Sofía es una chica investigadora, tiene un espíritu inquieto, la vida para ella es una gran aventura. Desde pequeña, ha demostrado interés en conocer el origen de las cosas, por lo cual sus preguntas eran cada vez más audaces. La mayoría de las veces, no quedaba satisfecha con la respuesta.
Desde preescolar mostró sus dotes de investigadora. El inconveniente era que distraía a sus compañeritos, la maestra tenía que reiniciar el tema.
Las preguntas sobre la existencia del ser humano en el planeta Tierra, ha sido un continuo. Cualquier libro de ciencia, historia, sociología, filosofía, antropología, que encontraba, lo leía. Le fascina leer historias de los pueblos ya desaparecidos, preguntándose cómo llegaron a ese lugar y por qué más tarde desaparecieron.
Sofía tiene seis amigos muy inteligentes, se interesan por los mismos temas. Cursan la preparatoria, han formado un excelente equipo de trabajo. Sus proyectos son los más reconocidos por su calidad y complejidad. Se han ganado el mote de “Los Siete Sabios”.
Algunos miembros de la generación de 1915 pasaron a la historia como “Los Siete Sabios de México”, porque fueron los fundadores de la Sociedad de Conferencias y Conciertos. Su meta era propagar la cultura entre los estudiantes universitarios de la Ciudad de México.
Estos son sus nombres: Antonio Castro Leal, Alberto Vázquez del Mercado, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Leyva, Alfonso Caso, Manuel Gómez Morín y Jesús Moreno Baca.
El equipo de Sofía conocía bien la historia de tan famosos personajes, lo que hacía que se sintieran halagados.
Los nombres de los preparatorianos son: Diego, Catalina, Andrés, Antonieta, Rafael, Mauricio y Sofía, jefa del equipo.
Los jóvenes están convencidos de que, en la Tierra, han estado en diferentes ocasiones seres de otras galaxias. Sustentan su afirmación con descubrimientos antropológicos y arqueológicos. Coincidiendo con los adelantos científicos y tecnológicos que lograron los pueblos donde se instalaron los seres extraterrestres.
Estaban felices por la invitación que recibieron de un grupo de científicos, integrado por un investigador alemán, un historiador peruano, un francés que es especialista en escritura antigua, un arqueólogo italiano, un astrónomo y un antropólogo, mexicanos.
Andrés, el antropólogo, era el jefe de la expedición.
El objetivo es adentrarse en un lugar donde la nueva tecnología ha descubierto vestigios de una civilización muy antigua. El lugar está ubicado en una región selvática de Yucatán, México.
Para los jóvenes, investigar al lado de grandes intelectuales era un sueño hecho realidad. El semestre había terminado; ellos tenían el tiempo disponible para esta gran hazaña.
El equipo no imaginaba lo que encontrarían en esa exploración. La vida para ellos sería un antes y un después.
Tenían todos los permisos en regla, Ezequiel sería el guía, es descendiente de los mayas, responsable de la vigilancia de intrusos en esa área considerada sagrada por sus antepasados. Viajaban con todo lo necesario, tratarían de encontrar vestigios de otras civilizaciones. Llevaban cuatro años reuniendo la información y adquiriendo elementos necesarios para tan interesante investigación.
El guía dijo que tuvieran cuidado con las serpientes y arañas, había trecho donde la vegetación cerraba el paso. Después de cinco horas de intricado camino, por fin llegaron al lugar citado.
Andrés Ibarra, jefe de la expedición, ya había estado en ese lugar, solo que no había podido avanzar porque no traía el equipo necesario, ni la experiencia. Dio algunos consejos a los jóvenes; les habló sobre el peligro latente en la caverna donde entrarían. Todos debían portar la ropa y calzado apropiados para el tipo de exploración que harían.
El guía y el jefe se pusieron frente de la expedición. La oscuridad era total, solo las poderosas linternas alumbraban aquel lugar tan extraño. Los primeros trescientos metros avanzaron sin problema. Después descendieron, los ruidos del agua rompían el silencio.
Los instrumentos para detectar las figuras con antigüedad de miles de años, no habían encontrado el lugar indicado. El descenso continuaba, la humedad dificultaba la respiración, se escuchaban los ríos subterráneos. Sentía el cansancio.
Llegaron a un espacio donde encontraron varios túneles con puertas hechas de metal, tenían grabados que eran verdaderas obras de arte.
El primero en sorprenderse fue Andrés, en la anterior expedición no estaban esas puertas. Él había escrito la fecha, para recordar que hasta ahí habían llegado.
Este descubrimiento provocó un dilema: seguir todos explorando un conducto o dividirse en dos equipos, podrían encontrar algo diferente. Optaron en continuar todos. Eligieron la puerta que tenía grabados una luna y un sol. Caminaron treinta minutos; de pronto, se iluminó una gran bóveda. Lo que ahí había era increíble.
El asombro fue total, cada miembro de la expedición enmudeció. No se movían, solo mantenían fija la mirada en lo que más llamaba su atención. Los objetos eran tangibles y, sin embargo, no lo creían.
Sofía con voz baja, pudo articular algunas palabras: “Es cierto lo que creíamos, una civilización más avanzada ha estado en la Tierra”. En esa gran bóveda se encontraban prototipos de aviones, helicópteros, submarinos, automóviles, herramientas de todo tipo, aparatos similares a los teléfonos y computadores.
Se escuchó una grabación: “Bienvenidos, terrícolas, pueden acercarse y tocar los objetos, si han encontrado este lugar es porque han sido aceptados, son gente buena. No permitimos el paso a quien solo destruye. En cada área encontrarán la fecha de cuando estuvimos en la Tierra, como verán, fueron siglos antes de Cristo”.
Andrés comentó a una hermosa chica japonesa, creada mediante lo que hoy se llama Inteligencia Artificial: “Aquí están los prototipos de lo que ahora nos jactamos de haberlos inventado”.
“No estaban listos para desarrollar esa tecnología”, dijo la chica, “tuvieron que pasar muchos años y guerras para que fueran aptos.
Ustedes guiarán a los jóvenes en el desarrollo de esta nueva era. Cuando sea necesario nos conectaremos, y regresaran a este lugar.
Lo que vieron no lo comenten, si quisieran regresar, no encontrarán el camino, nos veremos en dos años terrestres.
Deben regresar, cierren los ojos, los trasladaremos”.
En cuestión de segundos estaban en la ciudad.
El sol iluminó la pulsera de platino que cada uno traía. Se miraron sorprendidos, no vieron cuándo se las pusieron. Descubrirían que tenía valiosa información.







