viernes, enero 27, 2023

Ya no me pela – Rodolfo Lira Montalbán

El local era impecable. Notables eran su limpieza, sus aromas. Su piso y cristales eran tan relucientes que reflejaban desde cualquier ángulo el orden de los instrumentos de corte, pero, sobre todo, la pulcritud de la bata de algodón y de la indumentaria de Lino, el peluquero del pueblo. Con muchos años de ejercer la profesión, ya eran célebres su precisión y rapidez. 

Le pareció muy rara a mi tío Joaquín la escena que vio dentro del local, y lo pensó dos veces antes de entrar, pero al final se animó. Como cada mes, su visita a la peluquería era inevitable. No quería recibir los reclamos de su padre y las burlas de los amigos que, en aquellos años sesenta, veían con recelo a los jóvenes de largas cabelleras. En ese pueblo, las nuevas modas eran motivo no solo de burla, sino también de desconfianza. 

La imagen que despertó las sospechas de mi —por aquel entonces— joven tío, era la de cinco caballeros acomodados a la espera de ser atendidos y a nadie sentado en el sillón del peluquero. Con gran amabilidad y modos exagerados —se diría que sobre-actuados— cedían su lugar al siguiente en la fila. Al verle llegar y casi al unísono, lo invitaron a pasar al sillón de las podas. Esa actitud le pareció al recién llegado de lo más extraña: lo común era que los jóvenes cedieran el lugar a las personas de edad respetable y no al revés. Al fondo del salón, cual torero que recibe al astado, Lino blandía la capa con una inocultable sonrisa de satisfacción. Tras la prenda, apareció el motivo de tantas actitudes extrañas: el sillón de peluquería más nuevo y reluciente jamás visto en la comarca. 

            Los parroquianos congregados en ese momento y lugar, convinieron en que, aquél que tuviera el grande honor de ser el primero en ser atendido en el nuevo sillón, sería en forma automática el padrino del mismo. Un padrino digno de tal título no podía dejar de invitar a todos los asistentes un par de rondas del licor o cerveza de la preferencia de cada quien.

            El viejo sillón, que ocupaba ahora el papel secundario en la peluquería, veterano de muchos cortes, acomodó las asentaderas del pueblo desde hacía más de treinta años con gran dignidad. Testigo de la incorporación de nuevos y berrinchudos clientes infantiles que ganaban altura ayudados por un banquito que se acomodaba en sus descansabrazos y quienes, años después, ya sin esa ayuda y con melenas juveniles rebeldes, se hacían acompañar por padres mal encarados solicitando el corte de “casquete corto”.

            Esas peluquerías de pueblo en peligro de extinción, hoy se llaman barberías. En buena hora. Y digo que es bueno, porque en alguna época de la vida tuvieron a bien llamarse: estéticas unisex. Esa moda surgió para la mala suerte de los que todavía teníamos cabelleras que presumir y que acicalar. Los aromas a tintes y a barnices, las charlas interminables de las damas que compartían el sillón de junto, eran un reto a la paciencia. Sin mencionar las miradas de inspección a las que uno era sujeto al ingresar y los juicios desaprobatorios al escuchar lo simple de nuestra petición de corte: “Como siempre”, tal vez una frase que les parecía mediocre, cuando ellas habían solicitado todo el catálogo de servicios.

            Vienen a mi mente imágenes de la peluquería del maestro “Mosquito”. Ignoro, como muchos de mi pueblo y de mi generación, el origen de tal sobrenombre. Nuestros padres y abuelos lo llamaban así, y ya nadie sabía el porqué. En aquel viejo local, era característico ese aroma a alcohol de la loción que picaba la nariz y que significaba el final del “servicio”. Los niños no teníamos derecho a evitar su aplicación. Algunos adultos sí. Ellos eran los dueños del espacio. Los que podían hablar de cualquier tema. Ya sea en un sentido, en otro o en doble sentido. Eran los que tenían el derecho a hojear las revistas que para nosotros estaban vedadas, ya que representaban un reto para la curiosidad del lector adolescente. Alguno de nuestros trucos más socorridos era el de ocultarlas tras las revistas con temas del Viejo Oeste, tras las de patos y ratones parlantes de Disney o tras las de argumentos más progresistas y folclóricos, como los que se podían aprender de “Los Supersabios” o “La Familia Burrón”.

            Hoy, que aquella cabellera es parte de un pasado que requería peines, cepillos y fijadores y de la que no quedan más que algunos pelos parados, fáciles de arreglar con una máquina casera, me llegó el recuerdo del maestro “Mosquito”, que si en aquellos años poco o nulo caso me hacía, hoy de plano y desde el más allá: “ya no me pela”. 

www.paranohacerteeltextolargo.com
Twitter: @LiraMontalban

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