jueves, mayo 23, 2024

Los Barrios de La Cruz y San Francisquito S. – Teresita Balderas y Rico

Para conocer la historia de una ciudad, habría que indagar sobre sus barrios, en ellos existe una gran riqueza cultural relacionada con los usos y costumbres ancestrales, que se han heredado de una generación a otra. Cada nueva generación se encarga de hacer aportaciones importantes, fortaleciendo esa riqueza cultural. 

En la ciudad de Querétaro existen barrios que sin ellos no se entendería el bagaje cultural novohispano, y el de nuestros ancestros. Esta unión ha dado sentido de pertenencia a quienes vivimos en esta bella ciudad queretana.

En la ciudad existen dos barrios considerados los más antiguos: El de La Cruz y San Francisquito. La cruz nació a raíz de la batalla entre españoles e indígenas, luego se fundó San Francisquito. Cada uno, tiene una extensa e interesante historia   digna de ser contada.

El Barrio de La Cruz ha sabido conservar sus tradiciones ancestrales. Las familias que han tenido el bastón de mando, son las responsables de vigilar que cada miembro cumpla las tareas que les ha sido asignadas. Esta entrega y amor en el desarrollo de sus funciones, es la razón por la cual conservan su esplendor.

En la actualidad la fiesta de La Santa Cruz, es una espléndida conjunción de los ritos ancestrales y los de la religión católica. 

Es un arcoíris visual observar el vestuario de los danzantes, algunos penachos son costosos, invierten mucho dinero en su elaboración. Pero al danzar, portan con orgullo sus trajes, como símbolo de su origen. Saben que son admirados por la gente que año tras año, llena el atrio de la iglesia, la Plaza de los fundadores, y las calles por donde desfilan, para deleitarse con el colorido de sus trajes. 

Baltazar Gómez Pérez, autor de Los viejos barrios de la ciudad de Querétaro, menciona que, a partir de 1537, cuando se empezó a trazar el barrio español, conocido después como la ciudad españolizada, hoy Ciudad de Querétaro; La región llamada Loma del Sangremal quedó fuera de esos trazos.

Los nativos de esa región, chichimecas y otomíes empezaron a construir pequeñas casas, con materiales propios del terruño: ramas, trozos de árbol, piedras; algunos muros de adobe. Ese asentamiento era nombrado “lugar de indios”. 

Al ser desplazados de los trazos de la ciudad, podría decirse que los indígenas ganaron en libertad. Fueron adoptando la religión católica, pero al mismo tiempo podían realizar sus ritos heredados de sus ancestros.

 Eran grandes conocedores de la herbolaria, elaboraban brebajes para curar las enfermedades. Entre ellos se ayudaban. 

También hacían limpias espirituales para erradicar los males que alguien había provocado a otra persona.

En principio las dos etnias no tenían buenas relaciones. Los chichimecas eran más aguerridos que los otomíes.

Existen coincidencias curiosas en la vida. Sin solicitarlo, he vivido en dos barrios. Nací en el Barrio de Santa Catarina, allá en la Otra Banda, disfruté mi niñez en la casa de mis padres, había mucho espacio para jugar. La gente del barrio era solidaria, trabajadora y honesta.

Conocí el agua cristalina de las acequias que empleaban para regar los sembradíos. Existían grandes mesones que tenían su propio poso. Los dueños eran personas solidarias con el barrio, regalaban el agua que necesitaba la gente. Lo hicieron durante muchos años, gracias por tan magnánimo regalo.

Cuando me casé, durante un mes buscamos una casa en renta que estuviera en el centro de la ciudad. Una amiga nos consiguió un departamento en la Calle de Manuel Acuña, en la cuadra entre Zaragoza y la calle 21 de Marzo. En principio no sabía que había llegado al Barrio de San Francisquito.

Estuvimos cinco años en ese departamento. Vivimos ahí los años maravillosos. Nos mudamos en 1979, cuando nos entregaron nuestra casa, en la que vivimos.

En principio mi esposo y yo no éramos bien aceptados, no pertenecíamos a Barrio de San Francisquito, nos consideraban unos intrusos.

Por las tardes las señoras se sentaban fuera de su puerta a platicar. Cuando por algún motivo tenía que caminar por ahí, las señoras estiraban sus piernas para obligarme a bajar de la banqueta, aún con mi embarazo avanzado, yo las saludaba a sabiendas que no responderían.

Otra muestra de rechazo era poner basura en la puerta del departamento donde vivíamos. Al nacer nuestro primer hijo fuimos aceptados.

Aproximadamente después de un año de vivir ahí, con frecuencia escuchaba extraños ruidos en una casa vecina. Movían muebles, tiraban objetos, y arrastraban cosas pesadas, gritaban. En ocasiones duraban los ruidos más de una hora y no podía dormir, preguntándome porque hacían esos cambios de noche.

Comenté al dueño del departamento lo que sucedía en la casa de los vecinos. Muy tranquilo dijo que no me preocupara, que le habían dicho que hace muchos años, vivieron en esa casa gente que practicaban ritos prohibidos. 

¿Que no me preocupara? ¡Esa noche no pude dormir!

Al Barrio de San Francisquito también se le conoce como “el barrio de los brujos” 

Cierto día tuvimos visitas de Xalapa Veracruz, Miguel, mi esposo, fue a la tienda a comprar refrescos y cervezas, un grupo de jóvenes lo abordaron pidiendo dinero. Miguel ecuánime, respondió que lo había gastado en la tienda, pero podía regalarles una cerveza, les dio la de mayor volumen, la recibieron agradecidos. Después de esa anécdota respetaban a Miguel, cuando lo veían lo saludaban, y si uno de ellos obstruía el paso, alguien decía; “quítate que va a pasar el don”.  

Cada barrio tiene una gran historia por contar. Es interesante meterse entre los intersticios de los acontecimientos vividos por personas que han culminado su andar en esta vida, pero que han dejado vestigios de su existencia. 

Los barrios antiguos, los del centro, y de la Otra Banda han retroalimentado a la progresista ciudad de Querétaro. 

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