domingo, abril 26, 2026
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Los proyectos de Sofía

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Teresita Balderas y Rico

Esta historia, como otras que se desarrollaron en diversos lugares, sucedió en la última década del siglo XX.

Al iniciar esta narrativa, Sofía era una joven profesionista, tenía tres hijos pequeños, el mayor estaba en preescolar, los otros dos permanecían en casa al cuidado de su cuñada, mientras ella salía a dar clases a niños de primaria.

Cerca de su casa, había una escuela donde se podían cursar diferentes talleres. Sofía solo esperaba que su hijo más pequeño pudiera ser aceptado en la guardería del CECATI, (Centro de Capacitación para el Trabajo Industrial) para inscribirse en un taller por la tarde.

El día anhelado llegó: sus tres hijos eran atendidos por educadoras, mientras ella y otras mamás se dedicaban a estudiar.

Las clases eran de cuatro a seis de la tarde, de lunes a viernes, durante todo el ciclo escolar. El primer taller donde se inscribió fue en corte y confección; lo consideró necesario para confeccionar los pijamas de los niños, hacer sus propios vestidos y muchos otros implementos necesarios en casa.

Al término del año escolar, hubo una ceremonia oficial donde se entregó la constancia de haber aprobado el curso, con validez oficial a nivel nacional.

 Al siguiente año, se inscribió en juguetería y arreglos florales. En ese año, en cualquier rincón de su casa apareció algún muñeco de peluche o algún arreglo floral.  

En el tercer año, Sofía se inscribió en el taller de cocina y repostería, cuyas lecciones disfrutaron sus hijos, ya que a diario cocinaba un guiso o postre, el cual se repartía entre las alumnas participantes.

Sofía ha sido muy inquieta. Participaba en los eventos cívicos y culturales, actitud que le agradó a la directora de la institución, quien volvió a leer el currículum de Sofía; así, se enteró de que era profesora de educación primaria y los sábados cursaba la licenciatura en educación básica en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Querétaro.

Por cuestiones de salud, la maestra de cocina tuvo que retirarse. La directora ofreció la vacante a Sofía. Ella aceptó emocionada, solo tendría que reorganizar sus horarios, ya que vivía cerca de ambas escuelas. El taller era de cuatro a seis de la tarde, tendría tiempo de llegar a su casa para preparar la cena para su esposo e hijos.

Por la noche, estudiaba las materias de la licenciatura. Todo funcionaba bien en el taller de cocina. Sin embargo, los imprevistos llegan.  Cambiaron a la directora a otra escuela con un sueldo más alto, en reconocimiento a su desempeño laboral.

Un representante de la Secretaría de Educación Pública vino a presentar a la nueva directora. Al siguiente día, ella citó al personal a una reunión académica, que solo llevó ese título, porque de academia no se habló. Desde un principio, ella mostró poco interés por las necesidades de la escuela y nula empatía hacia el personal docente y de apoyo.

La soberbia, prepotencia y su enorme ego, hablaban por ella.

A partir de ese momento, el trabajo de Sofía empezó a ser bloqueado. La directora leyó el currículum de la maestra y de inmediato la consideró una enemiga. En el taller de Sofi se inscribieron quince alumnas que no faltaban a clases, estaban felices en su taller, había entre ellas confianza, empatía. Las señoras olvidaban sus penas en aquel espacio, disfrutaban su estancia.

Había transcurrido un mes cuando un día no pudieron cocinar. La explicación que recibieron fue que el gas se había terminado. La directora prometió que haría el pedido, pasó una semana y el gas no había sido surtido. El pretexto era cada vez diferente, el gas no llegaba.

Preocupada por su taller, optó por hacer diferentes tipos de ensaladas e incluso pastas en frío. Algunas veces llevaban la pasta ya cocida, en el taller agregaban los aderezos; lo hacían con gusto, esperando que surtieran el gas.

La directora se molestó al ver que se había solucionado el problema de la falta de gas. Citó a Sofia en la dirección, diciendo que necesitaba un documento donde certificara su preparación en cocina y repostería. Sofi mostró la certificación y calificaciones de su preparación en esa misma escuela. La directora adujo que tenía que presentar un examen en la Casa de la Asegurada, ubicada en la calle de Juárez. Sofi presentó el examen; había asistido a esa institución ocho años antes, en el taller de cocina. Por cierto, el examen conservó el mismo formato, fue sencillo para ella dar respuesta a las preguntas. Pensó que ya no habría algún problema. Qué equivocada estaba.

Tres días después, vía telefónica enviaron los resultados a la directora. Según ella, Sofi había reprobado el examen; la maestra sabía que lo había aprobado con alto porcentaje.

A Sofía no le importaba el salario, lo que interesaba era continuar apoyando a las señoras que eran sus alumnas. Habló con la directora reprochando su actitud y las mentiras creadas. Le preguntó por qué no fue sincera desde un principio. Entre otras cosas, le dijo que ese no era el papel de una directora, que con esa soberbia el personal docente y alumnos terminarían por abandonar la escuela. Como respuesta, la directora otorgó el taller de cocina a alguien que ignoraba lo que era cocinar y lo que significaba repostería.

Un mes después de este grotesco incidente, el supervisor de la zona escolar donde trabajaba Sofi, le comunicó que había obtenido la doble plaza, gracias a su desempeño en las aulas y su continua preparación académica.

Algunos seres, guiados por su enorme ego, destrozan las oportunidades de quienes desean prepararse para tener una vida digna.

Los proyectos de Sofía continúan. Al terminar uno, otros están en espera.

La vida nos regala oportunidades, pero las dejamos pasar. Pensemos en el legado que dejaremos a nuestros hijos y nietos.