sábado, febrero 24, 2024

Propósitos ocultos – g.Virginia SÁNCHEZ MORFÍN

Por las conductas que he observado, creo que la felicidad y la buena convivencia de una pareja, en la mayoría de los casos, es circunstancial y depende de sus experiencias, tiempo, edad, percepción, vivencias e intensidad del amor.  

Con los siguientes dos casos sustento lo anterior:

Caso 1

Desde muy chiquita me encantaba pasar las horas asomada a la ventana,  observando a mi vecino, el señor Rosendo Zapata, que solía salir todas las tardes a caminar con sus tres hijas y con su esposa, a la que siempre llevaba abrazada.  ¡Todos tomados de la mano!

Después de su caminata, él y su esposa se sentaban en la orilla de la banqueta a platicar con sus hijas o a verlas jugar.  

Esa escena me causaba bienestar y me daba la certeza de que sí había familias unidas y matrimonios perfectos.

Mis padres eran padrinos de bautizo de las tres hijas del matrimonio Zapata.  Pasados varios años y cuando sus hijas ya eran adolescentes, una madrugada en que, por supuesto, estábamos durmiendo, alguien tocó a nuestra puerta con una fuerza y coraje que daba miedo.

Era la señora Zapata, que a gritos les pedía a mis padres acompañarla de inmediato a su casa. Mis hermanos y yo nos quedamos en casa, muy asustados, creyendo que el vecino había muerto. 

Varias horas después, mis padres regresaron y nos platicaron lo sucedido: en cuanto mis papás entraron a casa de los Zapata, la señora tomó el teléfono y a gritos le ordenó a su esposo comunicarse con Lucía, quien era la secretaria de mi papá y del señor Zapata. 

Él la obedeció.  De inmediato, la señora le ordenó que le dijera a Lucía que era una “P..A”, que no quería volver a verla y que la despedía del trabajo. 

A partir de ese día, la señora Zapata acompañaba a su esposo todo el día a la oficina.  No se le separaba un solo instante para, de esta manera, estar segura de que él no le llamaría a Lucía. 

Esta situación se originó por un telegrama que días atrás había recibido la señora Zapata y, a pesar de que iba dirigido a su esposo, ella tontamente lo abrió y leyó: “Tu hija Rosenda llegó bien al rancho. Estoy segura que va a disfrutar sus vacaciones”.

¡Ninguna de sus tres hijas se llamaba así!

El padre y marido ejemplar tenía tres hijas con nuestra  vecina y dos con  su secretaria, con quien se había casado tres años atrás. ¡Era bígamo!

Me pregunto: ¿La felicidad de una pareja depende de ignorar la realidad?

¿Es temporal y circunstancial o depende de la capacidad de perdonar?

Caso 2

El matrimonio de Sara y José Roca era, si no un fracaso, tampoco un ejemplo a seguir.  No solo no eran cariñosos el uno con el otro, sino que con frecuencia discutían fuertemente, aún habiendo amigos o familiares a su alrededor. 

Tuvieron un hijo y una hija.  ¡Ellos sí que se llevaban bien!  Se querían mucho, convivían de maravilla y se protegían el uno al otro.  Así fue hasta cuando tenían entre dieciocho y veinte años de edad. 

El matrimonio Roca y yo tenemos, hasta la fecha, un grupo de amigos alemanes y mexicanos. Cada cuatro años hacemos juntos un viaje de dos o tres semanas. Hasta hace diez años, nadie del grupo quería que se sentaran en su mesa. Era muy desagradable escucharlos pelear tanto.  Todos nos preguntábamos qué razón tenían para no separarse o divorciarse. 

Sara y José tienen una preciosa mansión en Valle de Bravo.  Por años, padres e hijos pasaban ahí dos fines de semana al mes. 

Un sábado, cuando los cuatro estaban a punto de subirse a la camioneta para ir a pasar el fin de semana, su hijo, a última hora, decidió quedarse.  Les extrañó, pero los tres se fueron. 

El domingo, como era costumbre, regresaron a las ocho de la noche a su casa en Coyoacán.  A Sara le urgía ir al baño y entró a la casa, sin siquiera ayudar a bajar el equipaje. 

La sorpresa, que nunca nadie pudo imaginar, fue que encontró a su hijo colgado de la regadera. ¡Se había suicidado!  

Sara sufrió de inmediato un derrame cerebral que, entre otros males, le provocó dificultad para hablar.  Después de unos meses de tratamiento, cuando comenzaba a sentirse un poco mejor, tuvo un segundo derrame que la dejó para siempre con bastante  dificultad para caminar.

Desde entonces también está en tratamiento psiquiátrico. 

A partir de ese trágico día, José se ha convertido en su cuidador, su chofer, su enfermero, su compañero incondicional.  Es acomedido, cariñoso, protector y muy paciente. Es muy emotivo verlos juntos. 

Durante los viajes del grupo y a los que desde hace cuatro años se volvieron a integrar, es conmovedor observar la paciencia y el cariño con el que José le da de comer a Sara, cómo la ayuda a caminar sin nunca soltarla del brazo, le explica con paciencia las instrucciones del guía. La mima y acaricia continuamente. 

¿Tuvo que suceder una tragedia de esta magnitud, para que ahora sean un matrimonio ejemplar? Ambos dicen ser felices. 

¿Lo que mueve a José, será cariño o remordimiento? Tal vez sean ambos sentimientos. 

g.Virginia SÁNCHEZ MORFÍN

g.virginiasm@yahoo.com

@gvirginiaSM

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