En el devenir de la humanidad, hay temporadas donde pareciera que la paz en el mundo será duradera. Son tiempos y espacios donde la gente vive feliz, camina por la calle sin temor, lleva a sus hijos a la escuela, esperanzados en que la educación les ayudará en su desarrollo intelectual, emocional y social.
La niñez la viví cuando los padres y maestros educaban en la casa y la escuela. Los maestros amaban su profesión.
El pensamiento crítico debe desarrollarse a temprana edad, es indispensable en todo ser humano, ya que permite pensar, analizar, discernir y reflexionar antes de tomar la decisión conducente a la solución de una problemática o a la creación de un importante proyecto. El análisis de una idea permite reflexionar en la factibilidad y la productividad del proyecto en marcha.
El pensar y reflexionar coadyuvan en el análisis de cualquier información que ofrecen los diferentes medios de comunicación. Conocer el entramado de lo que ofrecen como una solución maravillosa, cuando en realidad son acciones nefastas que llevan a una familia o nación al desastre. Tener ceguera de pensamiento suele tener nefastas consecuencias.
Conversando con mi amiga Laura sobre la violencia que se vive en el mundo y en especial en nuestro amado México, ella recordó una amarga experiencia vivida una madrugada de primavera en 1953. La frase que utilizó en el inicio de su narrativa me impactó, llevándome a una reflexión.
─Algunas cosas no cambian ─dijo Laura, iniciando su narrativa.
Tres familias vivían en aquella casa grande, herencia de los abuelos. El tranquilo sueño fue abruptamente concluido con gritos y patadas en la puerta de la recámara de Laura. Sin saber qué pasaba, empezó a vestirse.
─¡Apúrese, salga ya, estamos juntando a toda la manada para interrogarlos!
─¿Quiénes son ustedes?, ¿con qué derecho entraron a mi casa?
─Cállese, pin… vieja, o me la madreo.
Laura observó que había otros hombres armados en la casa. Gritaban palabras soeces y habían sacado de sus habitaciones a sus padres, hermanos, sobrinos y a dos ancianos con su nieta, a los cuales su madre había dado permiso de dormir ahí, porque venían de un ranchito para vender sus verduras en la ciudad.
Escuchó el llanto de niños, los reconoció, ahora sabía que eran sus sobrinos. Cubriéndose con las manos sus ojos de la potente luz, abrió la puerta, que era de hierro y cristal. Tres policías judiciales con pistola en mano la amenazaron; a su hermano mayor lo habían golpeado con la culata de un rifle y sangraba copiosamente. Su hermano menor, que había dormido en el cuarto contiguo, estaba muy asustado.
─Están cometiendo un atropello ─dijo Laura, con voz firme.
Los judiciales se rieron.
Se acercó un sujeto vestido con traje y corbata, reclamando a los subalternos el por qué no habían reunido a toda la gente. Uno de ellos respondió:
─Nos encontramos a una vieja muy rejega.
Laura abordó al tipo de traje, exigiendo que mostrara el documento del cateo. El tipo se puso nervioso ante la seguridad de Laura, dijo que andaban limpiando la colonia de vagos y ladrones. Uno de ellos se había escondido en esa casa, estaba seguro.
─Aquí los únicos que se han metido sin mostrar un permiso legal, son ustedes. Necesito que me entregue la orden de cateo ─dijo la intrépida joven.
El supuesto comandante se puso nervioso, no imaginó que se iban a encontrar con una persona que sabe defender su integridad y la de su familia. Mandó a uno de sus esbirros al auto por el oficio, pero el muy inteligente subalterno no entendió la ironía del jefe.
─¿A poco si tenemos uno, comandante?
El judicial al mando evitó la mirada de Laura. Habían reunido a todos los que habitaban en esa casa.
─Ya está toda la manada, jefe ─dijo uno de los bien educados policías.
Los judiciales se detuvieron a husmear lo que había en la sala, que también era la incipiente biblioteca de mi amiga. Vieron algo que les llamó la atención, es posible que se espantaran.
─¿Por qué hay tantos libros?, ¿a qué se dedican?
─Mi hermano estudia ingeniería en el Tecnológico de Querétaro. Yo soy profesora, los libros son para preparar las clases. Me interesa que los niños estudien, se preparen para que sean buenas personas, aprendan algo de leyes y no anden agrediendo a gente inocente y dando patadas en las puertas ─dijo Laura con la adrenalina al tope.
─Ordene a su gente y entrégueme el documento que le ha permitido invadir mi casa, pero antes de que se retiren, me dice el nombre de la persona a cargo de la policía judicial para dirigirle un oficio.
El oficial a cargo, dio la orden de retirarse.
─Se está ablandando, mi jefe. Me quedé con las ganas de darle en la madre a esa pin… vieja engallada —dijo uno de los malandrines que invadieron el hogar de Laura.
El lunes siguiente, se presentó Laura con un oficio solicitando una entrevista con el secretario de Seguridad Pública. Un oficial recibió el documento y la pasó a la sala de espera. A los diez minutos, Laura se paró, caminó observando algunas fotografías y letreros que pregonaban la intervención de la policía en trabajos de protección de los ciudadanos.
Sin darse cuenta, había llegado hasta la oficina del secretario. Escuchó timbrar el teléfono.
─Sí, jefe, ya llegó. Lo está esperando, quiere identificar los compañeros que se metieron a su casa. Está sola pero bien asesorada.
Hubo otra llamada.
─Comandante, dice el jefe que no quiere líos con los maestros, en quince días vendrá el señor presidente, que arregle de inmediato el asunto.
El oficial, todo nervioso, informó a la maestra Laura que se atendería su caso y a nombre del secretario ofrecía sus disculpas. Había salido de emergencia a la Ciudad de México. El señor presidente lo citó.
─Laura sonrió, jamás pensó que los policías no se presentarían porque tenían miedo de perder su trabajo. No sabían quién era Laura.







