sábado, marzo 14, 2026
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El universo y los humanos 2  – Teresita Balderas y Rico 

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El científico regresó a su amado laboratorio satisfecho de lo descubierto en el observatorio de Vigo. había encontrado coincidencias con sus teorías. 

Ernesto del Bosque, de nacionalidad mexicana, egresado del Instituto Politécnico Nacional, tuvo que emigrar hacia donde pudiera desarrollar sus ideas. Se ubicó para vivir con su familia en la ciudad de Santiago de Chile. 

Tres días después de su regreso, su hijo André tocaba a la puerta del laboratorio, tenía una buena noticia a sus padres.   

─Papá, vengo a darte una noticia, pero veo que estás muy ocupado. 

─Perdón, hijo, me daré un baño e iremos a comer a ese restaurant que tanto nos gusta. 

─Mamá, papá, antes del brindis deseo comunicarles que mi proyecto de ciencia fue el ganador entre varios países. Como premio me otorgaron una beca para el doctorado en procesadores cuánticos. Tú conoces, padre, que el observatorio de Ligo tiene el procesador más avanzado, con qubits capaces de procesar una cantidad astronómica de datos. En él, haré mi estadía de prácticas. 

El científico disfrutó la reunión con Sofía y André, se prometió dedicar más tiempo a su familia. Ernesto no imaginaba que no podría cumplir su palabra.  

De regreso a casa, volvió a felicitar a su hijo, se disculpó con él y Sofía, debía continuar con sus investigaciones. 

Era de madrugada, Ernesto tenía el hábito de observar la bóveda celeste antes de ir a dormir. Esta vez, su mirada no estuvo en el cielo, sino en el jardín de su casa: una luz brillante, transparente, apareció en medio del jardín. Con los ojos desorbitados, observó cómo la luz iba adquiriendo una forma cilíndrica. Dentro de ese cilindro danzaban millones de moléculas en una especie de remolino. Se fueron agrupando hasta formar figuras tangibles: humanos, humanoides y animales jamás vistos en el planeta Tierra.

Sintió las miradas de tan extraños seres; de pronto, la luz se intensificó. Por inercia, cerró los ojos; al abrirlos, aquel cilindro había desaparecido. Salió al jardín a encontrar alguna huella, sin embargo, no encontró algún indicio de que algo extraño hubiera estado ahí. 

Ernesto estaba asombrado de lo que había presenciado; su mente era un caos, trataba de organizar sus pensamientos, la adrenalina no lo permitía; hacía años que los latidos de su corazón no palpitaban tan fuerte.   

“Tal vez estoy enloqueciendo, como dicen mis compañeros astrónomos”, pensó. Esa noche no pudo dormir.   

A la semana siguiente, se suscitó otro aterrizaje en su jardín. Con el corazón latiendo a ritmo de taquicardia, permanecía junto a la ventana, observando lo que sucedía. En este segundo aterrizaje, por decirlo de alguna forma, se comunicaron con él por telepatía. Se interesaron en lo que el científico investigaba, corrigieron sus errores, indicándole cómo resolver cada problema.  

El científico realizaba los experimentos, hacía anotación del proceso, estaba comprobando la teoría de que seres de otros mundos habían orientado a los terrestres en la construcción de las pirámides de Egipto y de los mayas en México. 

Al día siguiente, los experimentos habían culminado, sin embargo, las anotaciones hechas por Ernesto habían desaparecido. Angustiado, esperaba la próxima cita para preguntarles por qué se las llevaron.  Los avances eran notorios, logró desintegrar seres vivos, empezó por las plantas, luego por pequeños roedores. El más reciente fue el enorme gato de Sofía. Viajó del laboratorio al centro del jardín donde suele aparcar la nave cilíndrica. 

Observó cómo fue el animal desintegrándose en moléculas para más tarde recobrar su cuerpo físico en el lugar destinado. El felino estaba con el pelo erizado, emitió un potente maullido en desaprobación de lo sucedido. 

En una madrugada del mes de abril, el doctor en física cuántica vio desintegrarse a los viajeros intergalácticos y, aparecer en su laboratorio. Entendía lo que decían. 

─Buenas noches, colega terrestre ─dijo un personaje alto, cuyo cuerpo parecía humano. 

─Buenas noches, bienvenidos ─balbuceó el científico. 

─Hemos viajado por años luz buscando seres de otras galaxias que estén preparados para compartir conocimientos del universo. 

─Gracias por comunicarse conmigo, no sé si esto que vivo es la realidad o estoy soñando. 

─Somos reales, nos enteramos de tu pasión por la ciencia del universo, vinimos para ayudarte. 

─Me han ayudado mucho, pero, ¿por qué desaparecen mis notas? 

─Serían muy peligrosas para la humanidad. Se autodestruirían antes de conocer otro planeta a donde inmigrar. 

─¿De que servirían mis investigaciones si no las conoce el mundo? 

─Te llevaremos a que conozcas los adelantos científicos de otros planetas. Cuando hayas conocido lo suficiente, te regresaremos a la Tierra. 

─¿Cómo hacerlo? No estoy entrenado.

─No te preocupes, vas con nosotros. 

Otro de los viajeros se presentó. 

Hola, me llamo Horacio, soy terrestre, fui alumno del Liceo de Aristóteles. Él me enseñó a buscar la verdad. Una noche estaba observando las estrellas cuando ellos aparecieron, me invitaron a viajar y, desde esa época he conocido maravillas del universo, las que tu mente no podría imaginar en este momento. 

─Debes viajar a la zona arqueológica de Palenque en México, irás a la pirámide Templo de las Inscripciones, en ella está nuestra base terrestre. El primer día de luna llena de mayo debes estar ahí. 

El científico cumplió las indicaciones, esperó la madrugada, recibió instrucciones para entrar. Se abrió un agujero en la tierra, una brillante luz iluminaba las escaleras en espiral. La entrada se cerró en automático. 

─¡Esto es increíble, parece una ciudad!, ¡máquinas tan sofisticadas! —decía el científico. 

─Sube, solo faltas tú ─dijo el capitán de vuelo intergaláctico. 

Para Ernesto se iniciaba una vida diferente a la terrestre. Temeroso, el científico primero metió un brazo en la nave, observando su propia desintegración molecular. Una poderosa fuerza lo jaló hacia el interior, la nave despegó. 

Pasaron los años, la búsqueda de Ernesto había terminado. Algunos compañeros pensaban que sus investigaciones lo habían enloquecido. 

Un día, Sofía percibió una luz que salía del laboratorio, aunque estaba herméticamente cerrado. Entró para saber de dónde venía esa luminosidad. 

Sobre el escritorio había un trozo de metal con pequeñas piedras incrustadas, que emitían luces de diversas tonalidades. Al examinarlo, vio que en una de sus aristas decía Sofi. 

Un grito aterrador salió del laboratorio.