jueves, mayo 23, 2024

El rey de los tomates – Teresita Balderas y Rico 

Los vegetales son de gran importancia. Están presentes a la mesa como guarnición, complemento de un guisado, o, platillo principal. Desde la aparición del neandertal, los vegetales han alimentado a los seres humanos. El homo sapiens descubrió varios, haciendo posible una variedad alimenticia. 

En algunas regiones del mundo se cultivan determinados vegetales que no existen en otros países. Las formas de guisarlos son diversas. Se consideran los reyes de las ensaladas.

Me gusta comprar los vegetales en los mercados, están más frescos, algunos fueron cosechados la madrugada de ese día. Me fascina ver sus formas, colores, texturas, tamaños, y aspirar sus aromas. Todo en conjunto alerta a los sentidos, surgiendo la creatividad culinaria. 

Días antes de que nos encerraran por la pandemia, vi entrar a mi hijo Octavio con una caja grande, inferí que pesaba, por el esfuerzo que hacía al cargarla. Como toda madre curiosa pregunté.

─ ¿Qué traes en esa caja hijo?

─ Algo que te mandó mi suegro, ven a ver.

Al acercarme no pude evitar una exclamación. ¡Qué, maravilla!

Eran enormes, bellos, y, suculentos tomates de rojo rubí, su piel era suave y brillante. Cada uno pesaba de un cuarto a medio kilo aproximadamente. No veía algo así desde mi niñez, cuando iba a los sembradíos de un pariente de mi mamá.

Octavio me informó que esos tomates son de un invernadero ubicado en San Juan del Río Querétaro, los dueños son también socios de conocidos centros comerciales.  Los cultivan para las tiendas gourmet que tienen en diversas ciudades de la República Mexicana. 

Su suegro tiene amistad con estas personas, un día lo invitaron al invernadero, y le obsequiaron dos cajas de los tomates recién cortados. En un apartado de la caja, estaban tres jitomates de una belleza extraña, su color era un matizado entre rojizo, amarillo y verdoso. Lo más extraordinario es que tenían forma de calabaza. La recomendación fue: degustarlos en ensaladas, o como presentación de un platillo. Prometí hacer ese fin de semana carne asada, acompañada con una nutritiva y deliciosa ensalada.

Octavio se despidió, yo regresé a disfrutar la belleza de aquellos enormes tomates o jitomates, como se nombran también. Sin lugar a duda eran jitomates de primer mundo, se podría decir que eran hijos de buena crianza.

Cociné un diezmillo a la parrilla, acompañado con deliciosa ensalada. El invitado estelar sería un suculento tomate rojo. Reuní los vegetales necesarios y los lavé. 

Los ordené de los más grandes a los pequeños. Siendo primero su excelencia el jitomate. Correspondió al pepino el segundo lugar, tercero a las lechugas, cuarto para el apio. Siguieron los pimientos, espinacas, manzana, arándanos, cebolla morada, hojas de menta, albahaca y limones.

Después de lavarlos los puse sobre la mesa.

Al estar mojados algunos vegetales, rodaron deteniéndose en donde la masa, en proporción a la energía del lanzamiento, terminaba.

Observé la colocación de cada uno, me parecía una obra de arte de la época del impresionismo.

Permanecí segundos mirando, luego los sequé con una toallita. La imaginación hizo acto de presencia.

Su excelencia el tomate no se movió, no tenía por qué hacerlo, era el invitado de honor. Las lechugas se colocaron cada una a lado de su majestad. El pepino se tendió cual puente sobre el foso de los cocodrilos, en él, no cruzaría ningún extraño.

Los relucientes pimientos con uniforme de gala vigilaban el castillo. Los tallos de apio lucían esbeltos y elegantes. Las espinacas se habían esparcido semejando el verde y brillante empastado de los jardines. La manzana amarilla quedó al centro, y sobre ella, algunas hojas de menta y albahaca. Era la nueva fuente que el rey había ordenado.

Las fresas y los arándanos, emergían del empastado. La cebolla morada y los limones se mantenían firmes en la entrada. Solo con invitación del rey podían pasar. 

De tanto observar empecé a escuchar entre ellos una interesante conversación.

─Bienvenidos todos, gracias por aceptar mi invitación ─dijo el rey.

─Gracias por invitarnos majestad, es un honor estar en su castillo   ─respondieron en coro los invitados.

─Disfruten paseando por los jardines, en una hora los espero en el salón Rubí, veremos El Lago de los Cisnes, con el gran bailarín Apionovich y la primera bailarina Escarolanova. 

─Dicen que es una magnífica bailarina ─comentaba el pimiento rojo al amarillo.

─A nosotras nos gustaría ser bailarinas de valet, caballeros pimientos ─dijeron las chicas fresas.    

─Están a tiempo de empezar a estudiar, ser bailarina requiere esfuerzo y mucha disciplina ─argumentaron sus interlocutores.

Seguía atenta a los diferentes matices de voces, continué de pie observando a los brillantes personajes.

Guardé silencio para escuchar las voces que hablaban muy quedo, observé a cada invitado, pude detectar quien hablaba: eran la cebolla morada y los limones. Tuve la sensación de que me habían descubierto.

─¡Miren, un humano quiere unirse a la fiesta! ─gritaron los limones y la cebolla. 

─ ¿Tienes invitación del Rey Tomate? ─habló la manzana que parecía una fuente.

─ No, pero él es mi amigo, respondí con timidez, me sentía como una intrusa.

─Nosotros seremos los invitados especiales de su banquete, ─aclaró el pepino.

─Qué afortunados son los humanos, ─dijeron las espinacas.

─ ¿Por qué lo dices? ─preguntó el apio.

El pimiento amarillo se puso al frente y sin dar tiempo de responder a las espinacas, explicó.

─Nosotros somos hortalizas de calidad, nos cultivan y cuidan con esmero. El agua que nos prodigan es limpia, los fertilizantes son orgánico, nuestras vitaminas y minerales son de alta calidad. Mírenme, mi rostro es brillante y lozano.

─Ya deja de presumir pimiento, yo sí me veo fresca y bella, tengo las mejillas sonrosadas, ─expresó la lechuga sangría. 

Continuó la interesante charla entre las hortalizas. Debatieron sobre quien tenía más: potasio, sodio, grasas, calorías y antioxidantes.

Concluyeron que todos los que ahí estaban, incluyendo a las fresas, limones, arándanos, las hojas de menta y albahaca, proporcionaban a los humanos vitaminas y minerales.

Escuché un lejano ruido en el comedor, con dificultad volteé hacia ese lugar, era mi esposo que estaba observándome.

─ ¿Qué te pasa, ya tienes un rato ahí parada? ─expresó sorprendido.

─Las verduras rodaron cuando las lavé y formaron una figura que parece una obra de arte, respondí.

─¡Estás loca!, yo solo veo un montón de verduras, mejor ponte a cocinar.

Antes de preparar la ensalada, examiné nuevamente la figura que habían formado mis vegetales. Solo para comprobar que parecía una pintura impresionista de Claude Monet.

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