lunes, febrero 16, 2026

Damas y caballeros

Antonio Pérez Alcocer
Su legado

Fue, ante todo, un pensador. Un hombre delgado, de mirada incisiva y mente brillante, con quien tuve el privilegio de charlar en los tiempos en que fundó la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro. Vestido con elegancia, tenía en la memoria los acontecimientos históricos que ocurrieron desde que llegó al mundo, el 4 de julio de 1900. 

Sus estudios de primaria tuvieron como sede el Liceo Católico de Querétaro y la escuela del maestro Manuel C. Anaya. En el Colegio Civil del estado, realizó su bachillerato en Humanidades. 

Era un adolescente cuando asistió a las sesiones del Congreso Constituyente realizado en el hoy llamado Teatro de la República, convocado por el Presidente Venustiano Carranza. En los años siguientes, supo de la angustia y el horror de la Primera Guerra Mundial, y más tarde de la Segunda. 

Estos son algunos fragmentos de una entrevista que me concedió en agosto de 1986, en la sala de su casa, ubicada en la calle Venustiano Carranza, en pleno barrio de La Cruz. Era una construcción antigua, fresca y limpia, lleno del verdor de las plantas: patio de mosaicos, macetas que se sostienen altivas en bancos de hierro, helechos que caen como cascadas, cuartos comunicados entre sí, paz y tranquilidad. 

“¿Quiere ver eso que está ahí?” (Señala una hermosa costura, enmarcada. En el bordado se leen estas letras, en punto de cruz: Lo hizo Loreto Frías y Pollatos. Año de 1846). “Esa persona es mi abuela. Mi madre se apellidaba Alcocer Frías. Era sobrina de Hilarión Frías y Soto, uno de los héroes de la Reforma. Usted verá desde cuándo están en Querétaro estas gentes. Desde el siglo dieciocho. En la casa donde ahora está el Sanatorio Alcocer, vivían dos familias, pues estaba dividida. De un lado vivían los Frías, que eran liberales, y del otro los Alcocer, que eran conservadores. Se casaron las dos familias. Había muchos Frías Alcocer y Alcocer Frías. Usted verá si no somos viejos queretanos”.

Sobre sus antepasados, continúa narrando: “Mi padre se llamaba Daniel Antonio Pérez y mi madre Isabel Alcocer. La historia es larga: cuando vino la Revolución, mi tío Pascual era tesorero del gobernador, en tiempos de Victoriano Huerta. De modo que cuando vinieron los carrancistas, a todos los Alcocer los querían pulverizar. A mi padre lo desterraron a México, yo lo acompañé. Nos fuimos en burro. Hicimos ocho días de ida y estuve con él unos meses. Volví también en burro. Nos llevaron presos, en una jaula de ganado, hasta San Juan del Río. De ahí a Tequisquiapan en un coche de mulas y en adelante en burros, hasta México. Fue en 1915, el año más terrible. Yo volví solo, mi padre quedó allá. Era cajero del Banco de Londres. Más tarde, me hice amigo del gobernador que me había desterrado, el general José Siurob, que era terrible y comecuras. Luego, mi padre volvió y tuvimos ocasión de asistir a todas las sesiones del Constituyente”.

En la capital de la República, Pérez Alcocer estudió Jurisprudencia en la Universidad Nacional de México (todavía no era autónoma). Su título, enmarcado, fue otorgado por la Secretaría de Educación. También asistía a la Escuela de Filosofía y Letras, donde no se perdía las clases del doctor Antonio Caso, quien le aconsejó continuar sus estudios en La Sorbona, dado que el joven dominaba el francés. 

 “Cuando me gradué, en el año 1926, el general Siurob se fue a gobernar Quintana Roo y me llevó con él. Duré dos años en Chetumal, recorriendo aquellas selvas espantosas en mula, porque yo era agente del Ministerio Público. De ahí cuento historias sin término, que no acabaría nunca. Cuando volví, Siurob se fue a Salubridad y me llevó con él, como jefe del Departamento Jurídico. Cuando eso se acabó, trabajé en la Procuraduría de Justicia con el licenciado Aguilar y Maya, que me nombró juez civil de primera instancia en la Baja California. Fui a dar a Ensenada. Me fui por el ferrocarril Sudpacífico, un trenecito que tenía una máquina de vapor que avanzaba a veinte kilómetros por hora. Pero alguna vez llegaba uno. Ahí estuve un año; anduve por la costa oeste de los Estados Unidos: San Diego, Los Ángeles, San Francisco, hasta Seattle”.

El amor por los libros y el pensamiento lo llevó a Europa: “Antes de ponerme en paz con mi notaría se me ocurrió ir a París, porque tenía algunos ahorros. Decidí ir a cursar Filosofía. En el año 1931 me fui. Le entregué el gobierno de Querétaro a Saturnino Osornio, porque provisionalmente fui secretario de gobierno de Ramón Anaya. En París viví en la Rue Jacques Cartier, cerca del boulevard de Clichy, por Montmartre, de modo que para ir a La Sorbona tenía que atravesar la ciudad entera. Así duré un año. Todavía cantaba Maurice Chevalier. Uno lo escuchaba cantar e inmediatamente le imprimían el disco con esa grabación en vivo. Lo vendían en la puerta del teatro. De lo que más me acuerdo es del Lido. Yo no le digo que iba seguido, porque era carísimo. Juan D. Tercero, el músico, era mi amigo y compañero de cuarto. Me dediqué con todas mis fuerzas a la Filosofía: Alain y Maritain fueron mis maestros. Yo era una rata de biblioteca, por eso se me pegó tanta cosa. Esa es la parte civilizada de mi vida. Ahora la parte bárbara: en el sureste, recorrí todas las selvas. También me dio por el alpinismo. Subí a los cráteres del Popo y del Ixtla. Con mi amigo José Luis Rivas fui a Alaska, llegamos a Punta Barro, frente al Polo Norte”.

Entonces, regresó a Querétaro, donde pensaba ponerse en paz con su notaría. “Pero no fue tan en paz, porque el licenciado Agapito Pozo, quien fue mi compañero de escuela, me llevó a ser Juez de Distrito”.

Desempeñó funciones en la Notaría 2; después, en la misma fue notario su hijo, Antonio Pérez de la Peña. Hoy en día, sus nietos Francisco y Josefina Pérez Rojas están al frente de la notaría. 

Como profesor de Filosofía en el Colegio Civil de Querétaro, se percató de que no había un libro de texto asequible para sus estudiantes, por lo que se dio a la tarea de escribir el libro “Historia de la Filosofía”, cuya primera edición es de 1948 y tiene casi 500 páginas. Publicó también el título Esquema de Lógica Formal. Otra de sus facetas como docente era dar conferencias, que le llevaron hasta la Universidad de Salamanca, en España, donde habló de la filosofía tomista: “Como les hablé de Unamuno y de Don Quijote, pues con eso salí bien. Yo me dije: éstos metieron a la cárcel a Fray Luis de León, dijeron que Colón estaba loco, ¿qué me queda a mí? De aquí no salgo con bien”.

Andrés Garrido del Toral, quien fue cronista del Estado, cita un fragmento de una conferencia que el maestro ofreció en 1947: “Todas las ciencias tienen por objeto algo: la geografía describe la superficie de la Tierra; la historia narra los hechos pretéritos; la física, los detalles finos de los cuerpos; la química, los recesos profundos de la materia. Pero ocurre la pregunta: dado que todas estas cosas son seres, considerados desde cierto punto de vista, ¿no habrá una ciencia que estudie al ser mismo?”

Pérez Alcocer fue Procurador General de Justicia, además de ser notario público, diputado y dos veces magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado, último cargo que ocupó. La Suprema Corte de Justicia lo nombró juez de Distrito en su propia tierra, lo que de manera usual la Corte no permite, pero con el filósofo hizo una excepción.

Fue radioaficionado: a través de las ondas hertzianas, divulgó conocimientos y trabó amistad con gente de todo el mundo. Su despacho, durante la entrevista, estaba lleno de tarjetas postales enviadas desde países lejanos. Dice Francisco Niembro: “Su potente emisora y enorme antena direccional era un tratado de Filosofía radiofónica que siempre tenía que ver con su querida ciudad de Querétaro”.

Le fue otorgada la Presea Vera de la Legión de Honor Judicial, el máximo galardón para un abogado. La Universidad Autónoma de Querétaro lo nombró Doctor Honoris Causa, el título honorífico de mayor relevancia que da esta institución de educación superior.

Murió el 16 de diciembre de 1990. Sus restos fueron depositados en el Panteón y Recinto de Honor de Personas Ilustres de nuestra ciudad.

De manera póstuma, la Editorial JUS publicó su título Unidad y distinción, en 1996.

Su obra ha sido objeto de estudio para estudiantes de posgrado en la UAQ.

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