El hombre de las palomas – Sandra Fernández

Posted on noviembre 14, 2021, 10:22 am
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Siempre me han gustado las manos. Quizá no recuerdo los rostros, pero si las manos. Son criaturas desobedientes que atienden a su propio lenguaje, que se expresan por ellas mismas, indiferentes a nosotros y algunas veces voluntariosas

Recuerdo con nitidez, que todos los domingos cuando era un niño, de la mano de mi madre, recorría el laberinto de calles que nos conducían a la cárcel de San Luis Potosí, ciudad en donde vivíamos. Asistíamos puntualmente a la misa dominical que iniciaba muy temprano, cuando las palomas gorjeaban en la plaza municipal aún desierta. 

Al llegar a la cárcel, un hombre de sonrisa triste y manos apretadas nos recibía, después nos conducía por los estrechos pasillos, entre las rejas de las celdas que apenas se iluminaban por escasas hebras de luz que entraban por las ventanas. 

La misa transcurría dentro de un aire solemne. Los presos, vestidos todos iguales, con aire ausente, impuestos al abandono, tenían el rostro curtido por la aridez de su soledad.  Algunas veces, sorprendía al hombre que nos recibía, mirándome por un largo rato, cuando nuestras miradas se cruzaban, avergonzado; bajaba la mirada. 

Mi madre me dijo que aquel hombre, desde muy temprana edad, comenzó a trabajar en lo que podía; repartía periódicos, boleaba zapatos, llevaba encargos; yendo de aquí para allá.  De manos inquietas, laboriosas; siempre ocupadas. De carácter afable, alegre y confiado. Pero un día, llevó un paquete que contenía algo más. Él no lo sabía. A mitad del camino, unas manos lo aprendieron. Incapaz de probar su inocencia, quedó atrapado detrás de esas rejas con sus manos encadenadas.  Ahí, pasaría los siguientes años. Los cuales se convertirían en el resto de su vida.

Recuerdo que ese lugar me causaba cierta fascinación, las torres altas como si fuera un castillo medieval, los ladrillos rojos y las ventanas pequeñas. Me preguntaba, como sería la vida ahí dentro. Sin sentir el calor del sol, sin escuchar gorjear a las palomas, sin probar el helado de limón que vendían en el jardín. 

Antes de irnos, ese hombre le daba a mi madre unas palomas de barro que él mismo esculpía. Las vendíamos en la plaza. A la gente le gustaban, a mí también. Me lo imaginaba en su celda, esculpiendo las palomas de barro, tallándolas, sosteniéndolas entre sus manos, dándoles forma.

Un día, me regaló una paloma pintada de blanco. Me dijo que la cuidara, que era un tesoro, que significaba: libertad. 

Al despedirnos, se puso muy triste. Entonces, le dije: Nos veremos el próximo domingo, desde hoy serás “el hombre de las palomas”.  Sonrío. 

Pero no volvimos. Al siguiente domingo un alboroto despertó a la ciudad, había estallado un motín en la cárcel que la había sacudido, dejando varios heridos, entre ellos al hombre de las palomas, quien según nos dijeron, intentó detener la revuelta. Levantó las manos en son de paz. Pero lo hirieron y murió. 

Nunca más regresé, nunca…hasta el día de hoy. 

Fueron mis manos las que me devolvieron o quizá el hombre de las palomas fue quien me trajo de vuelta a este lugar. En la parte superior del edificio se puede leer: “Museo Leonora Carrington”. El antiguo edificio que antes había sido la cárcel de San Luis Potosí ahora albergaba un enigmático museo en honor de la destacada artista, pintora y novelista mexicana: Leonora Carrington, quien fue precursora de la corriente surrealista en México.

En el patio del museo había una gran cantidad de esculturas, pinturas, expresiones de arte; de los mejores expositores. Me senté a esperar a que la ceremonia diera inicio. 

Entonces, imaginé al hombre de las palomas, mirándome desde el interior de su celda, como lo solía hacer, con aquella sonrisa triste. 

Ese hombre era mi padre.

Lo supe hasta apenas unos pocos años. Él no quiso que yo supiera que era hijo de un presidiario, de un hombre que vivía detrás de las rejas.  Pensaba que me avergonzaría de él.  O peor aún, que continuaría sus pasos. 

De pronto, los aplausos y el alboroto interrumpieron mis pensamientos. Mencionaron mi nombre, había llegado el momento de develar la escultura que exponía: eran unas manos esculpidas en mármol que sostenían una paloma blanca. 

Después de todo, había seguido los pasos de mi padre.

Mis manos acariciaban la paloma pintada de blanco que un día me regaló, aquella que significaba libertad.

“Los sueños con los años también se van, las arrugas que tenemos es la tierra que nos jala”

Leonora Carrington 

1917-2011

Por:  Sandra Fernández