jueves, mayo 14, 2026
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La danza motiva  – Teresita Balderas y Rico

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La danza ha sido comparsa en el andar de la humanidad. Danzar, desplazarse en movimientos sincronizados, ha sido ofrenda a los dioses que trasciende los siglos. Bailar es una actividad vigente sin fecha de caducidad.

La danza no es un simple movimiento, es un despertar interior. Al bailar, las neuronas se alertan, los neurotransmisores despiertan emociones, la sonrisa emerge, las pupilas brillan; los pies, cadera, hombros, todo el cuerpo se mueve en armonía. 

El baile es para mí una de las actividades más placenteras de la vida. La primera vez que tuve contacto con la danza fue en un festival del “Día de las Madres” en la escuela primaria de mi barrio. Tal vez tenía tres o cuatro años, mi hermano mayor me cargaba en sus hombros para que viera el espectáculo.

Al día siguiente, traté de imitar los bailes escolares, sin saber que mi madre y mi hermano me estaban observando. Me enteré cuando se rieron a carcajadas. Mi madre dijo que me movía como pingüino.

Adoro el baile. Cuando lo hago, siento mis pies ligeros, el cansancio desaparece. Mente y cuerpo, en sincronía, ejecutan los movimientos al ritmo de la música. 

En mi adolescencia, asistía a las tardeadas de cuatro a seis de la tarde, ni un minuto más, o perdería la oportunidad de volver a bailar. Viví la época de falda circular con crinolina, zapatillas de tacón bajo y calcetas. 

Los peinados de la década de 1970 eran con mucho crepé y laca, una especie de spray, pero más barato, que mantenía por más tiempo el peinado en su lugar.

Después de la primera tanda de moverse constantemente al ritmo del rock, teníamos treinta minutos para bailar música suave: nos poníamos romanticones. En ese espacio aparecían los elegantes pañuelos bien lavados y planchados, algunos también perfumados. Había que limpiar el sudor, para recargar la cabeza en el hombro del novio o pareja de baile.

Cuando cobré mi primer salario como profesora, empecé a asistir a los bailes de la coronación de la reina de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se realizaban en los patios de la institución, uno barroco y dos neoclásicos. Se consideraba uno de los acontecimientos sociales más importantes en esta ciudad. 

Era necesario comprar boleto y reservar mesa tan pronto promovieran el evento, o nos quedaríamos con las ganas de asistir.  A tan relevante evento, solía asistir con amigas. Ahí había muchos chicos disponibles para bailar.

En esos bailes, se cuidaba la etiqueta del buen vestir. Las damas, riguroso vestido largo de noche; los caballeros traje y corbata. La elegancia reinaba en los patios.

A fines de la década de los 60 y principio de los 70, surgieron telas bordadas con hilos metalizados, en diversos tonos: plateado, dorado, gris plata, azul cobalto. Eran materiales muy finos. Se vendían en La Ciudad de México, tienda ubicada en la esquina de Juárez y Madero, en el Centro Histórico de Querétaro.

Diseñaba y confeccionaba mi vestuario. Compraba suficiente tela para el vestido y la estola, una prenda que daba cierta elegancia al vestido. Compraba perlas para dar mayor realce al atuendo. Todo lo hacía manualmente, no tenía máquina de coser. El vestido y la estola llevaban forro. Las perlas las colocaba en el cuello de la blusa y en la abertura de la falda.

Zapatos de tacón alto, medias de seda y peinado de salón complementaban el riguroso traje de noche. Llamaba la atención mi vestuario, decían que era hermoso y elegante. Pensaban que lo había comprado en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Generalmente decía que una hermana que vivía en esa ciudad lo había traído. Me agradaba saber que les gustara. Había sido una odisea confeccionar mi vestido de noche, pero el baile lo valía.

El evento terminaba a las tres de la mañana. Nos esperábamos hasta que terminara de tocar la orquesta. Una hermana mayor o una tía, nos acompañaban. Al día siguiente amanecía cansada y con los pies hinchados de tanto bailar, pero como dice el dicho: “Lo bailado nadie me lo quita”.

El baile se realizaba en los tres patios de la Universidad Autónoma de Querétaro, que hoy alberga a la Facultad de Filosofía. En cada patio había una orquesta o conjunto. Cuando uno de ellos terminaba de tocar, pasábamos al siguiente. Era emocionante correr de un lado a otro.

Generalmente bailaba con diferentes chicos, pero si me encontraba con algún amigo, bailaba toda la noche con él. 

Los bailes de juventud son toda una experiencia para ser contada. En la década de los 70, las fábricas establecidas en Querétaro proporcionaban a sus empleados los recursos económicos para la llamada fiesta de fin de año. Era cena baile, se realizaba en un salón grande, lo adornaban acorde a la época. Las mesas y sillas eran vestidas con elegancia. 

Esos bailes eran amenizados por las orquestas y conjuntos de rock más famosos de México en aquella época.

Sin tener un pariente trabajando en esas empresas, conseguía invitación a través de las amigas. Fui muy afortunada tuve la oportunidad de bailar con orquestas como las de Pablo Beltrán Ruiz, Venus Rey, Dámaso Pérez Prado, Carlos Campos y Sonora Santanera, o con el órgano melódico de Juan Torres.

Ya fuera por invitación o reservando la entrada, tuve la oportunidad de bailar al compás de grandes orquestas, conjuntos de rock, marimbas, tríos y hasta conjuntos norteños. 

En aquellos años los chicos no ingerían tanto alcohol como ahora, estaban más dispuestos a bailar.  

Un compañero de estudios formó un grupo de baile folklórico. Fui invitada y de inmediato me integré al grupo. Nos presentamos en la primera Feria de Cadereyta y al año siguiente la segunda. Nos regalaban la comida por nuestra participación. Nosotros nos divertíamos mucho. Son momentos que jamás se olvidan. 

Los años han pasado, el baile no me ha abandonado. Al escuchar la música que me trae tantos recuerdos, inconscientemente empiezo a bailar. En ese momento, no siento dolor alguno en mis rodillas ni en los pies.

Simplemente bailo.