Al fin solos – Rodolfo Lira Montalbán

Posted on noviembre 21, 2021, 10:21 am
12 mins

“¡Al fin solos!”  Frase en peligro de extinción que Javier exclamó con alivio a su llegada al aeropuerto de Montego Bay, en Jamaica. La expresión salió de su enamorado corazón con la esperanza de vivir la luna de miel más romántica posible al lado de su nueva y amada esposa: Lupita. 

Una vez libres del desasosiego provocado por los meses de preparación para la boda, de resolver a satisfacción todos los detalles, de haber disfrutado de una fiesta memorable y salvado el pequeño problema de la tiznada que representó el incendio del hotel en donde se alojó la familia, Javier y la prima Guadalupe —Cachita, para los que la queremos—, distendieron sus contraídos músculos y se dispusieron a disfrutar de una experiencia que prometía ser inolvidable. Y lo fue. Sólo que transcurrió por senderos inverosímiles de los que, por mi conducto, la novia dará cuenta puntual. 

Mataban el tiempo y se refrescaban con agua de Jamaica en espera del transporte que los llevaría a su hotel. Entre tanto, Javier, previsor, guardaba todos los documentos: pasaportes, dineros, tarjetas y demás herramientas de supervivencia turística en una conveniente y pequeña maletita que ajustó a su cintura. Por breves momentos, su corazón se sintió aliviado y su ombligo apachurrado. A la vez, la espalda de Cachita se sentía picoteada. Este raro efecto doloroso le fue provocado por la punta de un cuchillo que, con violencia, colocaba uno de los miembros de la pandilla de rateros autóctonos que los rodearon y que les ordenaron en un inglés con acento tropical:

—¡Tírense al suelo y entreguen todas sus pertenencias! 

Lo único que Javier y Cachita conocieron de esos miserables fueron sus zapatos tenis que, a juzgar por las etiquetas aún colgando, se podía presumir que los acababan de robar.

Los viajeros y el personal del aeropuerto presenciaron indolentes la escena y dejaron hacer a sus anchas a los ladrones, sin interrupción alguna.  De las autoridades no se pueden tener ni buenos recuerdos ni calificativos castos. Con su omisión cínica, se podía presumir hasta de un cierto grado de complicidad. 

¡Al fin solos! 

En medio del aeropuerto y ahora sin papeles, sin dinero e incomunicados. Su esperanza era el transporte al complejo turístico, que al fin apareció. Ellos contaron consternados el reciente episodio a los operadores de la unidad, estos se condolieron, pero les negaron el servicio por carecer de identificaciones para mostrarles. Hubo que armarse de paciencia para explicar que era imposible mostrar identificación alguna por la curiosa razón de que: 

¡Les acababan de ser robadas!

Para el registro en el hotel ocurrió lo mismo: no les creían. Gracias a los correos electrónicos que sirvieron como comprobante, les permitieron entrar. No tenían un solo medio de pago, pero por fortuna, el paquete del hospedaje incluía comidas y excursiones previamente pagadas. 

Tratando de olvidar sus penurias, se embarcaron al día siguiente en una de esas románticas excursiones. En el transcurso del paseo, el anillo de compromiso cayó al mar. Para fortuna de todos, un paisano logró recuperarlo. Se quedaron con las ganas de concluir el paseo porque fue cancelado por lluvia; con las ganas de cenar también se quedaron, porque llegaron tarde al restaurante. 

Al siguiente día, hicieron un nuevo intento de disfrute. La excursión incluía un paseo en kayak. A bordo de la pequeña embarcación se hicieron a la mar. Las traviesas corrientes marinas los alejaban cada vez más de la costa. Los paisajes primorosos empezaron a empequeñecer ante su vista.

¡Al fin solos!  Y ahora a medio mar.

—¡Es por tu culpa!   

—¡Es por la tuya!

Los peces y las gaviotas, su única compañía, fueron testigos de una acalorada discusión. En medio del pleito, los lunamieleros llegaron a cuestionarse si todas sus desgracias eran una señal del cielo y que no debieron casarse.

Enojados y asustados, no les quedó más remedio que remar. El mar se contrapuso con sorna a sus esfuerzos. Exhaustos, pero no derrotados, olvidaron sus diferencias y convinieron en que la mejor manera de avanzar era remar en forma alternada:

—Uno tú, uno yo.  Uno tú, uno yo.

Ese día conocieron sus dos fuerzas: aquella física que les ayudó a alcanzar la costa y aquella de voluntad que les permitiría librar cualquier eventualidad en su matrimonio.

Al fin llegaron al hotel. Su mayor deseo era arrojarse en la cama, y no precisamente para hacer lo que las parejas hacen en la luna de miel, sino para caer desfallecidos por el cansancio. No fue posible alcanzar su sueño. Alguien había penetrado con perversas intenciones en su habitación. Les fue negado el ingreso mientras las investigaciones estaban en curso.

Una vez en la cama y en medio de su agotamiento, lograron escuchar que les llamaban.  Era necesaria su presencia en el “front desk”. Al parecer, las autoridades habían encontrado a unos fulanos con las características de los ladrones del aeropuerto. Había que identificarlos en las oficinas del ministerio correspondiente. El procedimiento fue inútil, de ellos sólo conocían sus zapatos tenis. Imposible culparlos.

Al otro día, en la alberca, un mexicano escuchó su historia por casualidad. Convinieron, después de analizar el asunto, que en realidad era un ángel que de contrabando bajó a tomar vacaciones. De otra forma no pudieron explicar el hecho de que les haya prestado una tarjeta American Express para que resolvieran su situación.

—No hay problema, paisano, llévate mi tarjeta, yo traigo otra. Y cuando lleguen a México me buscan, me pagan sus consumos y me la devuelven. Mira: aprende a hacer mi firma. ¡Es muy fácil!

Con esa gran ayuda del cielo, la romántica primera semana como recién casados la pasaron haciendo trámites en las embajadas. La mamá de la novia envió algo de dinero, lo suficiente para volar a la capital, Kingston, para conseguir pasaportes provisionales y visas americanas, puesto que el regreso era vía Miami.

La única opción económica y a la mano para hacer el viaje era un avioncito extenuado que mostraba señales claras de ya no querer volar.

Día de fiesta nacional en Jamaica: todos felices, menos ellos. Consiguieron llegar a la embajada mexicana, en esa extensión del territorio nacional era día de duelo. En México había muerto Cantinflas. Pretexto de peso para negar cualquier servicio burocrático. Desesperados, explicaron su problema. El personal diplomático accedió a hacer a un lado su inconsolable luto y a ayudarles.

Requisito indispensable: foto tamaño pasaporte. Lugar para sacarla: todos cerrados. Opción única: un fotógrafo improvisado que aceptó la pulsera de oro que colgaba de la muñeca de Cachita, a cambio de tomar la foto con el artístico fondo de un acantilado espantoso, según el horrorizado juicio de la novia.

Salvado el requisito fotográfico, les fueron entregados los pasaportes. Es probable que al personal de la embajada el luto les haya provocado perder la concentración. Esto disculpa el error de que el pasaporte de ella tuviera la foto de él y el de él la foto de ella. 

El siguiente paso: conseguir la visa americana. La embajada cerraba a las 3.  Su hora de llegada fueron las 3. Explicaron casi de rodillas al guardia de la puerta su penosa situación. En forma inexplicable, pero infinitamente agradecible, el personal de la embajada ayudó en forma expedita.

Con el poco dinero que les quedaba, comieron panes con aspecto de mantecadas y los introdujeron al cuerpo con más agua de Jamaica. Recurso abundante y muy barato en la zona.

Nuevas lides del destino: 

Los boletos de avión perdidos no les fueron reembolsados; tuvieron que pagar por unos nuevos. El vuelo de regreso a la civilización con escala en Miami salía a las 5, el cambio de horario en Jamaica les impidió llegar a tiempo. Ella regresó a México con calentura y una infección en la garganta. Sus defensas bajas permitieron el acceso a un raro bicho tropical. 

Buenas nuevas del destino:

Aprendieron a sostenerse el uno al otro en medio de la desesperación. Aprendieron a remar juntos. 

Uno tú, uno yo.

Aprendieron que, ante cualquier inesperada contingencia, contaban con una nueva fuerza desconocida que los hacía cómplices y que a partir de ahí, todo sería salvable.

Su primer año de prueba como matrimonio se condensó en una semana y los novios viven hoy para contarlo.

¡Que vivan los novios! 

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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