miércoles, abril 17, 2024

Como si fuera ayer – Teresita Balderas y Rico

Los años infantiles no se olvidan. Quedan cincelados en tableta de la memoria, ocultos por la telaraña del tiempo.

Con frecuencia, sueño mi niñez en la casa de mis padres. Con las emociones reposadas y el espíritu fortalecido, recupero feliz los juegos del ayer.

No había dinero extra para comprar juguetes. Mis hermanos y yo convertíamos cualquier cosa en instrumento del juego, que se inventaba acorde a las características del objeto. El juego era el protagonista.

Años después, comprábamos juguetes con el dinero que nuestro padre nos daba los sábados. Otros, los habíamos ganado jugando a la lotería en las verbenas del barrio. 

Mis hermanos tenían canicas de diferentes tamaños y colores. Cuando terminaban de jugar, las limpiaban y guardaban en un escondite, que solo ellos conocían.  

Me gustaba verlos jugar, a veces les decía qué canica debían sacar del rombo para que ganaran. Cuando uno de ellos estaba perdiendo, pero lograba hacer chiras pelas, se salvaba y podía seguir jugando.

Mis intervenciones eran más atrevidas, ocasionando que mis hermanos y sus amigos me corrieran.

Hace aproximadamente diez años, me festejaron mi cumpleaños en la universidad donde laboraba. Un compañero preguntó cuántos años cumplía. Respondí que ya estaba como el juego de las canicas: cerca del hoyo. Me alegró al decirme: “Qué tal si haces chiras pelas”.

La casa de mis padres eran solo las ruinas de su grandeza, pero con más de dos mil metros cuadrados de terreno y vegetación abundante, se convertía en un paraíso para la imaginación infantil. Inventábamos muchos juegos. 

Mil veces jugué a la comidita con mi hermanita María Pueblito. Nosotras hacíamos nuestras ollas, platos o cazuelas.

Formábamos una pirámide de tierra con arena, en la cúspide hacíamos un hueco con el codo, poníamos agua, dejábamos unos minutos para que la tierra se humedeciera; luego, con nuestra mano sacábamos la cazuela u olla que se había formado.

La diversidad de plantas y sobrantes de materiales de construcción, eran materia prima para nuestros juguetes y juegos. 

En uno de los patios, había tres árboles de gran tamaño: un pirul y dos mezquites. En otro, se encontraban: granjenos, agaves, cactus y flores. Si jugábamos a las escondidillas, íbamos a ese lugar. El inconveniente era que había muchos hormigueros. En ocasiones, salíamos llorando antes de ser encontradas. 

En la enorme nopalera, donde vivían conejos, tortugas y ardillas, nos daba miedo meternos, porque también había víboras. Cuando necesitábamos algo que solo había ahí, llevábamos a nuestros perros. 

Inventábamos historias, creábamos nuestros personajes. Mi hermana y yo nos convertíamos en algunos de ellos.

Las historias inventadas eran de todo tipo: hadas, princesas, estrellas de cine, también monjas.

Una vez escuchamos a nuestro padre hablar de una monjita que se aparecía en el Hospital Civil, ubicado a un costado del templo de Santa Rosa de Viterbo, en la ciudad de Querétaro. Ahora, ahí está el CEART.

Decía que: en ese hospital, por muchos años una monjita bondadosa se desempeñaba como enfermera, cuidaba con amor a los enfermos. Un día, se contagió con un paciente al que atendía; él sobrevivió, ella, no.

En cierta ocasión, fue hospitalizado un joven que había estado ahí cuando era niño. Reconoció a la monjita, la saludó, ella prometió que lo cuidaría como la primera vez.  Él no sabía que ella había muerto.

El día de visitas comentó a sus familiares que la monjita que lo había curado cuando niño, lo estaba atendiendo de nuevo. Al escucharlo, la mamá del muchacho se persignó diciendo: “Ave María purísima, no digas eso, ella murió hace cinco años”.

La noticia rápido se difundió. En pocos días, todos hablaban sobre las apariciones de la monjita. Esta leyenda aún se escucha. 

En los años de inocencia, el atrevimiento es un continuo. Pueblito y yo éramos un par de chiquillas aventureras. Un buen día, se nos ocurrió poner en escena la historia de la monjita. Preparamos el escenario, buscamos una sábana vieja o algún vestido blanco para tapar a los enfermos.

Envolvimos: botellas, piedras largas y algunos leños; los acostamos formaditos, simulando un cuarto de hospital.

Para dar más realismo a la historia, montamos la escena en la esquina más oscura del enorme cuarto que fungía de dormitorio. En la primera parte de la trama, Pueblito y yo éramos enfermeras, sentábamos a los enfermos y les administrábamos los medicamentos, con un gotero que había guardado mi madre.

Hacíamos las medicinas moliendo flores de diversos colores. Cada paciente tenía una enfermedad diferente. 

En la segunda escena aparecía la monjita.

Rifamos el personaje, ganó mi hermanita. 

Pueblito se vistió de blanco, se puso un velo negro, que le cubría la cabeza y el rostro.  Caminaba lentamente, con los brazos extendidos al frente. Hacía tan bien su papel, que empecé a sentir miedo. 

La escena se estaba desarrollando como si la hubiéramos ensayado muchas veces.  La monjita estaba atendiendo a un enfermo, cuando un ventarrón azotó la puerta, volaron papeles, una repisa cayó al piso, el ruido fue estruendoso. 

El paciente que tan amorosamente estaba siendo atendido fue botado. Con estridentes gritos salimos corriendo de ahí, antes de que la monjita nos llevara.

Debut y despedida. Jamás volvimos interpretar a ese personaje. Al enterarse nuestros padres, se rieron a carcajadas.

Otro de nuestros juegos favoritos era columpiarnos. Los columpios eran reatas muy gruesas, tejidas con henequén. Nos encantaba dar vueltas torciendo la cuerda, hasta que solo cabía la cabeza. Luego nos ayudaban a destorcerla, giraba a gran velocidad, ocasionando que, al descender mareadas, perdíamos el equilibrio, provocando la risa de quienes nos miraban.

Evocar los juegos de la niñez es traer a un presente la esencia de un pasado. 

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