lunes, diciembre 5, 2022

Yo te puedo enseñar – Sandra Fernández

El frio entraba en mi piel, pero ya no lo sentía. Igual que los golpes, los dejas de sentir.

Así me decía, Dulce; la mujer que había entrado a trabajar a la empresa como personal del aseo.

Me contaba su historia mientras que con sus dedos apretaba el lápiz y le daba forma a la letra “a” sobre la hoja cuadriculada de la libreta nueva. Tenía 48 años y estaba aprendiendo a escribir. 

Cuando tenía 7 años si iba a la escuela, si quería aprender muchas cosas, pero cuando mi mamá supo que debía llevar una libreta, se acabo el encanto. Nunca más regresé. Éramos muchos hermanos, había mucha necesidad. Mi padre, ya murió, pero en ese entonces, era bien tomador y mal geniudo. Golpeaba a mi madre por cualquier tontería. Ella nada más se quedaba callada llorando bien quedito que dizque que para que no la oyéramos.  Al otro día, nada más de ver, chicos moretones se me hacía el corazón chiquito. Y mi papá, como si nada, durmiendo a pierna suelta.

Dulce, el palito de la “b” es más alargadito y el círculo es más redondito. Le decía yo.  sígueme contando. 

Si, claro. Que bueno que me dice.

Bueno, entonces, yo me enamoré del muchacho que vendía tamales. Me esperaba todas las noches enfrente del zaguán de la iglesia, para platicar y para enamorarme.  No me gustaba tanto, se la pasaba perdiendo el tiempo con sus amigos y también le gustaba la tomadera, pero lo que yo quería era irme de mi casa.  Empujada por las tremendas golpizas y tanta necesidad.

Y ahí, estaba yo, saliendo de mi casa con lo poquito que tenía. Todavía recuerdo la carita de mis hermanitos que adivinaban algo y que se pusieron tristes. Me dolía dejarlos, pero no quería que me vieran llorar. Mi madre, me dijo, que Dios te cuide y se dio la vuelta. Esa fue mi despedida.

¿Y que paso con el muchacho? ¿Se casaron?

No, ni tiempo ni dio de casarnos. Siguió de flojo, todo se lo echaba en la tomadera, me hizo dos niñas, había mucha necesidad y me salí a trabajar para darle de comer a mis hijas. El andaba de galán con quien sabe cuántas que se conseguía, yo le reclamaba y harto de todo, me pegaba, hasta que un día, sin más se fue. Me dejo con toda la responsabilidad. Y pues, de ahí no he dejado de chambear para sacar el pan.

Yo quería que mis hijas estudiarán, que salieran adelante. Pero, que me sale la grandecita de buenas a primeras que estaba muy enamorada y pues que se iba a ir con un fulano a vivir, más bien ya estaba panzona. 

Y ahí me tiene, suplicándole que no se case, que mejor estudie. Pero que me hizo caso,  que se me casa.

Para no hacerle el cuento largo, más tarde en despedirme de ella y en que naciera la criatura que de buenas a primeras, regreso con un ojo morado. Ya no quiere vivir con él, dice que la amenazó de muerte, que le va a quitar a su hijo. Y pues, viera, como me duele ver a mi hija así, llore y llore, sin futuro y tan bonita que es, se me parte el alma. ¿Por qué la vida se ensaña con nosotras?

Me decía, aunque, cuando hablaba y se preguntaba y se contestaba ella misma.

Dulce, ya terminamos por hoy la clase. Aquí te anoto la tarea, no dejes de hacerla, vas muy bien y vas a ver como poco a poco va a aprender a leer y a escribir.

Ella sonrió, aparentaba más edad. Las arrugas se habían amontonado en el rostro.

Nos vemos el lunes, le dije.

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