Sigilosamente se acercó Tania a Margarita, quien disfrutaba de la sombra del enorme mezquite. Tocó suavemente su hombro, su amiga no reaccionó, tal vez soñaba.
─ ¿En qué mundo andará que no despierta?, ─ la niña no reaccionaba.
─ ¡Margarita! Ya despierta, vamos a jugar.
─Qué mala eres, ─ protestó la chiquilla, ─ soñaba que yo era una princesa.
─ ¿Princesa tú? ¿Te has vuelto loca?
─ Sí, yo era la princesa del poema que dice:
Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes…
─ ¡Sí que estás loca! mejor vamos a jugar.
Las niñas están en la casa de los abuelos de Margarita, es grande con mucha vegetación.
A los nueve años de Tania y ocho de Margarita, son capaces de dibujar sus sueños, ascender a las nubes, y viajar con el viento que generan aquellas aspas de los viejos molinos, a los que enfrentó Don Quijote de la Mancha.
Ellas vuelan en su alfombra mágica, disfrutan la belleza de la naturaleza. Montañas que se visten de colores al atardecer, el verdor de los bosques, el azul de los mares, los colores ocres de los desiertos. Las niñas viajan felices.
─ ¿A dónde te gustaría ir esta vez? ─ dijo Tania
─Iremos al Oriente, visitaremos los palacios de los reyes, sultanes y príncipes de Las Mil y una noche, tal vez me convierta en princesa.
Las niñas cerraron los ojos y soñaron. Pasaron por varios países: Irán, Irak, Jordania, Catar, Omán y Arabia Saudita. Descendieron en este último, tomadas de la mano, se adentraron en las callejuelas de la ciudad. Estaban asombradas de tantas cosas bellas: vestidos de seda, alfombras de todos tamaños y colore, joyas de oro, con grandes gemas.
Caminaron por una callejuela que parecía no tener fin. Absortas en lo que veían, no se percataron que, se alejaban del centro de la ciudad.
La alfombra mágica había quedado lejos. Intentaron regresar, pero las callejuelas parecían iguales, no recordaban haber pasado por algunas de ellas.
El miedo se apoderaba de Tania y Margarita. De la mano caminaron por una callejuela. Vieron niños formados en círculo, los vendían como esclavos. Las niñas, asustadas trataban de esconderse. Habían recorrido pocos metros cuando fueron atrapadas.
Gritaban pidiendo ayuda, nadie acudió en su auxilio, horas después despertaron en un lugar oscuro y pestilente. Tania abrió los ojos, le dolía el pie derecho, estaba encadenada. Más tarde, despertó Margarita, lloraron, estaban seguras que serían vendidas. Jamás volverían a ver a sus padres ni a sus hermanitos.
Escucharon pasos, Tania y Margarita estaban aterrorizadas, se abrió la pesada reja de la celda, un hombre con una cicatriz cruzándole el rostro, dejó un traste sucio con una sopa que olía a pescado podrido, también agua en un bote con fétidos olores.
Quisieron abrazarse, las pesadas cadenas no lo permitieron. Hambrientas y cansadas quedaron dormidas.
Alguien tocó suavemente la cabeza de las niñas, vieron a una hermosa chica que parecía una princesa.
─Las desencadenó, ─vamos, las sacaré de aquí, ─ expresó la bella mujer, se cubría el rostro con un velo.
─Muchas gracias, señora princesa, ─dijo Margarita
─No soy princesa, soy la esposa del sultán.
─ ¿No corre peligro por salvarnos?
─Si el sultán se enterara me mataría, amo a los niños y trato de salvar a los que puedo.
─ ¡Oh señora sultana! Muchas gracias. Nunca olvidaremos lo que está haciendo por nosotras.
─Traje su alfombra, conozco los túneles del palacio por donde podrán escapar.
Las niñas recobraron su libertad. Se despidieron con un amoroso abrazo.
─Permítanme sus pequeñas manos, les regalaré un anillo con una gema mágica, puede salvarlas de cualquier peligro en su camino de regreso a casa.
El anillo de Tania tenía un bello zafiro y el de Margarita un hermoso rubí. Las niñas admiraban sus gemas, que desprendían destellos con la luz de la luna.
─ ¿Cómo te llamas? Quiero recordar tu nombre toda mi vida, ─quiso saber Tania
─Mi nombre es Scheherezade, me gusta soñar como ustedes. Todas las noches le narro historias a mi esposo el sultán. Ahora vuelen alto y rápido, antes que descubran su ausencia, ─ expresó la sultana.
Se alejaron en su tapete mágico, segundo después escucharon gritos.
─¡No están las niñas! Se han ido, suelten a los perros. ¡No deben escapar o perderemos una buena venta! ─ decían los traficantes de niños.
─ Niñas, es hora de comer ─gritaba la abuela de Margarita
─ ¡Margarita, Margarita! Tu abuelo recibió un paquete para ti.
¡Niñas!, ¿Qué están haciendo, qué no me escuchan? ─la abuela seguía gritando, ellas no respondían.
Los perros que habían salido con el abuelo, percibieron el aroma de las niñas y corrieron a buscarlas, cuando las encontraron empezaron a lamer sus caras. Ellas despertaron sobresaltadas, pensaban que eran los perros del palacio que las habían alcanzado.
La abuela llegó a donde estaban las amigas, las tomó de las manos y caminaron hacia la sala. De pronto la abuela se detuvo para preguntar.
─ ¿Y esos anillos tan bonitos, quien se los compró?
En ese momento las niñas se vieron mutuamente, estaban asombradas y confundidas a la vez. ¡Los anillos eran auténticos!
Al entrar en la sala, el abuelo de Margarita las esperaba.
─Margarita, tu papá te envió este paquete, ten, ábrelo.
─Gracias, abuelito. Rápido, ábrelo, ─decía Tania, ─ambas estaban muy emocionadas.
Cuando por fin estuvo al descubierto el regalo, las niñas gritaron. Margarita dejó caer el libro. ¡No lo podían creer! ¡Era Las Mil y una noche!
En la portada estaba una hermosa joven con un velo transparente que dejaba entrever su rostro. ¡De inmediato la reconocieron, ella les había salvado la vida!