jueves, junio 13, 2024

Mi carácter desafiante – María Antonieta Herrera

Durante un tiempo, acepté los cánones de la sociedad, soportando injusticias como mujer, con un padre golpeador y obcecado. Cuando me casé a los 19 años, también por mi primer marido, apoyado por mi padre, quien le dijo estas palabras:

—Si mi hija no hace caso, péguele, porque siempre hace lo que se le antoja. 

Nadie imaginó que, a mis maridos, yo les podía devolver esos golpes y palabras hirientes. Me rebelé y me divorcié, después de trece años de matrimonio. Viví soltera diez años, feliz, con algunos contratiempos. Mis dos hijos pequeños y yo sobrevivimos gracias a mi trabajo y mi fuerte carácter.

Volví a casarme. Buscaba construir un hogar para siempre, asumiendo el papel de esposa abnegada,  apoyando a mis nietas y cuidando a mis padres ancianos.  Pasaron veinte años y quedó el nido vacío, solos mi marido y yo. Mi poca tolerancia hacia problemas fuertes de convivencia hizo regresar mi carácter desafiante y emprendí de nuevo el vuelo a otros rumbos, ahora sola, con mis alas al viento.

Hoy, en este tiempo, he encontrado y escuchado a mujeres mayores de 50 años, de diferentes estratos sociales, incluyendo profesionistas. Ha sido muy interesante saber de su voz lo que han pasado en la vida; a algunas sólo las he observado de cerca y he visto que han sufrido violencia e intimidación y amor mal pagado; de novios, maridos, amantes y en algunas ocasiones hasta de sus hijos y de sus propios padres. 

Muchas mujeres hemos llevado la batuta de nuestros hogares, en ocasiones atrás del marido, porque ni siquiera al lado, para no hacer tambalear el hogar formado con hijos y a veces nietos, queriendo resguardar las apariencias y la fortuna familiar. 

En el siglo pasado, las mujeres, aun siendo mejor que los hombres, a veces para ellos no éramos nada, y cuando alguna de nosotras se atrevió a dejar ese hogar para no volver a sufrir malos tratos, arrastramos decisiones difíciles y recuerdos dolorosos, pero nos sobreponíamos al desastre y a la adversidad como sólo nosotras sabemos hacerlo: encontrando la libertad. 

La recompensa fue descubrir momentos gloriosos que antes no conocíamos. Aunque es duro para mujeres como yo ir caminando y ver en la calle sólo nuestra sombra, quizá así la veré siempre, a menos que algo bueno suceda; no estoy dispuesta a soportar abusos de nada ni de nadie. Las mujeres sólo queremos ser valoradas, vivir en paz, disponer de recursos propios y sobre todo amor.

Aprecio y atesoro los momentos de felicidad, porque es algo que se puede tocar y saborear, aunque a veces dura lo que un helado. Hoy no sólo tengo una habitación propia para tener una vida plena, como decía Virginia Woolf: tengo una casa para mí. Y en cuanto a los hombres, no quiero otro matrimonio, pero sí un compañero de aventuras, buen amigo feliz y amante. El deseo sexual en las mujeres de mi edad desaparece, a menos que estemos enamoradas.  A mis setenta años, llevo toreando los demonios de la carne y del chocolate. He vivido muchos años, no me asusta nada, no deseo competir, ni ser popular, sólo aprecio el valor inmenso de la amistad y del amor.  

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