sábado, abril 13, 2024

Los miedos y mis credos – Teresita Balderas y Rico

El miedo es un estado de ánimo que todo ser humano ha experimentado varias veces en su vida. La diferencia está en la forma de enfrentarlo.  ¿Qué es el miedo? Habrá tantas definiciones como percepciones se tenga. Desde mi perspectiva, el miedo es un poderoso sentimiento que atrapa, seduce, paraliza, enturbia el razonamiento, penetra en el torrente sanguíneo, viajando con inusitada rapidez hacia las redes neuronales. En ocasiones es tan intenso, que dificulta y desdibuja una respuesta lógica al acontecimiento dado, dejando al sujeto atrapado en él.

Como ser humano que soy, con mis debilidades y fortalezas, el miedo ha estado presente en diferentes etapas de mi existencia, me ha visitado con más frecuencia de lo esperado. Este sentimiento ha venido a mí con diferentes máscaras, vestido para la ocasión.

Su presencia en ciertas situaciones ha sido muy sutil, camuflado bajo la máscara de la amabilidad y del amor. Otras veces, ha llegado con tal fuerza que me aniquila al primer golpe. 

En la infancia, mis miedos giraban en lo desconocido, lo fantasmal e inexplicable, también en los regaños religiosos, empleados por la madre o el sacerdote, aterrorizando a la frágil niña con la consigna: “Si no obedeces y no haces lo que te mando y bien hecho, te condenarás, vendrá el diablo por ti y arderás en el infierno por toda la eternidad”.

En la época de estudiante, mis miedos me acechaban en los períodos de exámenes, trastocando mi estado de ánimo. Se presentaba camuflado de angustia y ansiedad. Debía obtener una calificación mínima de 9, para no perder la beca y continuar mi proyecto de vida.

Cuando nacieron mis hijos, los miedos se paseaban con frecuencia en mi hogar, primero, me preocupé por su salud, luego por su educación, más tarde por la elección de sus amistades y los lugares donde se divertían; sobre todo cuando llegaban después de la hora fijada. El miedo a que sufrieran algún accidente ocupaba mi pensamiento.

Hoy en día, no siento miedo, ¡sino terror! Me entristece, me angustia, me siento impotente ante la corrupción que permea a las instituciones. Existe una crueldad inaudita. La violencia y la injusticia son el pan de cada día. La indiferencia e impunidad laceran el alma.  Se supone que las instituciones fueron creadas para atender las demandas de la población. Es su responsabilidad la planeación, construcción y ejecución de las acciones requeridas para el desarrollo de una sociedad sana en los niveles físico, mental y emocional, que coadyuve en la grandeza del país.

Las noticias en los diversos medios de comunicación son aterradoras. Duele el dolor de los padres de familia que buscan a sus hijos niños, adolescentes, arrebatados de su hogar. Es difícil contener las lágrimas.  

Por fortuna, ante estas calamidades existen antídotos orientados a corregir tan graves desastres. Cito algunos de ellos: la educación familiar, de la cual depende el armonioso desarrollo emocional y racional de los hijos.  

Trabajar en el desarrollo social e intelectual. Sustentar con argumentos lo que se expresa. Adquirir la capacidad de comprender para comunicar, apoyar a los jóvenes en la creación de sus proyectos. Ellos no quieren vivir en la mediocridad, sus acciones están encauzadas hacia su desarrollo integral como seres humanos.

La práctica de algún deporte, el acercamiento a las bellas artes, son actividades que armonizan el pensar con el actuar. 

La lectura y la escritura son dos maravillosos elementos para el desarrollo de las habilidades cognitivas, creativas y emocionales de la persona. Es necesario acercar a los niños desde pequeños a la lectura, contarles cuentos, desarrollar el interés por los libros.

Leer temas interesantes despertará la curiosidad por conocer el origen, la historia del lugar y los personajes que vivieron en una época y lugar determinado. Estas acciones coadyuvan al desarrollo del pensamiento crítico. 

Científicos y escritores han expresado en diferentes etapas: el que no lee, vive solo su vida, pero el asiduo lector vive varias, a través de los personajes de los libros. 

Ante mis miedos, mis credos. Creo, y tengo la esperanza, de que los padres que han abandonado la comunicación con sus hijos, pueden recuperar la importante misión de educar, e insertan la práctica de los valores universales, que permiten a la sociedad vivir en armonía.

Creo en la sinceridad, la espontaneidad y la curiosidad infantil. En su luminosa mirada y hermosa sonrisa que contagian, dulcifican el carácter y transportan hacia la   felicidad.  

Creo en la educación. Ésta, hará libres a las mentes enclaustradas por el olvido y la ignorancia. Los pueblos que han tenido la fortuna de recibir una educación acorde a las necesidades de la época que les ha tocado vivir, han tenido mayores oportunidades de acceder a una vida digna, sin tantas carencias.  

Creo en lo divino, en la ciencia, la tecnología, las artes, en la grandeza de la naturaleza, en lo infinito del universo, en un maravilloso amanecer, en la romántica puesta de sol, como los inigualables atardeceres queretanos, que también asombraron al gran escritor argentino Jorge Luis Borges. Creo también en la hermandad de los seres humanos.

Creo en la sinceridad, la curiosidad científica, las relaciones sociales de los jóvenes. En sus proyectos de vida que emprenden con tanto entusiasmo y energía. Ellos abren las puertas de la esperanza, mueven sus ideas hacia la construcción de una nación diferente. Se preparan para trascender.  

Creo en el amor. Einstein expresaba que el amor es la energía más potente que existe en el universo. Pienso que, mientras el amor exista, en todos los tiempos, lugares, formas, percepciones y conceptos; en la humanidad estará latente la esperanza de no extinguirse.    

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