viernes, junio 14, 2024

Como un halo – Teresita Balderas y Rico

El vivir por vivir traza una delgada línea hacia la monotonía. Podría decirse que sólo se transita en el espacio y el tiempo en que nos corresponde estar en este planeta llamado Tierra.

Saber vivir es un estado diferente, un desafío a la inteligencia, a las emociones. Quien ama la vida entreteje las redes para atrapar momentos de felicidad.

No sabemos qué tan sencilla o compleja será nuestra existencia. En el transcurrir de los años, viviremos acontecimientos que nos proporcionarán alegría, y otros, tristeza, llanto. Podríamos decir que son hechos de la vida cotidiana. 

Los problemas emergen cuando menos se les espera: algunas veces somos los causantes directos; en otros casos, sólo llegan a nosotros, se estacionan, ahí están, no los podemos evadir. Habría que reflexionar que su resolución, aunada al hecho de que nos deshacemos del problema, es también una oportunidad de crecimiento intelectual, emocional y social.  

En ocasiones nos sentimos atrapados, no encontramos una pronta solución. En lo general, ésta se vislumbra cuando la persona logra serenarse o recibe alguna ayuda. 

Laura estaba desesperada, no había podido dormir, tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Ya no sabía si lloraba por la muerte de su esposo o por la incertidumbre y el desamparo en que se encontraba. ¿Qué haría ahora con sus dos pequeños hijos? Con todos los gastos de la casa y sin empleo.

Estaba enojada con Rafael: ¿cómo se atrevió a irse dejándola sola, con la responsabilidad de criar a los hijos? Ella no podía creer que su marido muriera de un paro cardiaco.  Era joven y sano.

Los pocos ahorros que tenían tal vez le bastarían para tres meses, sin pagar colegiaturas.

Antes de casarse, Laura trabajaba en un prestigiado laboratorio, con un buen salario. Ahora, no lograba obtener un empleo.  

Había mandado su currículum a varios hospitales y laboratorios. La respuesta era la misma: no había vacantes.   

Su mente era un torbellino, hacia donde volteara, sólo veía problemas.

Pensó que todavía no se terminaba de pagar la casa. No podría con las mensualidades, tendría que solicitar al banco una restructuración de la hipoteca.

Lucy, de seis años, y Rafa de cuatro, se acercaron a su mamá.

─Mami, no te pongas triste, ¿extrañas a papá? Yo también ─expresó Lucy.

─No llores, nosotros te cuidaremos ─dijo el pequeño Rafa.

Laura se avergonzó. Los pequeños también sufrían, habían perdido a su padre, sólo quedaba ella para educarlos y protegerlos. Necesitaba calmarse y buscar la forma de resolver los problemas financieros.

Se arrepentía de no haber preguntado a Rafael sobre la hipoteca de la casa y los pagos de servicios.

Empezó a buscar los recibos y facturas. Él se encargaba de hacer los pagos. Ignoraba si los de ese mes ya estaban liquidados.

Por un instante, pensó en la madre de su esposo: ella tenía dinero, podría prestarle. Luego, pensó que era una mala idea, sabía que no la ayudaría. Nunca la aceptó como nuera, lo confirmó en el funeral. En ningún momento se acercó a ella ni a sus hijos. 

Con lo desesperada que estaba, no encontraba los recibos, ni facturas. Había hecho un desorden de papeles. Sentía rabia: ¿por qué no había observado en dónde guardaba su marido los documentos importantes? Su mente colapsaba. 

Suspendió la búsqueda al ver entrar a su hijo jugando con una pequeña pelota.

 ─Mami, tengo hambre, ¿qué vamos a comer?

 ─En un momento inventaremos algo rico, vamos a cocinar los tres. ¿Estás de acuerdo? 

─Sí, respondió feliz el niño.  

Rafa botó la pelota, que rebotó por todos lados y terminó metiéndose en el clóset. La pelotita se perdió de vista entre tantas cosas que había movido Laura. El niño empezaba a desesperarse. La madre ayudó a la búsqueda, Lucy se unió a la tarea.

─Yo puedo meterme entre las cosas, tú no cabes, mami.

─Ten cuidado, Lucy, hay mucho polvo. Tal vez sea mejor que saquemos todas las cosas.

─Espera un momento, mamá, Rafa ya encontró la pelota, está sobre una cajita de madera en el rincón.    

Laura sintió que su corazón se aceleraba, pensando en lo que podría haber en ella, dijo a su niña que se la diera.

Con manos un tanto temblorosas, quitó el seguro y abrió la cajita. Los niños miraban sobre sus hombros.

Había monedas de colección y una bolsita de terciopelo. Con cuidado, deshizo el nudo para ver su contenido. Tenía dos centenarios. Laura tomó uno para examinarlo. Al extraer el otro, sus dedos palparon algo más en esa pequeña bolsa. Era una llave.

Recordó que su esposo había comprado una pequeña caja de seguridad, para guardar los documentos importantes. Laura no había dado importancia a esa compra, no había vuelto a verla, pero la llave estaba guardada. La caja tendría que estar en la casa.

Con la adrenalina en alto, Laura trataba de imaginar en qué lugar la había guardado su esposo.

Buscó en el estudio, en la biblioteca, en el armario donde estaban las cosas de deportes, hasta en la despensa. No había tal caja. Frenética, continuó en la búsqueda. Sus hijos la miraban asustados.

De pronto, recordó que en la cochera Rafael también guardaba cosas. Empezó a revisar los compartimentos donde tenía sus herramientas, y, como suele suceder, en la última alacena que revisó, ahí estaba al fondo la pequeña caja fuerte.

Con ansiedad, empezó a revisar los documentos. Mientras los leía, sus ojos se humedecieron.

En esa caja, estaban: un seguro de vida, la hipoteca de la casa liberada y un expediente médico, donde se detallaba el desarrollo de la afección cardiaca de Rafael.

Laura sintió que alguien le acariciaba el pelo. Pensó que era su hijito, volteó para abrazarlo, pero sus hijos jugaban en el patio. Los latidos de su corazón aumentaron su ritmo, sabía que no estaba sola, pero no veía a alguien más. En ese momento, se abrió lentamente la puerta de la cochera. Algo similar a un halo, salió. Laura, petrificada, aspiró el inconfundible olor a la loción que Rafael usaba el día que murió.  

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