viernes, abril 4, 2025

Descalabro financiero – Rodolfo Lira Montalbán

La familia entera se hacía cargo de las labores de la granja, que correspondían a cada cual en una escala jerárquica. El calendario de los pollos y de los cerdos se regía por la salida y puesta del sol, por lo que no tenía marcados los sábados, ni los domingos, ni los días festivos.

Las vacaciones eran un concepto desconocido para los habitantes de ese lugar, emplumados, trompudos o no. Conocer el mar era tan ajeno para los granjeros, como para los animales lo era el origen de los alimentos que aparecían mágicamente en sus comederos, del agua en sus bebederos y de la paja limpia en donde engordaban con placidez durante sus breves meses de vida, antes de ser exhibidos en total desnudez como productos cárnicos en los aparadores.

            La familia que los proveía, propietaria por generaciones de agendas tan incompletas como las de sus piaras y parvadas, veían pasar sus hojas sin desear mayor cosa que no fuera sufrir de fríos, que tener comida en sus mesas y salud en sus personas. 

Por ser el “mayorcito”, tareas particulares le eran asignadas al primogénito de la familia. A la edad de catorce años, ya conducía la camioneta en la que eran llevados y traídos las mercancías y los insumos para la granja. Esa tarde tocaba al imberbe repartidor la entrega de un pedido en la pollería de doña Tránsito. Tal era el extraño nombre de aquella señora. A todos causaba curiosidad, pero nadie se atrevía a hacerle pregunta alguna al respecto de  sus orígenes o etimologías. El muy mal carácter de la señora impedía resolver esa y otras inquietudes. 

            Las cajas con pollo vivo, con sus aromas picantes, fueron entregadas a la desagradable señora. Los billetes que amparaban el monto de la transacción viajaron sobre manos temblorosas, el meneo de las manos que pagaban obedecía a fatigas de la vejez y el de las que cobraban: al miedo. 

Y no era para menos, los malos modos de doña Tránsito, apabullaban. Al llegar a casa, la entrega de cuentas no fue tersa. Faltaban diez pesos. En aquellos años, esa cantidad era el equivalente al sueldo semanal del muchacho. Una y otra vez, el fajo se contó, y en todas ellas, el conteo falló.     

            La orden del padre fue severa: el hijo debía regresar y encarar a doña Tránsito. Con la amenaza de que: de no recuperar el faltante, este le sería descontado. Y no de su “domingo”, que no era una bonita costumbre en esa familia, sino de su sueldo semanal. Haciendo acopio de valor, el fallido cobrador regresó al mercado. La respuesta de la señora era de esperarse, nunca reconocería el error que por ningún lado tenía visos de ser involuntario.

            Se puede considerar que este fue el primer descalabro financiero que sufrió el muchacho y que lo marcó para toda la vida. Hubiese preferido otro tipo de descalabro. Un chipote con sangre, sea chico o sea grande.

            Años más tarde, la vida le dio la oportunidad de salir de la granja, de conocer otros calendarios, de conocer el mar. En su nuevo trabajo como agente de ventas, la labor más difícil y en la que salían a relucir sus viejos recuerdos, era la labor de cobranza. El recuerdo de doña Tránsito acudía a su cabeza cuando de enfrentarse a un cliente “mala paga”, se trataba. Una terrible suspicacia lo hacía contar una y otra vez los dineros. Sus clientes ya no preguntaban la razón de tal conducta, después de las innumerables ocasiones en que los hizo sentir incómodos. Tales manejos monetarios le ganaron una bien merecida fama en la empresa en donde prestaba sus servicios. Lo consideraban el mejor de sus representantes; sus cuentas claras le dotaron de amistades largas, de ascensos y de palmadas en la espalda.

            A pesar de sus cuidados, no pudo con los clientes abusivos, quienes rondaban en el ámbito del comercio en busca de víctimas, a sabiendas de que, en ese remoto país, la gran mayoría de las veces, una cuenta se convertía en incobrable al llegar a los juzgados. En esos lugares, conoció a golpes el pecado capital que le causaría sus peores dolores de cabeza: la avaricia. Y conoció también otras modalidades del mismo. La indolencia, el abuso, la burla, la trampa. 

Muchos años sufrió de estos abusos. Cuando llegó el tiempo de hacer negocios propios, una parte del capital ganado, patrimonio de su familia, se perdió por culpa de gente dedicada a la estafa.

            Para su fortuna, en ese remoto país, una gran fortaleza le acompañó: la mayoría de la gente era cumplida. La honradez de ese gran porcentaje de habitantes le permitió a él, como a muchos otros comerciantes, llevar ingresos a sus casas y oportunidades de trabajo a sus empleados.   

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Twitter: @LiraMontalban

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