lunes, diciembre 5, 2022

Los hombres de azul – Sandra Fernández

Comenzó como una mancha azul sobre su piel, justo arriba del ombligo. Pequeña, casi imperceptible, la notó mientras se estaba bañando. Una vez hubo secado su piel, la examinó con detenimiento. Entonces confirmó lo que veían sus ojos: era una especie de lunar sobre su piel. No tenía nada excepcional, excepto que era de color azul. Pero no era un azul sólido como el de un rastro de pintura, sino más bien cristalino, puro, incluso con algunos destellos, como si fuera un cristal o, mejor aún, como si fuera una piedra preciosa, una aguamarina según había estudiado en su clase de gemología.

Entonces recordó la piedra preciosa que había visto en días pasados cuando estaba en la tienda de antigüedades y llamó su atención una piedra azul que estaba en una vitrina. Sola, enigmática, de azul profundo. Mark se sintió atraído de inmediato por ella. Era como si la piedra le hablara, ejerciendo un magnetismo sobre de él. Y sin pensarlo la tomó entre sus dedos. Su tamaño no era más grande que el de una nuez, y era liviana como un ave. Pero al ver en su interior, se encontró con el azul zafiro del mar, el del cielo nocturno, el celeste de un amanecer, todos revolviéndose entre sí. 

Marc, hipnotizado, no podía dejar de mirar a la piedra. 

El anciano encargado del anticuario, al darse cuenta de que el muchacho la había tomado, se la arrebató de un manotazo, mirándolo con los ojos chispeantes. Comenzó a hablar en alguna lengua antigua quizá latín, que Mark no comprendía: “Lapis es … tille qui…” era como si de pronto la locura lo hubiera invadido. Se dio media vuelta y se perdió en el interior de la tienda con la piedra entre sus manos. 

Ese día transcurrió el día de clases tranquilo en la universidad, pero para Mark fue un verdadero tormento. Con cuidado se abría la camisa para cerciorarse de que el lunar azul hubiera desaparecido, pero con espanto comprobaba que seguía ahí, y no solo eso, sino se había extendido sobre casi toda su piel.  Al terminar la clase, encorvado como caminaba y mirando el piso encaminó sus pasos hacia la estación del metro que lo llevaría a su casa. Sus compañeros de clase, al verlo pasar junto de ellos se rieron de él, le cercaron el paso, lo asustaron. Su notable joroba y su carácter taciturno lo hacían presa fácil de burlas. Por la tarde llegó a su casa; el televisor de la sala estaba encendido; su padre emitió un gruñido al escucharlo entrar. La botella de whisky sobre la mesa le confirmaba que era mejor mantenerse alejado de él, sino quería terminar saboreando el piso. Subió sigiloso los escalones.  Cerró con seguro su habitación, se quitó la camisa, arrojó los pantalones al suelo y se plantó enfrente del espejo. Él color azul se había extendido por todo el cuerpo, emitiendo reflejos. Se contempló durante un largo rato, al principio se asustó, quiso gritar. No lo podía creer. ¿Estaba soñando? ¿Era una pesadilla? Pero, de pronto, un sentimiento nuevo lo embargó, como si al fin le hubiera sido revelado un secreto. Él color azul luminoso de su piel hacía que su cuerpo fuera hermoso ante sus ojos: nunca se había visto. Se estremeció.

“Sí, es el mismo azul que aquella piedra. Tengo que regresar a la tienda de antigüedades. Hablar con el anciano, saber qué fue lo que me dijo.”

Tiene que ser mañana; abordaré el tren a primera hora y me quedaré esperando que abran afuera de la tienda. “Eso haré”, pensaba, mientras la cabeza le daba vueltas. Esa noche casi no pudo conciliar el sueño, sobresaltándose de cuando en cuando. Una vez asomaron los primeros rayos del sol, salió de su casa, enfundado de pies a cabeza, con gorra, lentes oscuros, bufanda y guantes. No quería que nadie viera su rosto azulado.

Antes de siquiera tocar la puerta de la tienda, la puerta se abrió. Un joven que no había visto antes parecía que lo esperaba. Con una seña le pidió que lo siguiera a través de una escalera de caracol de madera. Al llegar al segundo piso, una algarabía lo recibió. Todos aplaudieron; eran hombres y mujeres. Le sonreían, abrazándolo con júbilo. Mark sonreía complacido, se quitó el gorro, los lentes, la bufanda. Quería que lo vieran. Decían que partirían a la mañana siguiente al planeta azul. Que solamente lo estaban esperaban a él. El aceptó irse con ellos. Tenían la piel azul.

De pronto Mark vio al anciano; su piel rosada sobresalía entre los demás. Se le acercó, le preguntó que cuales habían sido las palabras que había dicho el día que tomó la piedra. 

El anciano le respondió: “La piedra es quien te elige a ti”.

Por: Sandra Fernández

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