Con los años vividos y las experiencias acumuladas, el espíritu suele fortalecerse a través de los caminos andados. En ocasiones el ser humano no camina solo: otros espíritus, que representan la fuerza, la libertad, el amor, me han acompañado.
El jueves 30 de abril de 2026, “Día del Niño”, acudieron a mi mente los festejos que hacía mi maestra de segundo grado de primaria. El Día del Niño, su salón era el mejor arreglado, nos daba bolsitas con diferentes dulces, además tortas, agua fresca y un pequeño regalo que atesorábamos, porque la maestra nos lo había regalado.
Con cierta nostalgia, estuve recordando a Toñita, mi amada maestra.
Los recuerdos me acompañaron todo el día, fueron tan nítidos que en la noche me soñé niña en esa bella época, yo tenía nueve años. Unas niñas que no conocía me invitaron a viajar con ellas. Son empáticas, muy activas, pronto me involucré en su ritmo de vida. Isabella y Leonor son grandes amigas, cuando están juntas siempre están hablando de diversos temas, están en cuarto de primaria.
Terminan pronto sus tareas escolares y las de casa, así tendrán tiempo para inventar juegos y hablar de física cuántica. Isabella tiene un hermano que estudia preparatoria. Cuando él no está en casa, le gusta husmear en su recámara, para ver si encuentra algo interesante. Cierto día, encontró un libro cuyo tema es la física cuántica; desde entonces no lo suelta. Las niñas acordaron estudiar mucho, un día serían astronautas. Viajarían primero a Marte y luego a otros planetas.
Estaban de vacaciones en la casa de los abuelos de Leonor, era una casa grande con árboles, macetas y varias mascotas, un escenario propicio para la imaginación, que ningún trabajo les costaba. Los once años de Leonor y los diez de Isabella son una edad propicia para dibujar los sueños, ascender a las nubes y viajar con el viento de los molinos quijotescos.
La noche anterior habían estado leyendo el libro “Las mil y una noches” un regalo de la abuela de Leonor. Me invitaron a vivir sus aventuras.
La abuela tiene en la sala un hermoso tapete persa, regalo de una amiga. Las niñas saben que no deben tocarlo, pero a Isabella y Leonor se les olvida.
─ ¿A dónde viajaremos el día de hoy? ─preguntó Isabella.
─Iremos al Oriente Medio en la Edad Media.
─Me corresponde seleccionar el país ─dijo Isabella─, aterrizaremos en Arabia Saudita.
Las chicas me tomaron de la mano, nos sentamos cómodamente en el tapete mágico, a la orden de Leonor el tapete ascendió a los cielos. Las chicas se transformaron en magas, convirtieron una porción de nube en algodón de azúcar, me regalaron un pedacito, estaba delicioso. Así son ellas: sueñan que viajan en el éter de los tiempos, visitando planetas y galaxias.
Los paisajes eran maravillosos. Cruzamos montañas que refractaban los rayos solares al atardecer, formando una pléyade de colores. Pasamos sobre mares, océanos, desiertos. Por la noche, una plateada luna llena alumbraba nuestro viaje. Llegamos a nuestro destino al amanecer. Leonor escondió el tapete mágico en un arbusto cerca de un caudaloso río.
Caminamos hacia la ciudad: era un calidoscopio de colores, cualquier cosa se podía encontrar en ese grande y colorido mercado. Hubo algo que nos hizo estremecer: en un puesto vendían a seres humanos, estaban atados como si fueran animales. Entre ellos había niñas, niños, jóvenes como de catorce años, también hombres y mujeres. Todo lo que veíamos llamaba nuestra atención, entrábamos por una calle y salíamos por otra, ya estábamos muy cansadas de tanto caminar, pero la curiosidad nos invitaba a continuar. Observamos que las calles se hacían más angostas. Nos dimos cuenta de que dos tipos nos estaban siguiendo. Volteamos y ya no vimos a nadie. Las calles eran solo callejones oscuros, los bellos rayos solares habían desaparecido, el terror se apoderó de nosotras. ¿A quién pedir ayuda? nadie nos escucharía.
Corrimos por unos oscuros túneles con aguas malolientes, volteamos para cerciorarnos de que los tipos no estuvieran, al no verlos nos alegramos, seguimos corriendo, ya se veía la luz solar, nos habíamos salvado. Sonrientes salimos de aquel asqueroso túnel, nos paramos bajo la sombra de un árbol para recuperar nuestra fuerza y regresar a la ciudad. De pronto, aparecieron tres hombres con el rostro tapado, enormes dagas y, cuerdas. Nos amarraron las manos, nos cubrieron los ojos y, nos taparon la boca.
Creí que moriríamos, no sabíamos a donde nos llevarían, después de mucho caminar a jalones, nos quitaron la venda de los ojos, nos dejaron amarradas en las oscuras mazmorras de un palacio, lo más seguro sería que nos vendieran como esclavas.
Al anochecer nos llevaron un asqueroso caldo de carne putrefacta, no comimos. Minutos después escuchamos unos ruidos, empezamos a llorar, ya venían por nosotras.
Una voz suave nos dijo:
─No se espanten, vengo a salvarlas, soy Shrezada, la esposa del sultán. ¿Alguien de ustedes sabe algo de mí?
─Sí —dijo Leonor, he estado leyendo tu libro, eres muy lista, princesa, has podido burlar al sultán.
─Si no lo hubiera hecho, habría muerto después de mi boda, así, he podido salvar también a otras mujeres. Apurémonos antes de que vengan los esbirros de mi esposo ─dijo Shrezada.
─Gracias, princesa, pero el tapete lo dejamos muy lejos de aquí.
─No se preocupen, lo traje, ¡vamos rápido. Les regalo una gema a cada una. Sigan leyendo, mientras lo hagan yo viviré.
Se abrazaron, subieron al tapete mágico. Segundos después llegaron los rufianes, gritaban, pero ya no podían hacer nada. Ahora ellos estaban espantados, el sultán no perdonaba errores.
En un abrir y cerrar de ojos estaban en la casa de la abuela.
Una contaba a la otra el sueño que había tenido, concluyendo que había sido el mismo.
Se escuchó la voz de la abuela llamándolas a comer.
—Este sueño fue increíble —dijo Isabella.
Casi al mismo tiempo metieron la mano en la bata que se habían puesto para pintar, cada una encontró una hermosa gema; Leonor un zafiro, Isabella un rubí y a la niña invitada una esmeralda.
¿Dónde termina el sueño y empieza la realidad?







