martes, abril 16, 2024

Mariquita – Rodolfo Lira Montalbán

La Revolución Mexicana dejó a muchos niños en la orfandad. Este hubiese sido el inicio épico de la historia de Mariquita, pero como no estoy seguro de que ella tuviese esa suerte, y no tuve quien despejase mi duda, mis pesquisas arrojaron los siguientes datos: los padres de Mariquita tal vez no murieron a cuenta de las luchas revolucionarias, ni de cornada de burro, ni de patada de víbora. Tal es mi pobre información. 

Lo único probado es que la niña, huérfana, fue adoptada por una familia que le dio cariño, techo, comida y trabajo. En ese rancho siempre había faena por hacer. Los hombres, en el campo y en el establo. Las mujeres, en la casa y en la tienda.

La tienda del rancho era un negocio peculiar. Al pie del Camino Real, se despachaban semillas, jabones, medicamentos, jarciería, municiones, aperos de labranza y de entre un enorme surtido de mercancías, el refrescante pulque, afamado en esas polvorientas tierras. La niña Mariquita era ayudante de todo y aprendiz de mucho.

Ella era agraciada. Cualidad que le confería un atractivo entre los viajantes que detenían su marcha en la búsqueda de refrescar, con no poco pulque, sus resecas gargantas. La niña, convertida ya en señorita, tenía órdenes estrictas de la patrona, doña Felicitas, (con acento en la segunda “i” por errónea costumbre popular), de que si alguno de ellos solicitaba más de un jarro, ella debía atender las labores de la trastienda y no pasear sus cualidades cerca de ellos.

Pero el amor, que conoce de trastiendas, no pone diques a caballeros apasionados. Mariquita fue requerida en matrimonio por el más persistente de ellos. Y entre las notas de: “Adiós, Mariquita linda”, en ancas de la mejor montura, partió la joven a habitar ranchos lejanos.

La Solita, le decían los vecinos por mal nombre. El gallardo marido, comerciante en lo que se ofreciera, viajaba mucho de hacienda en hacienda, de rancho en ciudad. Y la niña: solita, mujer, esposa y con el tiempo madre, aprendió a perderle el miedo a la casa desolada, a las frías paredes de piedra volcánica, a las arañas que caminaban por el tejamanil, a los murciélagos que le avisaban que el sol estaba a punto de meterse. Tiempo indicado para administrar las pocas velas. Tiempo pertinente en el que ella decía: “Tengo ganas de sorrajarme”. Hora de esperar a que, con el regreso del sol, el marido volviera también, siempre con ganas de hacerle otro hijo y de comer las enchiladas con pollo que a ella le salían tan bien.

Mariquita vio crecer a dos hijas y a un hijo en el trayecto del rancho a la ciudad y viceversa. Y entre tantas vueltas, un cansado día, el jefe de esa familia dijo que ya eran muchas, y compró casa al lado de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, para que la Virgen los cuidara y velara sus sueños.

Nacieron los nietos, y lo mejor de todo: las nietas. Guapas todas ellas y sonrientes como la abuela. Y aquí es donde la cosa se pone buena. Una de esas gentiles hijas me llenó el ojo y con el tiempo: los brazos. Me vació la respiración y con el tiempo: la cartera.

Para recuperar ese vacío respiratorio, decidimos formar un matrimonio y para recuperar el vacío económico, decidimos ponernos a trabajar como loquitos. Era costumbre muy buena y muy sana que, antes de la consumación del sacramento, el novio se presentase ante los padres y, ya “encarrerado”, ante los parientes. Muy tersa fue la presentación y muchos los parabienes recibidos. Tocaba el turno de conocer a los abuelos: 

—Me da gusto conocerlo, señorito—. Fue la frase con la que el abuelo me recibió. Desde esa tarde, me convertí en: “señorito”. Antigua costumbre ranchera que hube de soportar con entereza.  

Unos lentes de fondo de botella se acomodaban en la pequeña nariz de doña Mariquita, ahora anciana, quien hizo un esfuerzo fallido para analizar mi persona sin hacerme sentir incómodo.

—Así que usted se llama Rodolfo Lira, jovencito—. Es preciso señalar que ese calificativo es más soportable que el de: “señorito”. —Deme razón: ¿Qué es de usted, don Joaquín Lira?

Con un volumen más alto del habitual, contesté orgulloso:

—Es mi abuelo, doña Mariquita.

—¡No me diga! Oiga: ¿y ya tiene mucho que murió?

—No, señora, mis abuelos viven.

Los gruesos lentes no pudieron esconder su cara de sorpresa, seguida por una petición emocionada en la que solicitaba que, de no ser mucha la molestia, la llevara a saludarlos. La visita fue pactada para el domingo siguiente. Con sus mejores galas, se presentó Mariquita ante los abuelos.

—Felicitas, soy María, ¿se acuerda usted de mí? Mariquita.

Y mi abuela, entre lágrimas, la abrazó, como no lo había hecho desde que se marchó, más de sesenta años atrás. 

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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