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Damas y Caballeros / Araceli Ardón

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Cecilia Maciel Landaverde

Era una mujer culta y elegante, que caminaba por las calles de su ciudad natal, Santiago de Querétaro, con un profundo orgullo por su historia, tradiciones y costumbres. A la vez, Cecilia Maciel analizaba los cambios registrados en los últimos años con una mirada crítica y el deseo de conservar los monumentos, edificios con valor patrimonial, plazas y jardines, tanto como la paz social y la belleza de nuestra tierra.

Vio la luz por vez primera el 6 de noviembre de 1928. Fue la última de once hijos del matrimonio conformado por don Dionisio Maciel Villa, industrial, y doña Engracia Landaverde y Olvera, ambos oriundos de Querétaro.

Al concluir su secundaria, estudió en la Escuela de Comercio y Administración, una institución para señoritas, dirigida por la maestra Benilde G. Mainero. Siguiendo sus inquietudes, ingresó a la Universidad Autónoma de Querétaro, donde estudió la carrera de Contabilidad. Fue miembro de la primera generación de la facultad, que se graduó en 1962. Todo ello define a una mujer emprendedora, independiente y con ideas propias, que no se plegó a los cánones sociales de su época.

Sus lecturas preferidas la llevaron a inscribirse en la Alianza Francesa, donde aprendió el idioma de Victor Hugo y de Balzac, y poco a poco se volvió experta en muchos aspectos de la vida de Francia. Como miembro de la Asociación de Alumnos, mandó confeccionar las banderas de México y Francia para las actividades más solemnes, en las cuales entonaban La Marsellesa y nuestro Himno Nacional. Más tarde, se convirtió en profesora de la institución, enseñando la lengua y literatura del país galo.

Con esa formación académica, se volvió traductora e intérprete de inglés y francés, habilidades que le permitieron ofrecer sus servicios de 1963 a 1967 a los empresarios del Grupo ICA que establecieron Industria del Hierro, una empresa fundamental en el gran desarrollo industrial del siglo XX queretano.

Entusiasta de la geografía, del conocimiento de lugares remotos y de las experiencias que los viajes pueden ofrecer a un espíritu inquieto, en compañía de una de sus mejores amigas realizó un recorrido en 1971 por Europa. Los agentes que le vendieron esa excursión le propusieron establecer una representación de la empresa.

En 1973, contrajo matrimonio con el español Julio Zafrilla Sotos, nacido en Albacete. Ambos gustaban de la música, los viajes, las artes plásticas, los paisajes lejanos. Sin hijos, dedicaron su tiempo juntos a convivir con la familia Maciel y los amigos que su interesante vida les procuró.

De esta manera, en 1973 Cecilia fundó la primera agencia de viajes IATA en el estado. Le nombró Viajes Ópalo, para rendir un homenaje a la piedra simbólica de nuestra región. Desde esa agencia, programó viajes de todo tipo para los queretanos: de turismo, por trabajo, estudios o compromisos familiares. Su agencia fue certificada por la Asociación Nacional de Transporte Aéreo para la expedición de pasajes a destinos internacionales. Dice su sobrina Mercedes Díaz Maciel: “Desde Viajes Ópalo, con decisión, empeño y constancia, se entrega al trabajo por más de 42 años”. En su papelería membretada, su ubicación en la calle Juárez, frente a la plaza Constitución, recordaba el primer nombre que tuvo esa calle: “De los

Cinco Señores”. Con orgullo explicaba la iconografía de sus documentos empresariales, con la imagen del acueducto. Bajo cada arco colocaba una letra para formar la palabra Querétaro.

A la vez que desempeñaba acciones empresariales, el 25 de julio de 1987 fundó una asociación sin fines de lucro llamada Tradición y Cultura, integrada por personas interesadas en la preservación de los valores más significativos de nuestra ciudad. Fue la primera presidenta de este organismo que gestionó muchas actividades de tipo cultural y artístico en favor de Querétaro y sus familias. Era valiente en sus declaraciones. Se oponía al mal uso de las edificaciones del Centro Histórico y mostraba verdadero interés en los cambios que la ciudad sufría al crecer en forma exponencial.

Fue una de las empresarias del ramo que realizó una labor pionera al impulsar las actividades turísticas en la Sierra Gorda, consciente de la importancia que tendría más adelante para la economía de las comunidades del norte del estado.

Por otra parte, participó en el Patronato de las Fiestas de Querétaro, durante la presidencia de Alfonso Ballesteros Negrete. Publicaba sus ensayos en la centenaria revista “El Heraldo de Navidad”.

Quizá su nombre, que hace referencia a la santa tutelar de los músicos, le llevó a estudiar piano; en ese instrumento interpretaba sus piezas favoritas, entre ellas “Claro de Luna”, de Claude Debussy. Sus amigos y familiares gozaron de estas interpretaciones, en tertulias donde hablaban de sus intereses comunes y disfrutaban deliciosos platillos.

Murió en Querétaro el 14 de abril de 2014. Le sobrevive su marido, Julio Zafrilla Sotos, además de familiares y clientes que recuerdan con afecto su eficaz trabajo.

La oficina de la Crónica Municipal publicó estas líneas: “Sus amigos la recuerdan como una persona de excepción: culta, comprometida con sus causas, de carácter firme, pero no por ello menos bondadosa o simpática. Aluden a sus paseos por el Centro Histórico de la ciudad, como haciéndose parte de su propia arquitectura, llevando el luto en la Semana Mayor y la alegría en cada festividad que revivía las costumbres queretanas, brindando su conversación y carcajada con esa modulación profunda que parecía provenirle del alma”.

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