martes, febrero 27, 2024

El placer de comprar y sus dolores – Sandra Fernández

Después de haber pasado la temporada decembrina en donde tal pareciera que la urgencia por derrochar el dinero que recibimos es tal, que los grandes almacenes, las tiendas departamentales y la gran cantidad de tiendas online se frotan las manos al sabernos con “dinerito” y con muchas ganitas de gastarlo. Cierto es que debería de haber un poco más de respeto al consumidor quien se convierte en la presa perfecta, bombardeada por ofertas, promociones, meses sin intereses y demás linduras en las que nos vemos sumergidos como si de un torbellino se tratara. Yendo de un lugar a otro, persiguiendo el mejor regalo para esa persona especial, ese lujito que no pudimos darnos en el año, esa gran cantidad de artículos que no son imprescindibles para vivir sin embargo nos recargan de una gran cantidad de dopamina que nos hacen tomar la decisión de adquirirlos, porque para eso trabajamos, nos justificamos a nosotros mismos, añadiendo que nos lo merecemos, formando parte de una gratificación inmediata que nos hace sentir merecedores de todo.

Y no es del todo mal, pero para los que formamos parte del grupo de compradores compulsivos y sabemos que lo somos, aunque hacía los demás no lo queramos aceptar, esto se convierte en una verdadera pesadilla.

Y ya pasada la euforia, llegan los saldos de las tarjetas de crédito, y es entonces cuando nos preguntamos si de verdad era necesario adquirir tal cantidad de chunches que compramos y que ahora tenemos que pagar, objetos que se acumulan en la casa, que a veces ni siquiera volteamos a ver y que ni nos acordamos qué existen.  Influenciados por el consumismo norteamericano que tenemos tan cerca y por el vehemente deseo de alcanzar esa imagen de revista perfecta nos metemos en una vorágine que nos engulle y que no podemos salir.

Sabemos de sobra que después de todo, nada es suficiente porque siempre habrá un objeto que supere al anterior y que, por ende, nos haga ponerlo en la mira como si de eso dependiera la vida, el ritmo del corazón se acelera y un simple deseo se convierte en una obsesión que no se detendrá hasta que se haya adquirido. Y si piensan que estoy exagerando, los invito a echar un vistazo al movimiento que genera una de esas famosas ventas nocturnas en donde parece que “regalan” las cosas, por supuesto que no es así, sino al contrario, las cobran y las cobran bien y bonito.

No ceder hacia ese impulso requiere más que un simple deseo, quizá sea necesario escalarlo hacia un propósito, que ahora iniciando el año están tan de moda. Quizá sea bueno hacer un acto de reflexión de que nos convertimos en un eslabón de una cadena de consumismo que si bien, es necesaria, a veces, es completamente absurda e innecesaria.

Bienvenido sea este año, con todos nuestros deseos y sueños, pero también libre de deudas lo que se traduce en una verdadera prosperidad y sobre todo en alcanzar la tan ansiada paz y tranquilidad.

Por: Sandra Fernández

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