Hemos escuchado, en múltiples lugares y en diversas lenguas, que la naturaleza es sabia, que tiene sus propias reglas, a las que los humanos ponemos poca o nula atención.
Solo los creadores de instituciones, que dedican su vida a defenderla de los muchos depredadores humanos, asumen esa gran responsabilidad de cuidar y evitar la desaparición de plantas, aves o mamíferos en peligro de extinción. Unos se dedican al estudio y cuidado de la flora; otros, a la fauna.
Tratando de evitar la depredación del planeta en que vivimos, muchos ambientalistas han sido privados de su existencia.
La naturaleza, tratando de regenerarse, ha generado cambios climáticos. Las consecuencias para los habitantes del mundo han sido devastadoras.
Deberíamos observar la conducta de ciertas especies de mamíferos, todo lo que son capaces de hacer por ayudar a otros, sin que pertenezcan a la misma especie.
Por cuestiones laborales, uno de mis hijos se trasladó a la ciudad de León. Su trabajo le absorbía todo el día, estaba preocupado por no poder atender a Bécquer, su perrito. Lo trajo a mi casa. Las primeras semanas fue como atender a un niño. Tres meses después, mi hijo nos trajo a un conejo que le habían regalado, se llamaba Gru.
Las travesuras entre ambos fueron de pronóstico reservado. La empatía entre ellos fue inmediata, se hicieron grandes amigos.
Todas las mañanas, aunado a la preparación del desayuno para la familia, debía preparar la comida de las visitas, Bécquer y Gru. Sus croquetas a veces con trocitos de pollo.
El de Gru era más tardado: lavar las zanahorias y hacer un rallado, lavar la lechuga, y cortarla en pequeños tozos. Debía tener preparado los dos recipientes con la comida, para que al mismo tiempo empezaran a comer, los colocaba como en la arena de lucha libre, uno en cada esquina. Desde mi cocina los observaba, daban uno o dos bocados y volteaban a verse. Bécquer corría a donde estaba desayunando Gru, para comerse la ensalada de zanahoria y lechuga. El conejito lo observaba unos segundos, luego dando brinquitos se dirigía hacia donde estaba el desayuno del perrito. Gru disfrutaba comiendo las croquetas del ahora su amigo.
El conejito se convirtió en un enorme conejo y, así de grandes fueron sus travesuras. Por la noche mordisqueaba el tronco de un naranjo; mi hermoso árbol no resistió y murió. Cuando regañaba a Gru, me veía con su hermosos ojos y grandes pestañas, parecía que entendía lo que le estaba diciendo.
Cierto día mi sobrino se llevó a Bécquer a caminar. El perrito llegó tan cansado que solo tomó mucha agua y se metió a su casita a dormir. Gru quería jugar con su amigo, pero estaba durmiendo. Cada quince minutos, el conejo se acercaba, olisqueaba, pero Bécquer no se movía. Entonces el conejito no comió, se acostó en la puerta de la casita de su amigo, estuvo ahí esperando que despertara, aproximadamente tres horas.
Gru mostro fuerte afecto y solidaridad hacia Bécquer, un amigo en las buenas y en las malas.
En ocasiones hemos escuchado decir a una persona, en sentido peyorativo, a otra con quien está disgustada: “Pareces animal”. Sin embargo, las actitudes de un conejo y un perro mostraron mayor empatía que algunos seres humanos.
Había observado la actitud de Gru. No le importó comer, prefirió cuidar a su amigo. Mis emociones afloraron, ¡gran lección de vida estaba recibiendo de un ser vivo que no es humano y, sin embargo, demostró su apego y lealtad hacia el perrito! Una actitud que debiéramos considerar hombres y mujeres.
Gru vivió con nosotros varios años, haciendo travesuras, creciendo y comiendo más cada día.
Un día como cualquier otro, habían estado jugando. Por la tarde vi a Gru con pocas ganas de jugar. Les di de cenar, acaricié al conejito, recuerdo haberle dicho: “¿Por qué estás triste?” Gru me miró, observé sus bellos ojos y largas pestañas. Pensé que había comido más de la cuenta y amanecería mejor. A las once de la noche, lo vi cerca de la casa del Bécquer.
A las seis de la mañana del día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver cómo estaba el conejito. Él ya no estaba en esta vida terrenal. No pude evitar el llanto. Gru no quiso morir solo, estuvo en la puerta de la casa de su amigo. Por su parte, Bécquer no se movió de ahí, veló toda la noche a su querido amigo.
El conejito fue amortajado con una de sus cobijitas y fue enterrado.
Bécquer sufrió mucho su ausencia. Como una forma de protestar porque lo dejó solo, se dedicó a marcar su territorio en cualquier lugar de la casa.
Bécquer está con nosotros. Ya no come croquetas, hemos cambiado su alimentación, sin embargo, seguimos comprando croquetas, solo que ahora se las comen las palomas que nos visitan por las mañanas y por las tardes. El perrito las deja que coman a gusto. Si un gato se atraviesa por ese rumbo, lo corretea, para que las palomas coman tranquilas.
He tenido experiencias similares, en diversos lugares y etapas de mi vida. Desde mi perspectiva, diversos miembros de la fauna han desarrollado su inteligencia.
En el inicio de esta nueva era se hace indispensable que reflexionemos, cuidemos el constante desarrollo de nuestra inteligencia biológica, la inteligencia artificial está muy avanzada.
Observemos y cuidemos a nuestras mascotas, podemos aprender mucho de ellas.







