el Instituto La Paz, presumían que su papá era rico, no era cierto; el señor era un obrero con sueldo decoroso para poder pagar las colegiaturas de las niñas.
Teníamos de vecina a una hermosa señora que tenía dos hijos, una niña y un niño. Ambos eran bellos, la niña tenía la piel blanca, su rostro sonrosado pelo rubio con caireles, tendría como seis años, el niño tal vez cuatro, parecía un príncipe de cuentos. Estudiaban en colegio particular, eran muy educados, sonreían al saludar. Su padre los visitaba los fines de semana, era muy estricto.
Cierto día, yo estaba en la zona de lavaderos, lugar muy limpio. Había plantas de sombra y seis lavaderos con cuatro enormes piletas. Llegó Chayito, la bella niña, traía una cubeta, quiso llenarla con agua de la llave, no calculó las dimensiones de la pileta y cayó en ella, de inmediato se sumergió. Como pude, la jalé de las piernas, desesperada ella me jalo, sentí que las dos nos ahogaríamos, en un nuevo esfuerzo pude tomarla de la cintura y sacarla, la niña estaba muy asustada, dijo: “Me estaba ahogando, gracias”. Chayito tenía miedo su mamá, la regañaría por haberse mojado, inocencia pura.
Tuve pesadillas después del gran susto. Por eso cuando paso por esas calles se asoman los recuerdos.
Cuando estudiaba la primaria y luego secundaría, vivíamos en la calle de Régules, en la secundaria tuve buen desempeño escolar, participaba en diversos eventos, fui presidenta del comité de graduación, la fiesta fue inolvidable, la cena baile se efectúo en La Casa de La Marquesa.
Los andares de la vida van construyendo nuestra historia. No olvido las calles donde viví.







